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COLOMBIA, SE SIENTE UN FRESQUITO

Publicado el 18 de junio de 2018 // 20.10 horas, en Bogotá D.C.

Doxa *

COLOMBIA, SE SIENTE UN FRESQUITO

No por esperada la victoria de Iván Duque sobre Gustavo Petro asegura certezas sobre lo que sobreviene para el inmediato futuro en lo que hace a la institucionalidad colombiana. Lo que se ha llamado con suficiente soberbia y de manera pomposa como el posconflicto es una de ellas, pero no la única. Está de frente una economía que cruje aunque por ahora no impacte de manera severa al ciudadano que va al supermercado. Pero sobre todo debe afrontar el fantasma de la corrupción, tan disolvente como los grupos armados que permanecen. También a una justicia transicional que amenaza en sí misma a la institucionalidad, aunque su función diga lo contrario y también está allí amenazante el remanente de la inseguridad cotidiana que junto con los grupos armados supérstites pueden crecer como amenaza concreta y están creciendo. Sin embargo, también es cierto que Duque queda favorecido en el arranque por coincidencias de coyuntura que son una suerte de viento a favor al menos en el inicio de su gestión y, si acierta, incluso podría hacer una buena administración que aquiete las dudas sobre lo que viene. Porque hay en la sociedad colombiana una grieta instalada, que la muñeca política del nuevo presidente deberá tratar de enmendar sin que eso afecte o debilite el juego democrático que por ahora no muestra signos de riesgo. Uno de esos factores positivos es la buena imagen que arrastra su, digamos, aura y otro el afán conciliador de su talante. Otro de los desafíos que el nuevo presidente ha levantado como bandera es la necesaria depuración -más que cosmética como todo lo demuestra- y reforma que requiere el aparato judicial.

Quedó claro en este ejercicio electoral la inconformidad y el rechazo a las prácticas de la que parece una sólida clase política tradicional y su corrupción estructural que la atraviesa y a la que nada parece desestimular en lo que hace a la pésima praxis política y administrativa que lleva adelante. Además, con la secuela criminal de lo que eso produce en los afectados víctimas de los desvíos de recursos, que tiene tras las rejas apenas a una parte mínima de los señalados de corrupción. Esa fue la misiva que envió el electorado en la primera vuelta y repitió como mensaje en esta segunda ocasión. Uno de los focos de repulsa hacia el candidato ganador es, precisamente, el de las alianzas y los apoyos que le pasarán factura desde este día siguiente de su triunfo, sin ascos a la contraposición social que esa presencia impone. Ese mensaje se repitió aunque mucho más atenuado con el voto en blanco que se vio también en las mesas de votación en esta segunda vuelta que definía un ganador absoluto. El nuevo presidente debe atender la letra de ese decir electoral si pretende asegurar la necesaria gobernabilidad que exige el país para afrontar los retos exigentes que se plantean.

Gustavo Petro nada ha perdido en esta puja, por el contrario sigue teniendo todo por ganar y él lo sabe. Tiene la edad suficiente, en menos, para apostar una o dos veces más para darle cuerpo a sus aspiraciones que, por ser un verdadero animal político, debe suponerse que pretenderá alcanzar dentro de cuatro años y así lo reiteró en su discurso del domingo, al cierre del debate. El nuevo presidente gana por más de un veinte por ciento al terminar el conteo de los casi 18 millones de ciudadanos que sufragaron. Se impuso con una cómoda distancia, pero Petro ya le señaló en el curso del discurso de aceptación de la derrota que hará una oposición fuerte y en la calle a la nueva administración, lo que podría plantear dilemas de gobernabilidad propios del mapa político que deja trazado de manera bien delineada la puja electoral que acaba de concluir. Nunca las diferentes tonalidades de la izquierda tradicional o de cuño diferenciado, o los sectores alternativos que ahora se le sumaron habían llegado tan alto en un pulso electoral de tamaño calibre y nada indica que a lomo de 8 millones de votos sobre algo más de los 10 millones que sumó el ganador, les haga bajar aspiraciones ciertas a esos sectores en el futuro inmediato.

 El perdedor subió más de un 60 por ciento entre primera y segunda vuelta y gran parte de esa subida la obtuvo en Bogotá. Un dato para nada despreciable en lo que hace a capital político. Una gran parte de ese batacazo fue de un voto joven que es el del repudio activo a las prácticas políticas añejas, mañosas y corruptas, que ya se señalaron. Acariciar y estimular esa masa de apoyo ha sido una de las virtudes de Gustavo Petro y las movilizaciones han sido una llave maestra en tal propósito, nada diferente de lo que pasa en otros sitios del continente y del mundo desde esa óptica de la dinámica social. Similar, por ejemplo, a lo que hacen las fuerzas hirsutas de Cristina Fernández para tratar de destabilizar al presidente Mauicio Macri en la Argentina. Si se salvan distancias, es cierto que hay una diferencia entre los secotres golpistas que acompañan a la expresidenta argentina y los argumentos puestos sobre la mesa por Petro y su capitanes; pero no se sabe, dado que por tradición y supervivencia política una buena parte de la izquierda del continente ha sido de nuez conspiradora.

 En tanto que Petro planteó la eventualidad de una oposición beligerante, por estilo político y convicción, el ganador llamó a la unidad en la búsqueda de la superación de la grieta abierta desde la orilla de quien debe abandonar el Palacio de Nariño a partir de agosto. Una grieta que hasta hoy parece insalvable por la virulencia que tuvo su dinámica y porque algunos de los factores que cavaron esa grieta se mantienen vigentes y se prolongarán en la gestión del nuevo presidente dado que son insoslayables. Una buena parte de los elementos constitutivos de la grieta surgidos del proceso de desarme y desmovilización de las Farc, que adelantó y cerró el presidente Juan Manuel Santos. A eso se refirió Iván Duque cuando señaló -como lo hizo durante su campaña- la necesidad de tratar de asegurar la “verdad, justicia y reparación” como deriva del cierre del conflicto armado -en particular en beneficio de las víctimas que dejaron los crímenes de las Farc”- que en las dinámicas del hoy llamado posconflicto, las cuales parecen marchar en el cómodo vehículo de la impunidad. Y a eso mismo en oposicón se refirió Gustavo Petro cuando insistió en la alerta por el riesgo de “hacer trizas los acuerdos” alcanzados en La Habana, con la agrupación extremista hoy desmovilizada. 

En ese complejo panorama el triunfo de Duque hace que “se sienta un fresquito”. El coloquialismo colombiano habla de una cierta tranquilidad, para nada completa, que produce un cambio de situación. Duque no era la mejor opción pero sí quizá la única posible ante los mesianismos que generaban miedo en la propuesta de su contrincante. No la de la manipulación del electorado que señalaron los desafiantes al sistema, por ahora derrotados relativos, sino las que han salido de la propia boca del contrincante de Duque, algunos de sus socios , y la misma historia parcial de Gustavo Petro. Aquella que lo sigue haciendo aparecer por temperamento como si nunca hubiese abondonado la mentalidad de la “guerrillerada”. Es probable que algunos de los tanques de pensamiento que acompañan al aún joven Gustavo Petro ignoren que ciertos “tics” de campaña y práctica política tienen origen en el nacionalsocialismo alemán. Uno de los resbalones ideológicos al respecto -que no es el único- es la radicalización y la necesidad de mantener activa la dialéctica amigo- enemigo que tuvo su origen en el pensador germano Carl Schmitt, hacia los años 30 del siglo pasado (aresprensa).

 EL EDITOR

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*La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

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