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"AMADEUS", SIEMPRE VIVO

Publicado el 31 de diciembre de 2017 // Bogotá D.C., 21.15 horas

AMADEUS”, SIEMPRE VIVO

Tres meses antes de finalizar el año 2017, se presentó en Bogotá bajo el auspicio de Cinecolombia la renovada versión fílmica sobre la vida de Mozart ,del dramaturgo inglés Peter Levin Schaffer. Un creador, este último, que se fue a los 90 años y dejó escritos de gran calidad literaria. Para quienes somos devotos del gran músico austriaco, cuya agitada y corta vida queda retratada en la obra de Schaffer, debemos decir que se trata de un trabajo de primera línea, llevada a escena por el National Live Theater de Londres y dirigida por Michael Longhurst. Vale recordar que esa pieza fue estrenada en 1979 en la misma sala londinense y el impacto exitoso de la presentación teatral motivó que el checo-estadounidense Milos Forman hiciera en su momento la película homónima: “Amadeus”.

Escribe: Santiago NEMIROVSKY

En aquel entonces, como ahora, la trama giraba en torno a las reflexiones de Antonio Salieri quien coincidió con Mozart en Viena, cuando el primero era el músico oficial de corte de los Habsburgo y el otro un joven y talentoso emergente. Pero hubo cambios en esta nueva caracterización. Uno de ellos fue la duración de la obra, que en el anuncio causa aprensión: 3 horas con 20 minutos. Cualquiera con menos ánimo se dispondría a dejar la sala ante la noticia, pero no, y el cambio de parecer recompensa. Previo a la médula de la obra se aprecian unas entrevistas a los actores y al director del trabajo. Después aparecen los otros cambios sobre la trama fílmica y teatral ya referida. El conjunto es un refresco ante lo que uno se preparaba para apreciar. Vale señalar que los artistas afro para algunos de los principales papeles señalan los tiempos de inclusión en los que vivimos.

El rol principal es para el actor anglo-tanzano Lucian Nsamati, un recordado protagonista a quien se vio en “Juego de tronos” y “Luther” y que en esta versión de la saga del compositor austriaco mantiene una viva interacción con el resto de actores y músicos afros, aunque vestidos a la usanza moderna y no de época, como lo hizo Forman en su recordada película. El contrapeso, quien encarna a Mozart en el contrapunto con Salieri, es Adam Gillen. Todo se anuda con el hilo musical en el que participan los ejecutantes sobre el escenario, con piezas clásicas de Salieri y de Mozart, cruzadas con música moderna. El aporte de la Southbank Sinfonia se muestra a la altura de la responsabilidad comprometida y nada hace extrañar a la versión anterior. Está claro que no se trata de emular lo que ya se hizo sino hacer algo diferente que, con el tiempo, el público pueda recordar como se hizo antes con lo realizado hace más de tres décadas.  

Claro que en ambos casos lo realizado se fundamenta en dos rusos: Alexander Pushkin y Nikolái Rimsky-Kórsakoff. El primero, autor del drama en verso “Mozart y Salieri” y el segundo fue el compositor de la ópera en dos actos que tomó como tema lo hecho por Pushkin, en 1830. Es por eso que el eje de la historia asume una supuesta rivalidad mortal entre ambos músicos, con su peso de leyenda y verdad sin que hoy pueda establecerse y dónde termina una y comienza la otra. Porque si bien la carga emotiva de esa historia recreada le echa al italiano una responsabilidad en las desgracias que se llevaron a Mozart a la tumba, en un momento cumbre de su fama y de su carrera, lo cierto es que no habría una presunta envidia de Salieri hacia su joven colega, no tanto como para portar sobre sí la causa de todas las desgracias del otro. Aquel llevó una vida con todos los honores y méritos, no solo los oficiales con una corta carrera como Kapellmeister de la corte vienesa, sino además como autor de varias de las grandes obras musicales del siglo XVIII.   

Aquella leyenda negra dice que Salieri envenenó a Mozart y aunque el propio autor italiano se autoinculpó sobre el deceso de su colega, parece probable que lo haya hecho por un sentimiento de responsabilidad al no haberle brindado al joven mejores posibilidades, adecuadas con su rango y reconocimiento, además de no haber incidido con su poder para que Mozart pudiese superar las dificultades que encontró en su breve y deslumbrante carrera. La familia del genio de Salzburgo se encargó después de aumentar la mancha sobre la memoria de Salieri. Debe recordarse en esa línea que el italiano radicado en Viena fue maestro de algunos grandes que sucedieron a ambos y su tiempo. Entre ellos, los jóvenes Ludwig van Beethoven,  Franz Schubert y Franz Listz, además de uno de los hijos de su presunto mortal rival: W. Amadeus Mozart.  El giro del libro en la obra “Amadeus” le pone pimienta a la trama, con contrapuntos bíblicos en los que se entretejen las historias de Caín y Abel, así como las de Jesús y el Judas del Nuevo Testamento.  

El talento para crear ficción en la labor del dramaturgo hace y muestra a un Antonio Salieri en el polo de la mediocridad y a un Mozart en el opuesto. El catolicismo del peninsular frente al confrontante Mozart, quien no duda en coquetear incluso con la futura esposa del poderoso italiano, habría construido un rencor que terminaría en un odio literario. Tanto como para que el ofendido se dirija a Dios para requerirlo: ¿por qué si yo soy tan buen católico, tú lo preferiste a él?”; el exabrupto tiene un salto tensionante, pues se olvida que la corte de los Habsburgo en Viena y toda Austria, fueron siempre católicos y no protestantes, como lo fueron los otros germanos inspiradores de la Reforma, de la que este 2017 se cumplieron 500 años de iniciada. La admiración, aparentemente en secreto, de las composiciones de Mozart no daba para tanto: ni para la envidia suprema ni para el asesinato.  

Claro está que rivalidad entre ellos sí la hubo, como ocurre con casi todos los artistas de cualquier género creativo, incluso entre amigos. En la trama aparecen algunos picos de esa tensión que no borran los logros y la  fama. Cuando Mozart escribe su primera obra, “Las Bodas de fígaro”, recibe censura de la Corte -inflada por Salieri, en el relato- sin que se advierta en ese momento una taumaturgia musical que va de lo banal hacia lo espiritual, en tanto que  el envidioso parece con sus obras operar en contrario. También aparece en escena un novel genio recibiendo la noticia de la muerte de su padre, Leopold, quien sale a escena vestido con gabardina de época, sombrero negro y antifaz, como símbolo de su nueva ópera: “Don giovanni”, inspirada en su progenitor. En el final Salieri reconoce sus fechorías contra Amadeus y se autonombra como adalid de quienes tienen un gris talento: “mediocres del mundo, yo los perdono”. Una paráfrasis que hace recordar una convocatoria de Marx, dirigida a los proletarios del planeta (aresprensa).       

Actualizado: miércoles 03 enero 2018 06:46
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