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AMAZONIA, TIERRA QUEMADA

ACTUALIDAD  // Publicado el 28 de agosto de 2019  //  17.30 horas, en Bogotá D.C.

DOXA *

 

AMAZONIA, TIERRA QUEMADA

 

A estas horas el drama continúa y nadie puede a ciencia cierta saber cuándo acabará la inmensa quemazón que afecta la Amazonia y reduce no  solo la cobertura vegetal sino que destruye el hábitat de la fauna y el espacio de vida de los pueblos primigenios que siempre la habitaron y de los  que llegaron después. Es un proceso depredador por el fuego que puede surgir de manera espontánea o provocada y que cualquiera sea el vector que ahoa lo provocó tiene efectos apocalípticos, o casi. Es real que el afán depredador de lo que alguna vez pudo llamarse el ímpetu de progreso tiene en esto un aire de razón de Estado, el cual contó en su tiempo con la mejor prensa, y hoy solo puede ser lo contrario, como está claro. 

 

Cualquiera que sea la cifra que se esgrima a favor o en contra es muy difícil mensurar por ahora la magnitud astronómica de las pérdidas que dejará el incendio y de la manera como afectará no solo al Brasil, como espacio principal, sino al resto de lo países más allá de la cuenca amazónica, del subcontinente y del mundo. Es cierto que las decisiones políticas pueden ser un ingrediente básico de la catástrofe que está a la vista, de hecho lo son y la carga de la culpa recae en el extremismo del discurso Bolsonaro y en su desprecio por quienes piensan diferente a su ideario con tufo a fanatismo. Pero también pesa como cierta esa actitud del actual presidente del “pais tropical abençoado por Deus”, que es apenas una de las respuestas a otros extremismos que lo confrontan. Lo curioso y paradojal de la pugna ideológica frente a Bolsonaro, es que una buena parte de las posiciones ambientalistas que impugnan al presidente brasileño parecen recoger la visión místico ecológica que tuvo quien fue el argentino ministro de Agricultura del III Reich, Walther Darré.

Brasil es reacio y siempre lo ha sido ante  las eventuales intervenciones externas a su Amazônia, dicha así porque es la grafía portuguesa. Pero lo real es que la importancia de la foresta que se quema desborda los intereses nacionales del país que tiene la mayor parte de esa selva, aún enigmática pero cuyas últimas fronteras cerradas se derrumbaron cuando se abrió paso el camino que unió el Atlántico con el Pacífico, en 2011. Esa misma importancia que por cuya construcción quedó con el escándalo de Odebrecht atravesado. Este otro drama, con presidentes peruanos presos, otros perseguidos y otro  malogrado por el suicidio, se convierte ahora en una anécdota frente a la tragedia sumada con difícil reparación en lo inmediato, en tanto la emergencia aún no concluye y, por el contrario, se amplía en cada hora que pasa. La reacción tardía del gobierno federal ante la  magnitud de lo que afecta a lo profundo del mato grosso y el desgaste previo en responder y descalificar  a las ONG ambientalistas, dice también de lo profundo de la discordia política que enfrenta a Bolsonaro y a sus impugnadores variopintos.

Hace algunos años un gobierno que poco tenía que ver con las obsesiones del actual ocupante del Planalto sacó con cajas destempladas a un avión militar francés que se estacionó en la pista del aeropuerto de Manaus, con la esperanza de rescatar a Ingrid Betancur, rehén de las Farc en la parte selvática que le corresponde a Colombia. El celo que siempre tuvo el Brasil con su extensa geografía selvática tiene que ver con aquello que alguna vez soltó, como sombrío pronóstico, el científico francés, Jacques Cousteau: “si Brasil no cuida su espacio selvático, otros lo harán tarde o temprano”.  Fue esa expresión una prueba apenas no solo de la importancia mundial que tiene esa región cuya cuenca comparten siete países sino que también sería horizonte de todos los apetitos imaginables al respecto. Tanto que mucho antes de que el señor Bolsonaro venciera a sus adversarios de izquierda, Brasilia había condicionado su apoyo a los procesos de paz con la subversión  colombiana, si cualquiera que fuese el gobierno de Bogotá aceptaba en su territorio tropas norteamericanas. Vale decir cerca de la zona selvática de Brasil. Eran tiempos del gobierno de Álvaro Uribe.  

Por ahora el ejecutivo brasileño rechazó con desdén la propuesta de ayuda que el gobierno francés en representación del G7, le ofreció para paliar la tragedia. Un puñado de dólares que, siendo más simbólico que cuantioso, sigue representando lo que Brasil nunca ha querido: el que alguien se meta en “su” Amazônia. Pero ellos no ignoran que lo ocurrido traerá consecuencias políticas delicadas de manejar por quienquiera que sea que esté al frente de la quisquillosa mirada brasileña de largo plazo sobre sus recursos que a todos le importan, con intereses ocultos y conspirativos o sin ellos. Sin embargo, en correspondencia con la visión política y religiosa de la hora, Bolsonaro y su gente sí aceptaron la ayuda israelí, también más simbólica que con incidencia real. Lo ocurrido hace más fácil el llegar al blanco para quienes han cuestionado desde antes la óptica de los problemas y las formas de solución que propone el presidente de Brasil. Nadie le perdonará su enfoque radical y opuesto a lo que por generalización se consideran las corrientes permeadas o de manera abierta militantes con aroma a las izquierdas tradicionales, radicales o blandas.

Por eso reviró el Planalto ante las críticas por su silencio inicial ante el fuego en la selva, atacando a las ONG internacionales que con frecuencia representan las tendencias contestatarias e impugnadoras al modelo capitalista. De hecho, no hace mucho tiempo la administración de Brasilia abrió la legislación para avanzar sobre el espacio amazónico y su tejido vegetal, con el  fin  de propiciar nuevos territorios de pastoreo y explotación maderera, entre otros. Son muchas las voces que señalan que es allí donde radica la causa verdadera de los incendios. Ese asedio constante de colonos y capitalistas de toda laya sobre el tejido vegetal extenso y natural, no es nueva ni afecta solo al Brasil, la sufren también Colombia, Bolivia y el Perú, con diverso grado de intensidad en cada uno de  estos países. Pero el objetivo de ataque en la hora es Bolsonaro, por su concepción cercana a los grupos extremistas religiosos tanto de Israel como de los Estados Unidos, que tampoco  creen que el daño del medio ambiente lo cause la explotación de los recursos naturales, incluido el que guarda la selva. Es por ello que esta pelea sobre el desastre no tendrá una salida fácil ni rápida y serán muchos los  lastimados, no solo el sufriente manto verde.

Lo concreto del momento es que con cuentas a destajo se calcula que en el último año calendario, los focos de incendio con diferente intensidad devastadora se aproximan a los 100 mil y afectan incluso a Bolivia y a la frontera Brasil-Perú. En el mismo periodo el proceso de pérdida de manto vegetal en toda la región se aproximaría al 300 por ciento más del ritmo que llevaba antaño. La nueva legislación al respecto, tanto de Brasilia como de La Paz, favorece la acción depredadora y la protesta tanto interna como del exterior se eleva sin solución de continuidad. En esto que ocurre en la Amazonia brasileña no tienen intervención grupos armados ilegales como sí ocurre en el caso colombiano y venezolano -en este último ejemplo con el apoyo directo del gobierno de Caracas- sino que son intereses fuertes  de capitales privados brasileños e internacionales, con influencia marcada sobre las decisiones de gobierno. Las paradojas históricas que están en la espalda y en lo interno de los fundamentalistas que impugnan a Bolsonaro, más que relatos de cuño marxista tienen convicciones cercanas al nacional-socialismo alemán y a sus  visiones esotéricas sobre el territorio y el cuidado de lo ancestral (aresprensa).

EL EDITOR

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

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VÍNCULOSEL KARMA  DE LA JEP  //  ROBO EN LA EMBAJADA
Actualizado: miércoles 28 agosto 2019 18:50
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