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ARGENTINA, DOS SIGLOS DE FRUSTRACIONES

Publicado el 09 de julio de 2016 / 2.00 horas, en Bogotá D.C.

ARGENTINA, DOS SIGLOS DE FRUSTRACIONES *

Se cumplió este 9 de julio el bicentenario de la independencia argentina, esa que se firmó en San Miguel de Tucumán, muy al norte de Buenos Aires. Tan al norte que en el tiempo de ese acontecimiento el viajar a la lejana villa de apenas 4 mil habitantes, podía llevarse desde la orilla del Río de la Plata dos semanas de viaje, o más, para cualquiera. Lejos estuvo Tucumán de la entonces capital del virreinato y era la principal frontera de guerra de la independencia, muy cerca del Alto Perú, que para la época los independentistas querían conservar a toda costa. Esto por el hecho de ser la zona más rica e importante de la jurisdicción heredada en lo que hacía a las posesiones del rey. Un Fernando VII que había tenido un mandato en suspenso pues Napoleón Bonaparte lo tuvo cautivo y había instaurado a su propio hermano como regio gobernante, don José Bonaparte. Eso había precipitado los acontecimientos de 1810 en la cabeza del virreinato, y en su deriva inmediata: la declaración independentista de Tucumán, más de un lustro después. El monarca francés impostado era repudiado por los súbditos y llamado de manera despectiva por los peninsulares con el remoquete de “Pepe Botella”. De esa monarquía a contrapelo derivó la constitución conocida como “La Pepa”, abolida a su tiempo por el soberano legítimo a su retorno, para reinstaurar la legitimidad despótica, que no interrumpió en América el proceso disolvente del imperio ni pudo hacer cesar esa independencia pionera que declararon los diputados que después serían argentinos, pero que en ese momento eran apenas gente de “las provincias unidas de Sudamérica”. Allí donde incluso hubo representantes de las regione s altoperuanas, quienes más tarde formarían un estado aparte llamado Bolivia.

Eso del Alto Perú sería una de las primeras grandes frustraciones que surgió de la independencia y que, como listado inicial de desilusiones, no se interrumpió hasta el presente. Porque después de esa grave pérdida territorial, llegó en igual sentido la de la Banda Oriental, hoy Uruguay, y mucho después de manera oficial, la del Paraguay. Aunque esta última fue apenas reconocida por los argentinos casi medio siglo a posteriori, una vez derrocado Juan Manuel de Rosas y por acuerdo oscuro de la alianza entre los que buscaron la caída de ese gobernante y los brasileños, que de esa forma se cobraron la derrota que le propinaron las tropas de Buenos Aires en Ituzaingó, en 1827. Esa batalla victoriosa para los argentinos, de forma curiosa y tan contradictoria como frustrante, significó la desmembración definitiva de Uruguay de la integridad territorial en la cuenca del Río de la Plata.

En efecto, después del choque que dejó en pérdida y fuga al ejército del emperador Pedro I y la salida definitiva de los imperiales de Montevideo, los argentinos debieron aceptar la independencia uruguaya bajo presión de los intereses británicos, aunque los mismos habitantes de la provincia en ruptura rechazaban tal idea por aquellos años. Quizá por eso no pocos orientales -gentilicio centenario de los habitantes de Uruguay- le llaman a su pequeño espacio soberano el “paisito”. Tanto fue así que el hoy prócer máximo de los uruguayos, Gervasio Artigas, jamás concibió a una Banda Oriental separada de sus provincias hermanas, aunque no atendió el llamado al Congreso de Tucumán. Artigas, después de la independencia de su feudo, se autoexilió en manifestación de rechazo a la separación perpetrada y así se quedó hasta su muerte, en Asunción. Cabe señalar que esas jurisdicciones territoriales virreinales que buscaron sus propias independencias por fuera de lo ocurrido en Tucumán hace dos siglos, en realidad se mantuvieron al margen y en principio esperando la restauración realista y rechazando la idea independentista que no excluía al inicio la posibilidad de una testa coronada.

En rigor de verdad, no pocos de los próceres rioplatenses en un segundo aliento después de mayo de 1810, alentaron como salida desesperada la idea de instaurar como cabeza real a la que por esos años era emperatriz consorte del rey de Portugal, exiliado en Río de Janeiro por la hegemonía napoleónica: Carlota Joaquina. El llamado “carlotismo”, también quedó frustrado en materialidad y en la posibilidad de frenar la anarquía y el desmembramiento que se originó a partir de la conformación de la junta de notables porteños que gobernó de manera coyuntural y precaria a partir de mayo de 1810, “en nombre del rey” y en la búsqueda de una legitimidad ausente. Eso apenas sirvió para generar nuevas resistencias, crisis y contradicciones que precipitaron la independencia seis años después. En esa posibilidad monárquica para el nuevo país se pensó también en un descendiente de los incas y es por eso que apareció en Buenos Aires y murió allí en 1827 el familiar de Túpac Amarú, Juan Bautista Condorcanqui, esperando ser coronado y aceptado como rey por los habitantes del territorio independizado.   

La independencia declarada en Tucumán por los 33 diputados no solo no pudo evitar la anarquía ni la desmembración y la sumatoria de frustraciones del naciente Estado, o “la patria incierta”, tal como lo dice la letra de la marcha militar que celebra al emblemático Regimiento 1 de Infantería “Patricios”, de Buenos Aires. En el conjunto trazado, la independencia argentina de 1816 no lo fue del país en sí, sino de lo que quedó del mismo, después de los años de anárquica confusión y falta de rumbo cierto inicial. Allí no terminó la cadena de frustraciones y traspiés de la primera sociedad que en América del Sur se separó en términos formales de la España imperial. A continuación, se acentuaron las guerras civiles, en parte por las disidencias internas alrededor de la conformación del Estado, y en parte por las que se iniciaron en el afán de recuperar por la vía militar los territorios irredentos y centrífugos que se llevaron casi la mitad de la superficie heredada.

Eso, la amenaza expansiva del Brasil y el fracaso militar final de José de San Martín en su campaña por el Pacífico, así como su defección en el Perú, terminaron un ciclo amargo de amputaciones frustrantes que tampoco pudo reparar Rosas, el llamado “Restaurador”, quien nunca pudo restaurar lo perdido, ante Brasil, el Uruguay o Bolivia. Apenas pudo mantener como estandarte magro el no reconocer a un Paraguay autónomo desde el principio, que dejó para la posteridad el nombre de “Confederación Argentina” que aún ostenta como nombre oficial en desuso la hoy nación que celebra sus dos siglos de independencia. Esa denominación era lo que exigían los paraguayos antes de que se les reconociese su separación plena: una confederación para integrarse al resto de las “provincias unidas”, cosa que tampoco ocurrió. Después de Rosas, la guerra aniquilante contra los paraguayos -en alianza con Brasil y el “paisito” uruguayo- y la conclusión de la beligerancia interna, el país pareció alcanzar una consolidación integrada a la división del trabajo que imponía la hegemonía británica.

Eso ocurrió al promediar la segunda mitad del siglo XIX. Al crecimiento económico, la inmigración masiva de europeos y la homogenización de la economía nacional sujeta al mandato portuario de la capital del país, se le sumó la incorporación del territorio patagónico disputado con Chile y bajo apetencia tanto de países extracontinentales como del sionismo naciente, surgido como poderoso destino manifiesto posterior al escándalo de Alfred Dreyfus, en Francia. Ese empoderamiento de coyuntura fue suficiente para crear el perfil de la Argentina que hoy se conoce, pero no lo suficiente como para evitar nuevas frustraciones, no solo en el plano militar sino además en el de la autoestima como factor de identidad, la disciplina social y las escalas de valores que en el plano colectivo permiten el crecimiento material y las posibilidades de felicidad prometida como utopía de todo pueblo que pretende ser moderno.

En la primera mitad del siglo XX la Argentina pareció alcanzar la utopía y en entrelíneas también pareció querer enrostrar con su progreso y modernización a los que se fueron en el comienzo de la saga, al separarse de la heredad virreinal, con esa ciudad de Buenos Aires que parecía la “capital de un imperio que nunca fue”, en frase atribuida tanto a André Malraux, como a José Ortega y Gasset. Esa modernización tenía su cara oscura: la injusticia social y la marginalidad que dejaba por fuera del festín e incluso de la participación política por la vía del fraude electoral o la imposición militar, a gran parte de su gente. En ese caldo de cultivo surgió el peronismo, fenómeno político que ha determinado la vida argentina de las últimas 7 décadas. Más allá de la intención de nivelación social, también el peronismo agitó a la sociedad argentina con espirales de violencia subversiva, dolorosas retaliaciones por parte de las fuerzas armadas y, en su ciclo más reciente, el saqueo del Estado con niveles de corrupción jamás vistos, en nombre de un gelatinoso relato de reivindicación justiciera. Hoy la Argentina independiente mantiene alrededor de un 30 por ciento de su población por debajo de la línea de pobreza y aún lejos de la utopía.

Las frustraciones no solo se miden ahora -como sucedió en el siglo XIX- por pérdidas territoriales del amanecer o contemporáneas, como la ratificada hace tres décadas en el conflicto por Malvinas. Lo es además por la conculcación de los proyectos de vida y la postergación que generan la miseria y la postración como indicadores de exclusión. Esa degradación de conjunto que se prolonga en el tiempo con el desastre económico recurrente y el corte en los proyectos de vida de los ciudadanos que claman por educación, justicia y acceso a los bienes elementales y vitales. Eso sigue en mora en esta Argentina de las promesas incumplidas y el bicentenario de su independencia, declarada en medio del caos de aquel tiempo, reitera en evocación las miserias del presente. Es cierto que la Argentina puede exhibir como logros individuales sus cinco premios Nobel, al menos dos premios Oscar de primer nivel en cine y muchos éxitos deportivos continuos, entre otros lauros universales. Pero eso nunca será suficiente para compensar frustraciones, en una sociedad con una fuerte autoestima como referente distintivo y criticado entre sus iguales del continente (aresprensa).

Julio de 2016
Néstor Díaz Videla  
Editor Responsable 

 

 

 

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES     

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