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ARGENTINA, MERECIDA ELIMINACIÓN

Publicado el 13 de agosto de 2016 / 09.56 horas, en Bogotá D.C.

ARGENTINA, MERECIDA ELIMINACIÓN

No fue una simple caída, una más en secuencia, fue una salida por la puerta de atrás en este Río 2016. La Argentina del fútbol no era despedida de una primera ronda olímpica, con mérito propio, desde las olimpiadas de Tokio 1964. Resulta entonces bueno hacer la suma: 52 años, que es nada menos que algo más de medio siglo. Ese es el contraste para un país que sumó dos oros en su historia olímpica futbolera. Pero no es esta una deshonra que enlode, aun más, a un grupo de muchachos que hicieron lo que pudieron con la carga y la cuesta de sus propias limitaciones para llegar de apuro y en una lista emparchada, a una cita en la que varios de ellos no hubiesen sido invitados de no haber mediado el desastre organizativo y moral del fútbol argentino. Esto como consecuencia de su corrupción estructural y el desquicio organizativo consecuente.  Es el mal que golpea a toda la sociedad argentina por estos tiempos y del cual no era posible que pudiese escapar su deporte emblemático. Es el mismo desquicio que como contexto amplio impulsó la renuncia de Lionel Messi a la selección de mayores y la decisión similar del técnico Gerardo Martino.

La rápida baja de la Argentina de estos olímpicos está precedida de las recientes frustraciones, en la copa del mundo de Brasil 2014 y en dos copas continentales consecutivas: 2015 y 2016. Es una vergüenza y al tiempo una infamia para una enquistada dirigencia de la AFA, tan infame como indolente e indecente por lo mafioso de sus manejos y madejas seriales. Es la triste herencia del grondonato en lo específico y del kirchnerato en lo contextual.

Porque la desgracia integral del fútbol argentino tiene pinceladas de la inefable corrupción de Estado del matrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Así, esto que ocurre en el deporte más querido de los australes no es una casualidad sino una causalidad. Es la enfermedad de una sociedad que, en conjunto, eligió a sus saqueadores talentosos, quienes son en el mismo giro sus mediocres dirigentes, siempre chapuceros a la hora de imaginar que podrían ser buenos para los grandes desafíos de su propio país y terminan en lo evidente.

Nada nuevo bajo el sol si se mira lo que en algún momento hizo como aporte y en vida Julio Grondona, al elegir a Sergio “Checho” Batista o a Diego Maradona como orientadores de selecciones, sabiendo las limitaciones de ambos para esos cargos y que la realidad hizo concretas como claves de lo pasado y lo presente. No importa que el primero de ellos como técnico en este recuento haya llevado al Río de la Plata la segunda medalla de oro olímpico, si cuatro años después encabezó la frustración de no ir a Londres 2012.

Eso al tiempo de suponer que el brillo de Maradona como jugador en la cancha también era una calificación directa para dirigir una selección, a despecho de los desvaríos públicos y privados del histórico astro. Es que al margen de la carencia de espesor suficiente de esas figuras como para alcanzar el respeto de quienes serían sus dirigidos, lo cierto es que tanto Maradona como Batista eran “baratos” en el momento de ser contratados. Ese fue el criterio que tuvo Grondona para elegir a varios de quienes debían orientar a las grandes figuras argentinas.

Esa medida de mediocridad no es suficiente por sí sola para determinar las causas de los descalabros argentinos, si en la misma dimensión no se tiene en cuenta el criterio para alentar y estimular el camino de los nuevos jugadores. Basta para ello, como botón de muestra, el saber que en los últimos tiempos el suboficial encargado de la “tropa” de jugadores noveles era el mismísimo hijo del fallecido Grondona: “Humbertito”. Este personaje llevó a sus dirigidos a verdaderos fiascos, como ese último del Mundial Juvenil de Nueva Zelanda, en 2015, quien también hizo salir a sus desorientados jóvenes por la puerta trasera en la primera ronda.

Un verdadero cabo primero -jamás un mariscal- de derrotas secuenciales y seriales. El mérito único de este otro Grondona fue nada más que ser el limitado vástago del presidente de la Afa, fallecido hace dos años. Un favorito de la corte en la mafia deportiva argentina que siempre llevó al fracaso a sus juveniles, desde que asumió su cargo en 2013 y con los fracasos previos como únicos antecedentes. El lastre no pesó en contra para el nombramiento y la apuesta a nuevos desaciertos siempre negados por el hijo del capo, hasta

JULIO OLARTICOECHEA EDGARDO BAUZA
Corchos en la Tormenta

Por otro lado, la compinchería estuvo dirigida a sostener el enriquecimiento ilícito y personal de los más altos dirigentes de la Afa y del entorno -el propio Julio Grondona entre ellos- en tanto se mantenían anémicos a los clubes, en nivel de quiebra, situación que persiste en la actualidad. De los 1.400 millones de dólares del fisco -vale decir del bolsillo de los ciudadanos- que se dilapidaron en esa aventura, la jueza María Servini rescató hace pocos días unos dos millones de dólares de la fortuna malversada, desviados a cajas de seguridad bancarias y con destino nebuloso.

En ese negro panorama no podía sorprender, hace menos de tres meses, que la selección de mayores llegase a los Estados Unidos a disputar la Copa Centenario con una logística casi inexistente, sin equipos sparring para la preparación previa, con incidentes en las reservas de hoteles y vuelos, o que en más de una ocasión el grupo de jugadores debiese acudir a sus propios recursos para solventar gastos de alimentación e imprevistos. Esto por la falta de previsión y desgreño de la Afa en el apoyo a su equipo representativo, que llegó a una segunda final y caída consecutiva, con Lionel Messi y todos sus astros a bordo.

Tampoco podía sorprender en un escenario así, que el técnico Gerardo “El Tata” Martino declinase su condición de orientador máximo de las selecciones albicelestes, incluido este grupo olímpico hoy eliminado, aunque con una eventual e imaginada composición diferente: llevaba más de un semestre sin que le pagaran los sueldos de su contrato. Algo similar ocurre hoy con el entrenador de los juveniles y con el cuerpo técnico. El rédito inmediato fue el rejunte de jugadores de último minuto para asistir a la cita de Río y la negativa de los diferentes clubes a una Afa intervenida y en condición de extremaunción, para ceder a hombres representativos y con potencialidad para un mejor papel.

Nadie aparecía tampoco a la vista para asumir la dirección de estos muchachos convocados en la emergencia olímpica. De la misma manera como la mayoría de los directores técnicos argentinos con jerarquía declinaron aceptar el peso muerto de dirigir a una golpeada selección de mayores, que debe salir en septiembre a buscar su cupo en las eliminatorias a Rusia 2018, competencia en la que Argentina nada tiene asegurado. Tampoco había alguien para hacer caminar con buen pie a los desgraciados jóvenes que emprendieron camino hacia la olimpiada brasileña. En el descarte surgieron Edgardo Bauza y Julio Olarticoechea.

El segundo acaba de fracasar en Brasil, con responsabilidad propia y de sus mandantes. Propia porque el “vasco” antepuso el sentido de oportunidad y el azar a una responsabilidad demasiado grande para su músculo y peso específico como director técnico. La derrota contundente ante Portugal en el primer partido de tres ya hacía presagiar lo que se vendría. También es responsabilidad de los mandantes de Olarticoechea, como tripulantes de un titanic escorado y al garete que es la Afa, quienes carecen del decoro y de la vergüenza para dar pasos en dirección contraria al papelón y el mea culpa, virtudes fallidas de las que también hacen gala sus exsocios de la banda kirchnerista. Todo esto es parte de lo peor que podría precipitarse a partir de septiembre, cuando se reinicien las Eliminatorias en Sudamérica(aresprensa).

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