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ARTBO: INDUSTRIA CULTURAL INCOMPLETA

PATRIMONIOS CULTURALES // ARTES VISUALES // Publicado el 29 de noviembre de 2918 //  18.30 horas, en Bogotá D.C.

 

ARTBO: INDUSTRIA CULTURAL INCOMPLETA

 

Al finalizar octubre pasado se celebró la edición 2018 de Artbo. Nos dejó un sin fin de sensaciones, algunas contradictorias, y no es para menos. La Feria internacional de arte de Bogotá, auspiciada por la Cámara de comercio de la capital colombiana en su versión número 14, es considerada como una de las más audaces y aventuradas de la región, desde su nacimiento en el 2004.Se lleva de manera continuada las mejores críticas tanto de expertos conocedores del circuito artístico, como de eruditos en materia de lo estético. Pero a pesar de todas las excelencias visuales en el contexto curatorial, y demás juicios positivos con respecto a los proyectos artísticos, pareciera que esta honorable exhibición internacional se quedara en una estática destinada sólo a venerar el plano bi-dimensional, aislando por completo el rol de las nuevas tecnologías y contextos digitales en el plano de lo artístico. Algo que deja al descubierto el gran vacío en la materia, reafirmando que aún este es un terreno inexplorado y, más, si se toma en cuenta que un escenario de tal naturaleza está ligado con la llamada industria cultural.

Escribe: Angélica GONZÁLEZ *

Para esbozar el núcleo central de lo que se pretende en esta nota, no está de más destacar que en esta oportunidad, como en todas las anteriores, cada una de las ocho secciones tradicionales de esta feria plantearon sus atmósferas basadas en un discurso visual cuyos productos artísticos estuvieron cargados de la mezcla heterogénea de elementos y materiales convencionales y no convencionales. En ese marco, fueron capaces de configurar códigos extra sensoriales que desde lo reflexivo acapararon la atención de los cerca de 35 mil espectadores que asistieron a este certamen. Un contenido abisal que de a la intemperie el gran talento de los creadores pero, como se anotó en líneas anteriores, el evento se mantiene entre la quietud e inacción de lo convencional, ¿por qué?  

El arte como institución, en pleno siglo XXI, no puede seguir siendo un contexto aislado destinado sólo al valor uso del lienzo ni mucho menos al valor signo de lo representado, pues las dinámicas de comunicación y de recepción del arte no pueden (de ninguna manera) desconocer las transformaciones sociales. La explicación es una sola: la vida digital se apoderó de la existencia de los seres humanos y la producción artística sigue aún resistiéndose a la exploración de contextos como este. Se insiste en involucrar al espectador a la contemplación “desde la barrera” corroborando “el no tocar” y no es para menos, pues ha de comprenderse a la feria como un mecanismo de consumo, donde la obra es mercancía destinada sólo a ser vista como objeto de entretenimiento y, si así es el panorama, ¿dónde quedan las nuevas tecnologías aplicadas al arte?

Desde la teoría del célebre Theodor Adorno se aduce que la industria cultural ha conducido a la “desartización” del arte.Se vislumbra entonces a la feria misma como un contexto que consolida la distracción y que en los términos de esta crítica, (si no es muy atrevido decirlo) se traduciría entonces en comprender a este contexto como lugar de mercancía incompleta y desarticulada y, más aun, con la falta de los medios que definen la modernidad en la frontera a la que hoy ha llegado y que incluyen y excluyen al mismo tiempo tanto a la sociedad como a la variable básica que la distingue: el consumo, en especial ese consumo basado en lo digital. En contraste, la manifestación estética moderna inmersa dentro del circuito de la galería, es una obra sin espacio e “inadecuada al proceso vital de la sociedad de hoy, según lo señalado por Adorno para su tiempo.

En ese entorno y perspectiva, tal como lo plantea el teórico alemán, la obra  insiste en anularse constantemente ratificando la inexistencia de ella misma, pues la verdad de la obra en sí es abrirse paso a su propia libertad, o lo que se entiende como reducción del espacio entre obra y espectador, aquella roma de emancipación que es objeto e incita a la interacción. Tales factores aparecieron de manera tímida en esta versión número 14, o fueron inexistentes. Vale la pena detenerse en este fragmento puesto que aún el miedo al tocar e incluso pasar la línea, es uno de los estigmas permanentes en el espectador y, así las cosas, el verdadero “goce” y “disfrute” estético como experiencia se anula pues la feria, galería y/o exhibición, ratifica el fenómeno de la barrera y su evidente “desartización, de acuerdo con lo planteado por Adorno.

En concordancia con estas líneas, se declara a la experiencia estética propiamente dicha, como un alejamiento, un desprendimiento de lo material y entrega sublime ante lo que provoca el arte, ello con base en la teoría estética de Kant. Esa experiencia que aquí queda anulada pues cada pasillo, cada sección de tránsito de los consumidores, resultan ser espacios de distracción, corrompiendo así la verdadera relación con la obra de arte. Si este es el propósito y si la cuestión prevalece en exaltar la industria del arte con paredes llenas de lienzos que incentiven el consumo, la apuesta sería entonces envolver el show con los nuevos medios tanto de producción, como de difusión y recepción digitales. Hasta que esto no suceda seguirá siendo entonces una vitrina inmersa en una industria incompleta. Artbo funciona dentro del circuito mundial y se exalta por sus majestuosas propuestas, pero se ha perdido el camino hacia la generación del verdadero goce, de la verdadera experiencia estética, legado clásico de un estado espiritual (aresprensa).

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Angélica González es académica universitaria y magister en Estética e Historia del Arte (Universidad Jorge Tadeo Lozano, de Bogotá)  

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VÍNCULO: ARTBO 2018, ADIÓS

Actualizado: jueves 29 noviembre 2018 17:48
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artbo 2018

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