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ARTE EN REVOLUCIÓN

Artes Visuales // Cine // Publicado el 31 de agosto de 2018 // 16.30 horas, en Bogotá D.C.

ARTE EN REVOLUCIÓN

 La revolución rusa que tuvo a Lenin y a Trotsky como protagonistas principales en sus inicios, abrió un nuevo frente de trabajo para los creadores rusos de las primeras décadas del siglo XX. Pero lo que fue la cristalización de la utopía feliz para el inmenso país feudal y monárquico que se convirtió en abanderado mundial de los proletarios, dejó paso a la tragedia personal y colectiva de muchos de esos artistas, en todos los planos. En lo que hace a la pintura, las transformaciones de vida y obra de los creadores fue paradigmática. También lo fue en la literatura, hasta Boris Pasternak, pero la pintura fue la que tuvo una de las mayores manifestaciones de cambios y dramas. No pocos de los artistas que protagonizaron el proceso murieron bajo la férula de José Stalin, un personaje a quien no pocas de las víctimas apoyaron durante los primeros tiempos de su asalto al poder. Un excelente documental de esa experiencia histórica presentará la empresa Cinecolombia en el país andino durante el ciclo de cine alternativo que ya exhibió otros dos documentales, uno sobre el museo Hermitage de San Petersburgo y otro sobre la afamada casa suntuaria Fabergé. Esta última también localizada en el tiempo de oro de la que alguna vez fue llamada la “Venecia del Báltico”. El documental “Revolución” se presentará en únicas funciones el 1 y 2 de septiembre en todo el país incluida la capital, Bogotá. 

La obra cinematográfica de Margy Kinmonth hace un extenso recorrido en el legado a la humanidad por parte de ese extenso lote de creadores rusos en artes visuales que mamó la revolución en las mieles de las esperanzas por la posibilidad de la utopía cercana y también la hiel de la persecución, la cárcel, tortura y tragedia del régimen al que habían apoyado y exaltado con su obra, pero que luego habían sucumbido en purgas, y otros crímenes que en especial José Stalin perpetró contra ellos y contra millones de seres anónimos, para gloria negra de su gloria y del país que administraba con el terror como eje de su política de Estado. 

La cámara y el relato hacen descripción de lo que hoy está a la vista en la Galería Estatal Tretyakov, el Museo Estatal Ruso y el Hermitage de San Petersburgo. En el barrido de cámaras aparecen piezas de Chagall, Kandinsky y Malevich, aunque debe decirse que si bien todos estos son universales e incluso quien con escasa ilustración de los grandes de la pintura sabe el porqué de esos nombres en el bronce de la historia del arte, los grandes fueron muchos más entre los que ya desde entonces brillan. 

Aparecen en el filme documental todos los méritos creativos de lo que fue la vanguardia rusa, que no nace con la Revolución de Octubre sino que se potencian con esos acontecimientos políticos de 1917. Un siglo atrás los pintores del nuevo arte ruso ya estaban untados de las otras vanguardias europeas y hacían lo suyo en los últimos años de la dinastía Románov, cuando las grandes crisis del fin del zarismo agitaban las calles y plazas de las principales ciudades rusas. No pocas de las obras que hoy están a la vista de todos en las salas de exhibición del país que los vio nacer,  fueron durante décadas vetadas y prohibidas. 

Otras quedaron arrumadas en depósitos del Estado. desde donde debieron ser rescatadas y muchas restauradas por las secuelas del descuido, la proscripción y el desprecio de las autoridades del proceso soviético. Hoy son parte inalienable de la historia y del patrimonio de los rusos, así como de su compleja saga varias veces centenaria como país imperial y también como patrimonio de la humanidad. La vista amplia cinematográfica tiene el complemento de las descripciones y criterios de expertos de los museos, entre ellos Mijail Iotrovsky, Zelfira Tregulova y el director de cine Andrei Konchalovsky. 

Es imposible en este relato soslayar la crítica abierta al poder soviético que se radicalizó a partir de la muerte de Lenin como una vertical defensa de un nuevo orden que prometía una eventual felicidad futura a cambio de un criminal sacrificio previo. Esa dicotonía del socialismo real que se instauró a partir de la visión de Stalin, sus seguidores, policías y burócratas, no podía excluir al arte como herramienta de propaganda y glorificación del régimen. La utopía como promesa a cumplir y la realidad descarnada de las purgas y los gulags no dejaban espacio para la libertad excluyente que casi todos los artistas reclaman. 

Bajo las consignas oficiales no pocos creadores se plegaron, con frecuencia porque no fue posible otra elección. Seguir adelante con las “desviaciones” que se condenaban desde la esfera oficial significaba la posibilidad cercana de la cárcel, la tortura y la muerte. Tales desencuentros con los comisarios culturales no fueron diferentes en demasía con la expansión del “arte degenerado” de las vanguardias que en simultánea también fue condenado por la Alemania Nacional socialista. Las únicas opciones posibles fueron entones el supeditarse a los dictados y lineamientos oficiales o buscar el exilio ineludible y no siempre factible como escape, castigado si se frustraba. 

Ese fue el camino que siguieron algunos que después fueron reconocidos como universales, aunque no alcanzaron a opacar quienes se quedaron con los límites de entorno o los propios, porque la coincidencia ideología con las propuestas de la revolución no les eran ajenas. Aquellos que tenían a la vanguardia rusa como frente de expresión desde antes del desplazamiento del zar y su hegemonía 3 veces centenaria, buscaban y promovían el cambio que precipitaron primero los socialdemócratas de Kerensky y después los sóviets de Lenin y Trotsky. 

Nadie imaginaba lo que después vendría, o al menos entre los artistas fueron pocos los que presintieron la amenaza y por lo tanto no tomaron precauciones al respecto, quedando presos o sepultados por la adversidad de los cambios políticos. Entre los que se fueron figuran Chagall y Kandinsky. Entre los que se quedaron y salvaron el pellejo está Malevich y otros pocos. Ninguno de estos sufrieron la persecución extrema aunque cayesen bajo sospecha, en particular el primero padre del suprematismo y de una composición abstracta poco afín al realismo socialista. Pasaron de agache y con demasiada suerte para lo que soportaron los más 

Ese fue el caso de Isaak Bábel, entre los escritores, pero no fue el único y fueron demasiados para la imaginación que no incorpora con destreza la palabra genocidio cuando esta choca con el fanatismo de la ideología. La persecución generalizada en la segunda mitad de la década de los años 30 dejó como víctimas -acusados de saboteadores y traidores- a un millón de ejecutados de forma sumaria, otros dos millones de muertos en los campos de concentración y unos cinco millones de presos. Bábel murió fusilado en enero de 1940. El filme de Kinmonth recrea la línea histórica de esos dramas vividos en el interior de la Rusia soviética, además de los desenlaces vitales y el destino de las obras legadas.   

El relato fílmico se detiene no solo en el agitado entorno que rodeó la vida de los protagonistas sino también en los museos y salas especiales de exhibición de estas piezas de arte signadas por la trágica historia de sus creadores, en la Rusia contemporánea ahora abierta a la vista del público local e internacional. No solo son lienzos y objetos, entre ellos esculturas propiamente dichas. También son afiches y gráficos de la intensa propaganda que ordenó realizar el Estado para la exaltación propia del jerarca máximo y de los propósitos que alentaban los sóviets para desterrar la vieja cultura e imponer las condiciones y escala de valores de aquella revolución en marcha que nada, ni el crimen, detenía (aresprensa). 

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Actualizado: viernes 31 agosto 2018 16:49
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