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ASCO Y DESPRECIO HACIA LAS FARC

Publicado el 05 de febrero de 2008 a las 13.55 de Bogotá D.C. / Archivado el 19 de marzo de 2008

Repudio generalizado por la barbarie de la banda armada colombiana en su permanente degradación de toda racionalidad y  su desprecio hacia la vida de la población civil, incluidos los que están secuestrados y son inermes víctimas de su acción vesánica. 

ASCO Y DESPRECIO HACIA LAS FARC

 

El asco es una sensación física pero también es una forma de rechazo psicológico, moral y social. Las continuadas acciones de las FARC que, como política permanente, han implementado contra la población civil colombiana  -ese pueblo desprotegido al que invocan como razón de su existencia- provocan desde hace mucho el conjunto material y abstracto del asco, el rechazo absoluto sin tolerancias ni justificación posible a su execrable presencia.

No es gratuito ni nuevo el repudio al grupo terrorista colombiano. Terrorista, así con todas letras, excepto, claro está, para quienes desde distintos ángulos pretenden, contra toda evidencia, seguir suponiendo, como lo hacen los presidentes Daniel Ortega y Hugo Chávez, que se trata de un conjunto de románticos combatientes por la libertad, la justicia social y la democracia.

 

No es nuevo porque la presión por pavor de las FARC sobre los colombianos es repetitiva, reiterada en su salvajismo y, en la sumatoria constante, se esmera en su ferocidad, en particular cuando la víctima está inerme e indefensa. En el segundo semestre del año pasado, por citar sólo algunos hechos generados por la siniestra banda en los últimos meses, las víctimas fueron un grupo de legisladores secuestrados y mantenidos en ignominiosas condiciones de vida, durante varios años.

 Poco después de esa conocida masacre, la nueva víctima ya olvidada por la acumulación de hechos monstruosos que produce el grupo perverso,   fue una alcadesa de una alejada población rural en la región de Chocó, con mayoría de población negra en condiciones de vida paupérrimas. En ese otro episodio de muerte, la mujer  asesinada era de avanzada edad y estaba frente a su nieto, un menor de edad que fue obligado a presenciar el crimen.    

 

No es gratuito porque, como quedó demostrado hace pocas horas con las multitudinarias marchas de rechazo en diferentes ciudades colombianas y del mundo, la repulsión ganada a costa de acciones contra toda racionalidad y con rampante desprecio por la condición humana los ha puesto -como ya se señaló desde esta columna hace mucho tiempo- en la misma condición de Pol Pot hace unas pocas décadas y en las repudiadas políticas de los estados nazi-fascistas que, por su barbarie, avergonzaron a la especie humana.     

En efecto, muchas de las acciones de las FARC que responden a su política criminal  estratégica, tiene el sello de la visión nazi del mundoy no ha sido el actual presidente colombiano el primero en decirlo, puesto que ya ARES lo había señalado en sus editoriales, desde el inicio de este servicio público hace más de cinco años.

En efecto, es expresiva de esa Weltanschauung atroz la existencia de campos de concentración móviles y tropicales, creados en el interior de la manigua colombiana. Las cadenas con que se amarran pies, manos y cuellos formando columnas de personas macilentas y aplastadas por el peso de los años de irracional cautiverio, sin fórmulas de juicios, muertos en vida, sin esperanzas, nos hablan de las condiciones que vivieron los prisioneros del Reich, en tiempos de refinamiento de la tortura para producir el aplastamiento del otro, el diferente. En este caso, esa mayoría civil que ha acumulado asco y desprecio al accionar del grupo armado ilegítimo, criminal y mafioso.   

Una mayoría de colombianos que incluye a quienes se oponen al tráfico y la ganancia del negocio de las drogas, sobre las que reina la banda de  asesinos. La similitud con las acciones del Reich tiene agregada otra perla, el Nacht und Nebel, aquella política de cortar toda comunicación del cautivo con el mundo exterior y someter a su familia a la incertidumbre del silencio sin fin sobre su suerte final, sobre su vida y su muerte. Así es, "noche y niebla" en alemán, o en español, es lo que impone la barbarie de las FARC sobre sus secuestrados, con la amenaza constante del asesinato a mansalva.

El cinismo de sus "capos" -los capos de la FARC- los ha llevado a declarar, también contra toda racionalidad, que sus cautivos secuestrados están en pie de igualdad con los criminales que, desde sus filas, han terminado en las cárceles colombianas; pasando por alto que, en este caso, los presos gozan de toda garantía de vida, defensa, tiempo de prisión y reunión familiar. Pero, es obvio, nada bueno se puede esperar de los cabecillas del terror y la sevicia. La entrega a cuentagotas de algunos secuestrados a sus cómplices internacionales en el inicio de este año 2008, no disminuye la responsabilidad histórica  del grupo atroz que mantiene a sus cautivos inocentes como rehenes, escudo y mercancía.   

Es por eso que no puede haber duda sobre las respuestas que exige el momento y la historia, frente a la miseria humana que muestra, paso a paso, la repudiada banda. Los riesgos son infinitos, pero la debilidad de la sociedad y del Estado sería un pasaporte para el objetivo de someter al conjunto social a su brutalidad manifiesta. Esa reciedumbre sin contemplaciones debe extenderse por la vía del derecho internacional a quienes en el mundo sostienen una consideración amable con el grupo terrorista.

Esas manifestaciones de apoyo al crimen en las selvas, campos, pueblos  y ciudades colombianas, en momentos de dolor colectivo por los atropellos de la banda masacradora,  merecen ser perseguidas y rechazadas. Tal respaldo avergüenza a los países y a las instituciones desde donde se produce el apoyo espúreo.  Es el caso Dinamarca, Suecia, Chile, la Argentina y Francia.

Como una bofetada hacia los colombianos que el año pasado repudiaron la violencia abominable de las FARC, luego del asesinato de 11 civiles secuestrados, en Santiago de Chile se celebraba de manera pública un nuevo aniversario de la creación del grupo maligno.  En forma coincidente, un directivo de la organización Rebelión, desde Copenhague, afirmaba que los asesinatos de los civiles eran obra del Estado colombiano y que la justicia danesa no  consideraba terroristas a los terroristas. Ese alambique mental e ideológico de los daneses debe avergonzarlos también ante el género humano, como a todos los alcahuetes que las FARC tienen en el mundo. No muchos, por fortuna, pero suficientes para hacer evidente que la esquizofrenia moral y la sociopatía están vigentes entre los hombres.

 

Los últimos acontecimientos han permitido desenmascarar de manera definitiva a quienes, en la superficie y aprovechando la tolerancia necesaria de toda sociedad civil, en realidad aprovechan ese espacio para apoyar de manera solapada a quienes tratan de violentar los derechos de las mayorías, sus libertades y sus vidas. Entre ellos, varias organizaciones no gubernamentales cuyo cartel de presentación, tanto en Colombia como en el exterior, es -vaya contradicción- la defensa de los derechos humanos.

 

También en la lista de los esquizofrénicos está Oliver Stone, quien llegó a Villavicencio, Colombia, a fines de diciembre del año pasado, en los helicópteros del Circo de Caracas, como parche redoblante de quienes le escribieron el nuevo libreto del dislate para justificar el secuestro como salida para financiar el terror. La fantasía cinematográfica traspasó el límite y en este caso se internó en el terreno de la ignominia. Pero el argumento repetido por Stone tiene una categoría superior desde la grafía de sus verdaderos autores: ha sido el anticipo para la búsqueda del reconocimiento de los secuestradores como un ejército regular.   

En la Argentina, por su lado, la conocida señora Hebe de Bonafini salió en enero pasado a desconocer las evidencias de la tortura que las FARC aplican a sus cautivos. Ya muchos saben de  los exabruptos de la anciana y su complicidad con el terrorismo internacional de distinto pelaje, que no excluye a sus defendidos "desaparecidos" de los años 70 en la Argentina, a quienes ya colocó en el panteón de los héroes, pues supone que eso los exime de la condición por la que parte de esas otras víctimas de sus propios actos, perdieron su libertad y su vida: la de terroristas. Si no lo fueron todos, no pocos de ellos estaban lejos de ser palomas de la paz. La misma Bonafini lo ha ratificado en los años recientes, borrando con el codo y con varios tajos la imagen que construyó como defensora de los derechos humanos. Por alguna razón  ya, en América Latina, han comenzado a llamarla "La loca de Plaza de Mayo". Si Jorge Luis Borges pudiese reescribir su obra, no cabe duda que en la  Historia Universal de la Infamia debería incluir a Hebe de Bonafini y a las FARC.      

 

Francia es un caso aparte.  Es, en el conjunto, el más aberrante de todos. Francia mantiene una complicidad embozada con la siniestra parábola de los secuestradores de Ingrid Betancourt, al negar de manera velada la atrocidad lineal y estratégica de  los verdugos de su ciudadana.

 

 Esto es así al buscar, a toda costa, que se doblegue el Estado y la sociedad colombianos ante los requerimientos del grupo mafioso que pretende con  maniobras ocultas llevar adelante un presunto acuerdo humanitario favorable a sus fines y multiplicar en el sufrido país cafetero la tenebrosa dinámica del secuestro.  No debe olvidarse que ya hace unos años el país galo estacionó, en secreta maniobra por la libertad de Betancourt, un avión militar en el aeropuerto de Manaos, con total displicencia hacia el Brasil, en un desliz que recordó la tradición colonial francesa en el África y fue un revulsivo para los latinoamericanos.

 

Igual identidad de objetivos ha mostrado la propia familia de la secuestrada, al responsabilizar de manera permanente a Colombia por la situación creada yhacer silencio sobre la culpa de los verdaderos responsables. Los deslices  de esta familia en tal sentido han incluido el saboteo a las manifestaciones de repudio a las FARC en París, con la complicidad del Estado francés. Así, le han  agregado daño a la secuestrada ya torturada por el sometimiento de la organización oprobiosa. El empeño en contravía lo encabeza la madre de Betancourt, Yolanda Pulecio.   

 

Suecia por su lado, tal como lo es Dinamarca, se ha convertido en un verdadero "aguantadero" de los terroristas latinoamericanos, de la misma manera como  fueron  hace unas décadas un refugio de perseguidos políticos.Hay una diferencia marcada entre esos tiempos y el presente. Una diferencia que es diametral. Las FARC y sus asesinos materiales o simbólicos no son perseguidos políticos, lo son en realidad por sus crímenes o la complicidad con crímenes de lesa humanidad. Por algo el mundo ha creado las imágenes del síndrome de Estocolmo y el de Copenhague. Es esa patología en la que parece natural y lógico dormir con el asesino, justificarlo y absolverlo. Es esa la expresión más certera del cretinismo moral.            

 

Toda democracia moderna necesita de una izquierda lúcida y competente, con vocación de poder, para equilibrar las dinámicas del Estado en su relación con la sociedad que debe representar. Pero esa izquierda debe estar despojada, a toda prueba, de vínculos con variables violentas, cargadas de criminalidad ciega.

El imaginario colectivo tiene dificultades para reconocer esa distancia necesaria que legitime y consolide a buena parte de las izquierdas de América Latina con excepción, quizá, de Chile y Brasil. Lo sucedido en Chile con el homenaje a la banda terrorista colombiana muestra que la marca tenebrosa no ha desaparecido.

 

Pero lo ocurrido con Dinamarca y Francia se suma a lo anterior con una huella más profunda: es despreciable, en su naturaleza,  por la bajeza y miseria moral de la que hace gala. Mientras tanto, es seguro que las FARC como la mayor parte de la izquierda radical y mesiánica seguirá indiferente al asco y al desprecio. El metarrelato fundamentalista los blinda a los cambios del mundo y al rechazo universal. Ellos son sordos y ciegos a toda racionalidad.

 

Pero si en algún momento aspiran al respeto de la historia y no el desprecio que han merecido Pol Pot, Hitler y Stalin, deben ya mismo abandonar el degradado y abominable camino por el que han transitado por décadas. El asco y el desprecio tienen memoria histórica(aresprensa.com).        

EL EDITOR

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