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ASSANGE: OPORTUNIDAD Y NUEVO ROL PARA ECUADOR

Publicado el 27 de septiembre de 2012 // 14.35 horas, en Bogotá D.C.

ASSANGE: OPORTUNIDAD Y NUEVO ROL PARA ECUADOR 

En un salto de trapecio el gobierno ecuatoriano y, sobre todo su presidente, ha pasado a ser universal defensor de la libertad de expresión. Así surge de la cobertura diplomática brindada al perseguido australiano fundador de WikiLeaks y gran denunciante de las tropelías de los poderes hegemónicos. El oportunismo adornado por la arrogancia imperial del gobierno inglés, que para los latinoamericanos no sólo se expresa en este incidente, le ha dado a Rafael Correa una relevancia de la que carecía con suficiencia hasta que Julian Assange pidió protección en la embajada del país sudamericano en Londres. Una gran jugada del Ecuador y una triste perla gris que acumula a otras en su anecdotario histórico aquella nación imperial a la que alguna vez se le denominó, y aún se le llama, “pérfida Albión”. Un triste sello que se marcó pocos días después de cerrados los fastos de las Olimpiadas.   

Es cierto que Julian Assange no es lo que los latinoamericanos llaman una “pera en dulce”, pero no se trata de eso, se trata simplemente de la sombra de la persecución por algo muy parecido al delito de opinión: la divulgación incontrastable de las miasmas de los poderes del mundo y de su salvaje capacidad de retaliación contra quienes no están “aconductados” a sus intereses y políticas. Ese es el tema sobre Assange, más allá de que guste o disguste su estilo.  

Se trata simplemente de rechazar la intención de intimidación, sobre todo cuando ésta pareciera estar cubierta con visos de legalidad, tal como lo es en este caso.  Hasta ahí el gobierno ecuatoriano cobra por ventanillla el beneficio que le deja el haber protegido a alguien que está perseguido por poner sobre la mesa las evidencias concretas de lo que todo el mundo sabe: los abusos, desprecios y conspiraciones contra gobiernos y sociedades en asimetría, frente a quienes detentan los intereses económicos y políticos del mundo.  

Hasta ahí llegan las cosas en enrevesada lógica porque no es cierto que el Ejecutivo ecuatoriano se distinga por ser un defensor a rajatabla de la libertad de expresión, nada de eso. El gobierno ecuatoriano tiene la estrella negra de expresar características similares a sus colegas de Venezuela y Argentina, por citar sólo a dos casos emblemáticos en las presiones y ataques a periodistas y a medios que han hecho pública sus opiniones sobre la marcha de sus países o que son abiertamente desafectos con las respectivas parábolas políticas. 

Eso no tendría nada de malo ni debería escandalizar a nadie en una democracia abierta y plena, no tanto por la legitimidad de los mandatos amparada por un caudal de votos, sino por las acciones en detrimento de libertades y cooptación de los medios de expresión que ejercen esos gobiernos regionales que, de por sí, están lejos de ser evidencia de pulcritud democrática. En otras palabras, esos gobiernos ascendieron enarbolando difusas consignas revolucionarias y de necesaria justicia social para el cierre de brechas hacia la igualdad, siempre postergada, pero que en el trayecto de sus administraciones y de manera paulatina, han ido conculcando derechos fundamentales. El de expresión es apenas uno de ellos. 

Esto, al tiempo que se van entronizando y tentando la posibilidad de perpetuarse, como en cualquiera de las dictaduras históricas que han alimentado la aquilatada literatura de Latinoamericana.  El reciente intento de secuestro por las calles de Bogotá de un ciudadano ecuatoriano opositor a su gobierno, por parte de agentes encubiertos de ese país, no deja dudas sobre el verdadero rostro que encubre la picaresca y el folclorismo de ciertos despliegues escénicos de Rafael Correa y de sus colaboradores inmediatos.  

Tampoco es difícil negar el hecho cierto de que, bajo la administración del pintoresco mandatario ecuatoriano, se consolidó en el país ecuatorial en particular su zona de la frontera norte, un áreade resguardo estratégico de agentes del terrorismo colombiano y de otras latitudes, en particular de las FARC. 

Condición de impunidad mellada por la persecución que se hizo durante el anterior gobierno de Álvaro Uribe y que terminó con la puesta fuera de combate del máximo dirigente de esa organización al margen de la ley, alias Raúl Reyes, en el año 2.008. En esa acción militar y política quedaron al descubierto las redes de conexión internacional que podía efectuar de manera calmada por la cobertura de impunidad que ofrecía el territorio de Ecuador, esa tenebrosa organización y la simultánea mirada al cielo de los poderes del estado en Quito. 

Aunque aquellas condiciones protervas ocurridas y estimuladas por debajo de la mesa desde Quito parecen haber variado, al menos de manera parcial, no es pensable que varíe la matriz cultural que originó esa situación estimulada por el sesgo del Foro de São Paulo y la mirada del Alba sobre el mundo. Esto es, el neogorilismo hirsuto de un sector de las izquierdas latinoamericanas, del cual el gobierno del presidente Rafael Correa es uno de sus voceros icónicos. 

Esa expresión ideológica desconoce y se niega a aceptar las nuevas realidades que impuso la caída de la Unión Soviética y del muro de Berlín, al tiempo que supone que aún es tiempo para ensayar modelos de sociedad los cuales, tal como lo planteó el ideólogo italiano Toni Negri, tuvieron “una derrota estratégica”. Esa revulsiva manera de rechazar la realidad y que hace sucumbir la mirada en el hueco del anacronismo sin remedio, es parte de la pesada carga ideológica que hoy es razón de Estado en una parte de América Latina, con la legitimidad de los votos.  

La visión retrógrada señalada entiende como revolucionario el acotar las libertades públicas, apoderarse con vocación unanimista de  los organismos del estado y buscar la permanencia indefinida de los mandatarios que son la punta del iceberg de ese neogorilismo, surgido desde el seno profundo de la izquierda local. Tal concepción recalcitrante entendió al fin que no es posible llegar al poder por la vía de las armas, pero sí es posible transitar el riesgoso camino de la democracia para intentar formas de dictadura civil.  

“Vamos por todo”, dijo después de las elecciones del año pasado la presidenta argentina Cristina Fernández. Eso significa atropellar a todos y doblegar la disidencia -la alteridad necesaria para la vida democrática- y también las libertades ciudadanas, entre las que se encuentra la de expresión. Es por eso que, en esa misma línea, el juego diplomático y político de Ecuador en defensa de Assange, aunque justo, no deja de ser una cruel ironía para enmascarar lo que es antidemocrático (aresprensa). 

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