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BERLINALE: MILITANCIA DE GÉNERO

Publicado el 26 de febrero de 2018 // 10.25 horas, en Bogotá D. C.

BERLINALE: MILITANCIA DE GÉNERO

En un certamen  atravesado por la ola contracultural de género se desarrolló esta edición 68 de la famosa Berlinale alemana, considerada como  el primer gran certamen anual del cine contrapuesto a la gala de la industria masiva que surge de Hollywood. Es además una gran vitrina internacional para los creadores que no tienen oportunidades de gran proyección en los circuitos comerciales más reconocidos y provienen de países donde el cine no tiene el desarrollo, la infraestructura ni un contexto que lo favorezca.  Es por eso que en la lista de países que intervienen, sobre todo en la selección oficial de 19 películas, se ven con frecuencia países como Irán, República Checa, Filipinas o Paraguay, entre otros de similar dimensión. Una evidencia de lo que se afirma es el caso del archipiélago filipino, que produce demasiadas películas al año pero de consumo local, y rara vez para el resto del mundo. Un caso fuera de concurso en lo que hace a Filipinas es el director Lav Díaz, asiduo nombre de los grandes festivales -incluso estuvo en el Ficci de Cartagena de Indias- pero que es aún un perfecto desconocido para el gran público. El rechazo a la decisión de la ganadora del Oso de Oro ha sido casi unánime por parte de la crítica y eso pone en zona gris, entre otras razones, al encopetado festival berlinés.

Además de los vaivenes y preferencias de estos festivales, la Berlinale fue bien lejos con el interés de marcar el derecho de las minorías -algo que nunca deja de hacer- en particular en aquello que corresponde al empoderamiento de las mujeres y el rechazo complementario de la violencia y el acoso que hoy recorre como campaña extendida en este y otros eventos de igual rango. En esta edición que acaba de cerrarse -apenas ayer domingo 25 de febrero- los rumanos se llevaron el cotizado Oso de Oro del festival berlinés, como para afirmar eso de que el buen cine de los pobres merece ser premiado o, en la misma lógica, los pobres también hacen buen cine, o al menos eso parece. En la lista de  aspirantes hubo varios  que prometían mayores escalones que después, en el cierre de cuentas, no cuajaron. Uno de ellos fue el argentino Fernando Solanas, con su “Viaje a los pueblos fumigados”, un nuevo tránsito por el trillado camino del cine de denuncia que es lo recurrente en la filmografía  del legendario director rioplatense.

Este fue un buen año para los latinos en la Berlinale porque debe sumarse ese premio mayor para los rumanos, que también son latinos. En lo que respecta a los de esta  parte del mundo, los mexicanos pueden darse por bien servidos porque así como tienen candidatura al Oscar también en esta secuencia del cine con menos voltaje de glamour pero con más contenido y llamados para pensar, se llevaron reconocimientos que no pasarán inadvertidos. La película Museo de Alonso Ruizpalacios  ganó un Oso de Plata al mejor guión, armado por el director nombrado y Manuel Alcalá. La más laureada entre las latinoamericanas  fue “Las Herederas”, del paraguayo Marcelo Martinessi se alzó con el Oso de Plata a  la mejor actriz, para la también guaraní Ana Brun, y también el cotizado lauro Alfred Bauer, que es un premio especial dedicado al fundador del Festival. El premio de oro para la directora rumana Adina Pintilie fue la cereza de una buena torta que se llevó esta mujer desconocida para quienes no tienen mayor información de lo que produce Europa oriental, salvo a veces lo que se hace en Rusia. Pero la decisión al respecto fue controversial en términos casi absolutos.

La película de Pintilie “Touch me not”, que alcanzó el mérito áureo, trata sin reatos de una sexualidad desatada sexualidad femenina. Es bueno que haya sido una mujer quien alcanzó el máximo escalón de este certamen, organizado en la capital alemana. Eso porque como ocurre en la industria del espectáculo de estos tiempos, la ola de los problemas de género está en su ápice y no hay concentración internacional de artistas y de la industria vinculada  que  no aborde el tema y efectúe la  consabida protesta con el reclamo complementario. Además, que requiera de una atención más allá de los límites estrictos del mundo del espectáculo. Razones no les faltan y pareciera que aquello que comenzó de manera circunscrita a algunas quejas es hoy un clamor casi universal. La Berlinale no estuvo exenta de las manifestaciones contra la tradición del abuso y la presunción de discriminación. Una de las cabezas de turco en la ocasión fue el realizador coreano Kim Ki-duk, quien fue sancionado por la justicia de su país por maltratar y perpetrar excesos en  contra de una actriz que participó en una de sus obras. Kim no es conocido en Occidente, pero sí muy popular en Asia.

Allí no terminó la cosa. Antes  del inicio del festival, el veterano director del evento berlinés, Dieter Kossick -quien ya anunció su retiro- informó que 5 películas habían sido descartadas de la programación porque sus realizadores fueron acusados de acoso sexual, en diferentes momentos recientes. El coreano entró en la liza y surgió la pregunta del porqué de una censura para algunos y el permiso para ese otro también señalado y ya condenado por la justicia. La respuesta al respecto fue la misma de aquel que peca y reza: soslayar prejuicios o exageraciones o, en otras palabras, tratar de atenuar probables extralimitaciones en la censura. Una falacia retórica evidente porque  censura es censura, aun enmascarada de remilgos salvíficos o gambetas discursivas. El tema proyecta una mácula gris sobre un festival caracterizado por la apertura y el liberalismo de sus enfoques, aparte de haber el “descubridor” de talentos como el de los hermanos Cohen, o haber sido anticipatorio en reconocerle méritos a obras como “Trainspotting” o la más cercana “Call me by your name”.  Esta última es hoy candidata al Oscar (aresprensa).  

Actualizado: lunes 26 febrero 2018 19:18
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