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BOLSONARO, APUESTAS VERTICALES

ACTUALIDAD //  Publicado el 11 de enero de 2019  //  13.30 horas, en Bootá D.C.

 

BOLSONARO, APUESTAS VERTICALES

 

Es el nuevo presidente, entre los sudamericanos, que más reacciones ambiguas ha generado en los últimos tiempos. Nada parecido a lo ocurrido hace pocos meses con Iván Duque en Colombia, Enrique Piñera en Chile, o más atrás, Mauricio Macri en la Argentina. No es para menos, se trata de un fenómeno curioso en un Brasil que  es la mayor economía del continente, el de mayor geografía, el de mayor población y el de los máximos problemas, aunque menos que los de los vecinos e históricos rivales hasta no hace mucho  tiempo: los argentinos.  De hecho, las contradicciones iniciales entre estos dos grandes aparecieron en la previa: Macri no asistió a la posesión en el Planalto y la reunión entre ambos mandatarios quedó postergada para mediados de este enero que está corriendo.  Esa ausencia es sintomática en lo que hace a las contradicciones del proceso que generó el triunfo inesperado del polémico mandatario de Brasil. Es probable que Macri no hubiese querido cruzarse con dirigentes de fuerte rechazo internacional, como lo es el actual primer  ministro húngaro Viktor  Orbán, o tampoco respaldar la militancia religiosa extrema de quienes acompañan al nuevo ocupante del palacio presidencial en Brasilia. Incluso tampoco habría querido respaldar con su presencia la parcialidad extrema pro Israel o el  favoritismo hacia Chile. Esto último manifestado por el flamante y empoderado ministro de economía, Paulo Guedes.

Escribe: Rubén HIDALGO

Eso no significa que los argentinos vayan a poner cortapisas a su histórica y reciente buena relación con Brasil, sería un suicidio si eso ocurriese porque esos que están en el borde norte son el principal aliado económico para una Argentina que no sale de sus crisis estructurales y en un año en el cual Macri se juega una reelección que ni por asomo aparece asegurada sino todo lo contrario. Pero no solo es eso lo que se juega entre estos amigos que al tiempo no han dejado de ser rivales hegemónicos, en lo que hace a la importancia relativa de las hegemonías de tradición ibérica. La circunstancia vinculante de coyuntura es Venezuela, que está en la punta de las tensiones de la región y en la agenda de búsqueda de solución a un problema que pasó a ser de geopolítica regional al tiempo que ideológico. Eso se agrava con la profundización del aislamiento de  Caracas y el repudio internacional hacia la consolidación de su dictadura.

 El conflicto con la administración de Nicolás Maduro permea a todos los cercanos del que fue un coqueto país de incontrastable potencial petrolero. El destino inmediato de Venezuela y su catástrofe está en la lista de todos, aunque en especial de Colombia y también de Brasil, porque en las fronteras de ambos la crisis humanitaria tiene características de tsunami migratorio y de conflictividad social. Unos 4 millones de venezolanos, o algo más, deambulan por los países de la zona y de ellos no menos de un millón doscientos lo hacen por Colombia. En Boa Vista, Roraima, hay estacionados unos veinticinco mil de estos desplazados por la miseria, la opresión y la crisis de salud e inexistencia de fármacos en las droguerías de su tierra de origen. Nada para decir sobre lo que pasa con las enfermedades catastróficas para las que no hay otra salida que la muerte o el auxilio de las familias que ya se encuentran en el exterior, al tiempo que el gobierno de Caracas oculta las cifras del holocausto que él mismo alimenta, sin contemplaciones y al mejor estilo estalinista.

Todo ese marco señala que Brasil profundizará una de las consignas emblemáticas del nuevo presidente brasileño: la interpelación ideológica con las izquierdas que pasearon sus banderas durante dos décadas por el continente, profundizando la corrupción, la represión, la restricción de libertades, el autoritarismo, la pobreza y el encono, salvo escasas excepciones en algunas de esas variables degradantes del hacer político y social.  En ese sentido y en el de la paralela ideología, llamada de “género”, las políticas de Bolsanaro a implementar que se han anunciado desde la campaña al Planalto, se formalizarán de manera vertical, de acuerdo con su particular estilo de señalar lo que no quiere y ya se sabe que son la base de acción de gobierno, que es al tiempo el eje de pensamiento y actitud que le granjearon el favor del electorado. Por lo pronto ya reaccionaron de manera favorable las bolsas, al alza, al tiempo que el dólar comenzó a descender en su cotización, como señal de lo bien que le caen a los mercados los amagos iniciales de la administración que se estrenó en Brasilia con el alba del año.  

La Bolsa de São Paulo no tenía una levantada semejante desde hace 10 años y debe señalarse que tal reacción se contrapone a la aguda recesión sufrida por el país en los últimos años de Dilma Rousseff, aunque aún es prematuro hacer pronósticos mayores ante estos síntomas parciales de buen horizonte en lo que hace a la economía brasileña. El ajuste de cuentas en la burocracia llegó al unísono: unos 300 trabajadores fueron desahuciados ipso facto de la administración central. El sopor político que dejó el disgusto con la izquierda y su corrupción estructural, esa que mantiene al popular Lula da Silva en la cárcel, alienta el optimismo económico aunque por ahora lo que es firmeza en lo político son balbuceos en lo económico. Los desahuciados del empleo público no serían en realidad un grupo de contratados por su filiación política más que técnica, sino los contratados a  tiempo definido por figuras de segundo nivel en el manejo administrativo.

Pero la seguidilla de despidos continuaría y el mensaje enviado caló porque el camino anunciado por el nuevo presidente es el del escarmiento. No se sabe cuánto durará la inquisición que pretende castigar a lo que el mismo Bolsonaro ha señalado como “subordinación ideológica”, pero se supone que será dura pues se pretende borrar la huella “petista” (en alusión al Partido de los Trabajadores, de Lula y Rousseff), que le dio color al panorama brasileño durante un largo periodo previo. Cuando se dice color se hace referencia al rojo de esa fuerza sindical y de izquierdas, en tanto que el nuevo presidente se propone reinstaurar -según él- el verde amarelho de la enseña brasileña. Una simpática combinación de colores que es la misma de su selección de fútbol, en tanto que es el scratch casi la única muestra de esfuerzo colectivo que en verdad le ha brindado gloria y alegría al pueblo brasileño en las últimas décadas, hasta el Mundial Brasil 2014.  

Como  se sabe, el extenso país sudamericano jamás ha ganado un premio Nobel, por decir algo en lo que hace a alcanzar un mérito contundente y estratégico. El tema de la seguridad es otro de los ejes básicos de la nueva administración y no es para menos, el narcotráfico y las bandas criminales se enseñorean en las ciudades brasileñas. Sobre ese problema estructural Bolsonaro y su equipo quieren dar una salida que es coherente con sus antecedentes militares y es la idea maestra que campea en el nuevo gobierno. No es una simple evocación castrense lo que alimenta la estrategia para contener la criminalidad y acotar sus poderosas redes. También está presente, además de la ideología de Olavo de Carvalho, el espíritu secular del credo protestante que acompaña a los cercanos a Bolsonaro con su arraigada noción de pecado, la cual entre sus similares norteamericanos se vinculan con la industria armamentista y a la noción de licitud en el criterio de armar a los ciudadanos para la autodefensa (aresprensa).     

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Actualizado: viernes 11 enero 2019 12:42
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