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BRASIL, SÍ A BOLSONARO

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 29 de octubre de 2018  //  18.05 horas, en Bogotá D.C.

ACTUALIDAD // DOXA *

BRASIL, SÍ A BOLSONARO 

Otro outsider de la política se abrió paso contra toda previsión en la maraña institucional de un Brasil cuya clase dirigente tradicional se encuentra severamente cuestionada por la corrupción y la incapacidad para dar respuesta a los problemas del país vigente. Bolsonaro repite aristas de un fenómeno global que no ahorra sorpresas desde hace un lustro. Eso dio como evidencia el aflorar de nombres con frecuencia revulsivos, como lo han sido los casos de Rodrigo Duterte en Filipinas, Matteo Salvini en Italia, Donald Trump en los Estados Unidos y el ahora “aparecido” Jair Bolsonaro, en Brasil nada menos. Un aparecido que no es nuevo en la vida del país, pues lleva más de dos décadas de vida política, pero a quien hasta hace apenas tres meses nadie daba crédito como aspirante a la presidencia del país más grande de Sudamérica. Es una ratificación del avance de la antipolítica en el panorama mundial y también lo es esa suerte de asco hacia las costumbres de la política tradicional que incluye a las derechas moderadas y -qué duda cabe- hacia las izquierdas que en el juego democrático y por fuera de la opción de las armas o el golpe de Estado, se embadurnaron con los manejos sucios y corruptos de aquellos a quienes siempre criticaron: los de la odiada burguesía. 

El nuevo presidente de la República Federativa de Brasil ganó con un porcentaje que anunciaban las encuestas desde hace varias semanas, al menos un 11 por ciento, frente a lo obtenido por el “bien pensante” candidato de la izquierda, Fernando Haddad. Ha sido esta la postulación que reemplazó la posibilidad ganadora de un Lula da Silva encarcelado. Una candidatura encabezada por un buen hombre que estaba en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Todo se juntó para este derrumbe del trabalhismo, propio del PT, señalado como eje de los escándalos de corrupción que han conmovido al Brasil y a varios países vecinos en un crudo tejido de degradación que ha debilitado gobiernos, encarcelado dirigentes y ex mandatarios, de la misma manera como ha empañado la imagen de partidos que se suponen representativos de grandes masas de población, incluidas las del Brasil. Porque en gran medida el triunfo de Bolsonaro es la cota del rechazo a quienes con un discurso salvífico en lo social conjugaron los mayores escándalos contra el patrimonio público en los últimos años. 

Odebrecht y el desprestigio del empresariado brasileño que acunó los procesos de corrupción en relación con el Estado y a mega escala, se llevaron también al foso del repudio electoral a los del PT, que hicieron una alianza con intención ideológica propia al tiempo que de negocios grises o espúreos a plenitud, en su propósito deseado de mantener el poder. La corrupción ha sido una formas de lucha combinada que adoptó la izquierda latinoamericana y fue uno de los frentes de esas luchas, que inauguraron los nicaragüenses con nombre propio: la piñata. El Foro de São Paulo creado por Lula junto con sus aliados continentales y bendecido por Castro desde La Habana, hizo del asalto al poder por el voto una salida alternativa ante el fracaso militar de las guerrillas -salvo en Nicaragua y Cuba- y de allí al saqueo de los fondos públicos, de manera directa o indirecta. La manguala entre contestatarios, empresarios y gobiernos afines, dejó secuelas en Perú, Ecuador, Venezuela, Argentina, Colombia y el mismo Brasil, hundiendo el sueño brasileño -y de Lula- de jugar en las grandes ligas mundiales. 

En esa dimensión estratégica de la corrupción que comprometió al Brasil apareció ahora como contracara un contestatario desde el otro extremo. No es Jair Bolsonaro un hombre de visión mesiánica en lo político llano, incluso a contrapelo de su compromiso religioso vertical. Es un hombre al que no se le conoce traza de corrupción y por ahí comienza una explicación de lo ocurrido, banal si se quiere, porque es Bolsonaro un contradictor de lo alternativo por sus posiciones en lo social y ante la diferencia que brota en el marco del discurso posmoderno y de la ética de la autenticidad que reposiciona y empodera a las que hasta ayer fueron minorías marginadas. Pero estas también suelen tener discursos revulsivos en temas de género, sexuales o étnicos, entre otros. Todo esto, junto con las declaraciones maximalistas de no pocos intelectuales, tanto brasileños como extranjeros que repudiaron a Bolsonaro y terminaron de fortalecerlo en sus aspiraciones presidenciales. 

Así, fueron esos sectores siempre reclamantes de derechos y a veces poco aficionados para aceptar las obligaciones que impone la democracia, los artífices indirectos del triunfo que repudiaban. Pero también lo obcecado del líder preso, ese casi seguro triunfador previo que hubiese sido un Lula libre y a despecho de sus compromisos con la madeja corrupta, completó el panorama del fracaso en las urnas de los petistas, por el errado manejo de los tiempos electorales. Aunque otras entrelíneas también han aportado a la emergencia y a la bofetada que recibe el llamado “sistema”, que incluye a la izquierda a la que ya se hizo referencia. Bolsonaro representa un pequeño partido apartado de esas otras tradiciones censuradas ahora por el sufragio, y lo que ha sumado el fundamentalismo religioso, opuesto a lo que se considera laxitud de la Iglesia católica frente al “mal”, es para nada desdeñable. Se considera que en menos de 20 años los evangélicos han crecido de una cifra desdeñable hasta casi un 30 por ciento de los brasileños. Ellos comparten las posiciones extremas de Bolsonaro en lo que hace al delito y violencia crecientes, el empoderamiento del narcotráfico y los enfoques que defienden de manera vertical algunas de las minorías emergentes, entre ellas las de género (aresprensa).  

 EL EDITOR

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La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES.  

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