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BUENOS AIRES ABRIÓ SUS LIBROS

Publicado el 22 de abril de 2016 / 08.45 horas, en Bogotá D.C.

BUENOS AIRES ABRIÓ SUS LIBROS

Es la principal feria de la palabra escrita en América Latina y se abrió de manera extraoficial el pasado martes, en tanto que sus puertas para el público en esta edición 42 recién lo hicieron ayer jueves. Una apertura en simultánea con su similar de Bogotá y una rivalidad planteada con pimienta tropical de un lado y silencio del otro. Rivalizan tanto como para que algunos de los que están vinculados con la que se realiza en la capital cafetera sostengan por estos días, de manera a veces indirecta y sorprendente, que es esta última en verdad la “más importante”. Pero no lo es. Sí, en todo caso, la que se lleva adelante en la metrópoli andina podría ser la segunda, rivalizando claro está con la de Guadalajara, para apostar a un merecido segundo peldaño. Pero no puede competir con la de Buenos Aires, y esto sin olvidar que cuando se profesionalizó la de Bogotá, allá por el final de los años 80, se acudió a la asesoría de los que habían realizado las primeras ediciones de la, para aquel tiempo, ya experimentada feria de la capital argentina. Eran las jornadas del recordado Jorge Valencia Jaramillo, a quien el encuentro librero de Bogotá tanto le debe en lo que hace su propia afirmación, pero esa historia - o más bien arqueología de los senderos recorridos- hoy parecen borrados.

La fiesta alrededor del libro en la capital rioplatense promete para esta versión 2016 la carga de un fuerte simbolismo político y de valores alrededor de la libertad de expresión: se realiza en el marco de los fuertes cambios de ánimo y expectativas que atraviesa el país, después de que el kirchnerismo se vio obligado a replegarse por la derrota electoral del año pasado, en medio del escándalo de la corrupción, el latrocinio tanto sobre bienes como cuentas del Estado y la pugnacidad en la opinión, que no ha cejado. Esa pugnacidad y crispamiento constante en el interior de sociedad argentina era alentado hasta fines del año pasado desde las más altas figuras del gobierno y de todo el árbol administrativo y militante que le ha sido fiel a la parábola que abrió Néstor Kirchner y que profundizó su viuda, Cristina Fernández

Eso, que los argentinos llaman hoy “la grieta”, es la ruptura de tejido social y entendimiento que abrió esa facción termocéfala del peronismo durante casi tres lustros y se manifestó también en la cultura. Prueba de ello fue el acaparamiento de los medios de comunicación masiva, la exclusión, silenciamiento y pretensión de atemorizar las versiones distintas de la realidad y la vigencia de políticas con hechos para aplastar a los intelectuales y a las visiones disidentes.  Fue algo que también se vio en la Feria del Libro, entre otros acontecimientos, cuando entre 2010 y 2011 se pretendió censurar a representativos hombres y mujeres de letras, e impedir su presencia en el magno encuentro internacional. Esto, sumado al envío de delegaciones de autores -a la Feria del Libro de Frankfurt, por ejemplo-  que sólo representaban la óptica oficial, además de la exaltación en esos foros de figuras a veces poco o nada vinculadas con la hechura de la palabra escrita, como Maradona, Ernesto “Che” Guevara o Carlos Gardel.

También el Salón del Libro de París fue espacio para el desprecio kirchneristapor el “otro”, el que piensa diferente, ese que se debe respetar en una democracia en flor. Fue un tiempo con claro desdén y discriminación de nombres y obras que enaltecían el hacer cultural argentino, pero que el gobierno de Fernández censuraba o condenaba sin miramientos y sobrado desparpajo, pues incluso la memoria de Jorge Luis Borges -quien fue un reconocido antiperonista- sufrió el eclipse de la política oficial. Fueron tiempos reales de retorno a la barbarie. Ahora, en el giro diametral de la situación, la obra de Vargas Llosa en letra y presencia está programada dentro de la agenda oficial del fasto alrededor del libro que se lleva adelante en Buenos Aires, durante 3 semanas, hasta el 9 de mayo.

También vuelve por sus fueros la figura del ciego que cantó a la ficción infinita, tanto como a las calles y compadritos porteños. En efecto, Borges vuelve al espacio ferial de homenaje y memoria del que nunca salió, pero del cual se pretendió borrarlo con perversión y, en definitiva, sin éxito alguno. La ocasión no solo es propicia por la dimensión del personaje y el contexto histórico de coyuntura, también porque en este año se cumplen los 30 años de la desaparición física del eminente escritor, a quien la represión y censura de las izquierdas internacionales le hicieron las zancadillas suficientes como para que no pudiese alcanzar el Nobel que merecía.

Mario Vargas Llosa J.M. Coetzee

                                                                                              

Otros, que en América Latina tenían mérito propio para lograrlo, quedan no obstante señalados porque fueron parte del complot de silencio y conocida descalificación que en el continente es propia de las facciones delirantes, y en definitiva retrógradas, que se beneficiaron de la red de corrupción simbólica que marginó a Borges de su bien ganada preeminencia, alzándose ellos con el magno premio que le fue negado al ciego ilustre. Dos de estos son bien conocidos. Se respira ahora en el ambiente cultural argentino un aire de libertad que, se sabe, no será alterado por alguna “patota” oficialista que pretenda cerrarle el paso a Mario Vargas Llosa. Tampoco estará tratando de imponer la censura sobre el hoy premio Nobel peruano, el señor Horacio González, quien para entonces era director de la Biblioteca Nacional y abanderado de primera línea de la censura a la visión diferente.

Fueron tiempos del pináculo de la saga kirchnerista e intención presidencial de quedarse “con todo”, además del pleno ímpetu en lo que hace al saqueo de la presidenta y de su banda sobre la hacienda pública. Hoy varios funcionarios del impresentable régimen ya están encausados por la justicia argentina y en la pista de los nexos internacionales de esa pandilla que tenía dos cabezas reconocidas en el más alto nivel del poder político y la administración pública del país austral. Toda esta descripción marca la preeminencia que tienen los vaivenes nacionales e internacionales en la feria del libro de los argentinos, más que en ninguna otra. Así ha sido desde siempre y no podía ser ahora de otra manera. En este momento, el director de la biblioteca que tuvo a Borges a la cabeza y después en las antípodas a González, tiene al escritor Alberto Manguel como orientador principal y con la idea de disolver la manía persecutoria contra escritores no encolumnados con discursos oficiales.

Es el mismo hombre que cuando joven le leía libros al creador ciego y que debe ahora cargar con las culpas de la barrida de militantes, que se produjo al iniciar labores la nueva administración del Estado y emprender las acciones de profilaxis administrativa sobre el remanente de la vesania kirchnerista. Es un desafío y un riesgo para un escritor que debe afrontar con paciencia y tolerancia el ataque incisivo de quienes hasta ayer y en la misma tribu de producción intelectual, nada toleraban en lo que hace a diferencia de pensamiento. Es la ley de la vida dirán algunos y, en efecto, es la ley de los absurdos de la vida. Lo cierto es que esta Feria se renueva sin bloqueos de opinión ni la torva amenaza del ataque de un gobierno o, peor incluso, de los ataques materiales de los grupos de acción directa -con reminiscencia fascista- de cualquier gobierno. La pesadilla que vivió la cultura argentina parece por ahora quedar atrás y no por ello se debe bajar la guardia.    

En síntesis y espesor, la añeja feria del Río de la Plata trae a dos premios Nobel de literatura. Uno es el de la revancha por la libertad de expresión y opinión, con la memoria del repudio por los bochornosos hechos de 2011: Mario Vargas Llosa. El otro es el sudafricano J. M. Coetzee, en tanto que es Santiago de Compostela la ciudad invitada de honor que sigue al D.F. mexicano de la edición anterior. Coetzee llega a Buenos Aires para hablar de su obra y poner de relieve su protesta por los 240 despidos que se produjeron en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Habrá polémica, pero no censura. En lo demás, lo tradicional: más de mil actividades programadas y espacios para el debate, más de 12.000 profesionales del libro y 45 mil metros cuadrados dispuestos para la fiesta. La feria de Buenos Aires suma más de un millón de visitantes en sus tres semanas de vigencia, es más antigua que aquellas que pretenden disputarle su primacía y acumula la tradición de un país que a pesar de sus profundas crisis históricas, mantiene su lugar como uno de los de mayor índice de lectura en la región. Lo demás es desvarío y exabrupto parroquial(aresprensa).  

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