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¿CATALUÑA INSENSATA? II

Publicado el 20 de octubre de 2017 // 17.35 horas, en Bogotá D.C.

¿CATALUÑA INSENSATA? II

Fue una locura, una locura desde el principio y lo sigue siendo aunque es cierto que algunas locuras en la historia finalmente cristalizan y parecen normales. Contra viento y marea, con una mayoría engañosa y un verdadero caldo de grillos entre sus impulsores, Cataluña pretende independizarse de España. La propia Modernidad fue una locura que llevó a la hoguera a Giordano Bruno, mandó al silencio a Galileo y llenó de prevenciones anticipatorias a Descartes.  Pero la forma moderna de entender la vida y la secularización consecuente se impuso contra aquello que intentó poner frenos a la ola imparable de lo moderno, a  despecho de una concepción que tuvo como origen a la mirada cristiana y latina, clavada en lo profundo de la Modernidad incluso en sus contradicciones.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Se refuerza en el panorama disolvente una alusión en epígrafe de un escritor francés, aparecida en “Le Matin des magiciens”: “una civilización es -siempre- fruto de un complot” y la visión moderna en esa perspectiva construyó una civilización en la que se ocupó de velar, e incluso disolver, lo que no le convenía, pero ahí están la locura y la diferencia, ambas vivas. España construyó su imperio aplastando en algunos casos y poniendo  al margen en otros,  parte de  la diferencia, aunque no toda la diferencia como señala la “leyenda  negra”. Pero esta diferencia estuvo siempre ahí agazapada, y estalló de nuevo, a veces por encima del sincretismo. Antes fue el terrorismo vasco y ahora la altanería de  esos catalanes que prefieren ser cola de ratón -no cabeza de león- pero ser ellos, lo que es válido en términos relativos. Eso visto desde la América de herencia española. La pretensión catalana aparece ahora, ya disparada de manera abierta, como un dislate político, geopolítico e incluso un dislate de impacto económico superlativo, pero ahí está destapado y va cuajando. Una  evidencia del impulso no siempre racional de la modernidad es el estado nación. Una forma de  organización social y política que sepultó, o eso pretendió hacer, el tranquilo dormitar de las comunidades.

Afinidades construidas con el paso de los siglos a partir, entre otras, de las particularidades étnicas que separan. Ello además de unas formas de producción vinculadas con un primitivo mercantilismo y la artesanía, también en la afirmación demográfica sobre las diferentes lenguas que excluyen la diferencia. El estado nación fue fundamental para poder afincar el desarrollo capitalista tal como lo conocemos porque amplió la potencialidad mercantil y, luego, tanto la fuerza productiva como la transformadora sobre la naturaleza. E hizo posible el salto que inició la llamada Revolución Industrial, en el espacio y tiempo de lo que fue una suerte de “comunidad imaginada”, como lo afirmó alguna vez Benedict Anderson. Lo hizo unificando comunidades hasta entonces dispersas, casi siempre con violencia, al ampliar la demografía y la expansión territorial para conformar espacios más extensos que permitieron explotar mayores recursos, amparados en una nueva legitimidad y legalidad del estado-nación, vía democracia, capitalismo y estado de derecho. Desde la Paz de Westfalia, en 1648, pero incluso antes con la impugnación a la colonización española en los Países Bajos que hizo la Casa de Orange, se sentaron los soportes de esa organización política del estado convertido en nación.

Una condición de manejo territorial y social que se impuso con monarquías o sin ellas y que ha regido al mundo durante más de 300 años. No ha sido fácil la asimilación a las fronteras más amplias y la divergencia  de las minorías, por parte de aquellas comunidades que resintieron el nuevo estado de cosas.  Tampoco hizo falta la aparición hace pocos años de esa curiosa concepción llamada postmodernidad, para anunciar el resurgir y el reposicionamiento de las nuevas minorías que siempre estuvieron ahí: los derechos de género, los débiles y los excluidos volvieron a la mesa por sus fueros y también lo han hecho con vigor los nostálgicos del rechazo a la asimilación de las comunidades diferentes que estuvieron y están supeditadas al estado-nación. En buena  medida, el neorreclamo catalán es ficción de esa erupción contemporánea -como también lo fue el precedente moderno- y esconde intereses que se enmascaran en lo reivindicativo y en la presunción de unos derechos históricos conculcados. Una visión pormenorizada juzgaría hoy al embeleco como anacrónico y reactivo, si no reaccionario.

La lengua propia no es condición suficiente para afirmar un derecho secesionista, tampoco lo es la  presunción de una represión de circunstancia para una convocatoria popular a ejercer un acto de sufragio, prohibido de antemano y sin legitimidad de convocatoria ni organizativa desde la dirección del estado español. Tampoco lo es el poner de escudo a los niños, en la expectativa de provocar una represión policial justificadora del capricho. Ahora surgen las dudas en la orilla del delirio, cuando se retiran las empresas más importantes de España afincadas en Cataluña -ya casi un millar- y también las extranjeras por los riesgos de un mercado que entró en inestabilidad evidente. Dudas  reforzadas no solo en la estampida de los grandes sino en el más silencioso y terrible golpe que sufren las pymes catalanas, el verdadero nervio de su economía, hasta hoy poderosa dentro de España. La opción secesionista entró en un callejón sin salida y en una suerte de anomia que la lleva contra la pared. Declarar la independencia arrinconaría a esa opción hacia una repulsa sobreviniente y generalizada.

 Germinaría el rechazo incluso en quienes votaron por la eventualidad de una independencia, por ahora en suspenso y probable deriva contra la pared. Estos saben que cuentan con el rechazo de la comunidad europea que no los admitiría y deberían crear una moneda que terminaría precipitando a la debacle una economía ya resentida por los previos y recientes anuncios independentistas, que hasta ayer parecían  irreversibles. Por otro lado, problemas como el terrorismo potencial futuro, que ya tiene trágicos  antecedentes inmediatos en la zona, dejarían más desnuda la presunción de soberanía defendible ante circunstancias que no son locales sino que están por encima de las fronteras del estado catalán germinal. Debe considerarse además, y en esa línea, que entre la población catalana hay unos 700 mil magrebíes y que el llamado Isis o Daesh reivindica el califato de Córdoba, con la inclusión de Cataluña a la que los moros de Almanzor arrasaron hace algo más de mil años.  Son demasiadas debilidades en puerta para un nuevo país en el sur de Europa y sería ahora bueno pensar que es tiempo de afirmar la sensatez, sin olvidar que es difícil constituir una mesa de diálogo cuando un pedazo del Estado promueve la secesión con amenaza y chantaje explícito (aresprensa).   

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Actualizado: viernes 20 octubre 2017 18:34
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