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CENTENARIO DE LA GRAN GUERRA

ACTUALIDAD  //  Publicado el 11 de noviembre de 2018  //  20.00 horas, en Bogotá D.C.

 

CENTENARIO DE LA GRAN GUERRA

 

Por estos días se cumple un siglo del epílogo de la Primera Guerra Mundial, cuando ya no había “novedad en el frente” y Alemania declinaba el seguir la lucha, exhausta como los otros. Aunque había en la liza uno bien fresco: los Estados Unidos, con hombres que acababan de entrar en la contienda y que como país se preparaba para pasar a ser una potencia hegemónica, como en efecto comenzó a ser después de 1945. La nación derrotada, o mejor la cabeza de los derrotados, se había jugado una carta fuerte y perdió la mano con consecuencias desastrosas que se prolongaron hasta su segunda gran derrota en el siglo pasado y con su destrucción definitiva, al menos en lo que hace a la pretensión de disputar hegemonía mundial. No puede hablarse de la primera gran contienda universal sin pensar en la segunda, con la que guarda una relación ineludible, no solo en la línea de los acontecimientos sino en tensiones y crisis geopolíticas, culturales -en términos de metarrelatos nacionales- de equilibrio y desequilibrio de poderes e incluso de maneras de concebir esto último en lo que hace a concepciones de organización social y de gobierno. 

Escribe: Rubén HIDALGO 

Baste para ello con señalar que el fin de la Primera Guerra Mundial marcó también el fin de las monarquías más prestantes del centro de Europa y de Europa oriental. Apenas pudieron mantenerse las sobresalientes de Inglaterra o la española, esta a los tumbos, la holandesa y las de Escandinavia. Estas otras con menor prosapia y peso mundial. De la flor y nata monárquica se fueron los Habsburgo con la disolución del imperio central austrohúngaro, los Hohenzollern de Alemania y los Románov de Rusia. El conjunto de caídos no excluyó al vetusto imperio turco. La monarquía rusa, con más de trescientos años de vigencia -al igual que la familia real de Viena- tenía como agregado que la estirpe del zar se consideraba con derechos divinos. Apareció además y a consecuencia de una guerra perdida por ese extenso país e imperio, el poder de los soviets no solo como resultado de la contienda, sino también como una manera de interpelar la modernidad política que había aparecido en Occidente casi cuatro siglos antes. Una concepción se había afirmado con los estados nacionales surgidos desde la Paz de Westfalia y con el primer ejército profesional y nacional que impuso Carlos XII, en Suecia. 

Esa forma de organización militar, luego tomada como modelo por el resto de los ejércitos europeos, dejó atrás las antiguas facciones feudales reclutadas al boleo, con derecho al saqueo sobre el enemigo y sin mayor preparación ni disciplina, más allá de las razones de servidumbre al señor dueño de lands y condados. El nuevo sistema de organización y leva militar necesitaba ciudadanos y no “gentes” subordinadas a aquel dueño también de vidas, con exclusión además al mercenario. Todo esto es necesario de tener en cuenta para hacer una aproximación a lo que fue esa guerra mundial que dejó más de diez millones de muertos solo entre las tropas, pero que también acabó con civiles y ciudades en una nueva manifestación de lo que se llamaba “guerra integral” -concebida desde los tiempos de Napoleón- pues no excluía a quienes no combatían. Un criterio que se prolongó al segundo gran enfrentamiento del siglo pasado, en los mismos escenarios, y con el masivo bombardeo a las ciudades más allá de los objetivos de interés militar, en sentido estricto.

También esa guerra cuyo, centenario se conmemora, marcó la aparición en pleno de la tecnología para la muerte perfecta y sin escape, que se perfeccionó a niveles de mayor horror y mortandad en el otro tramo de lo que en realidad fue una sola guerra: la primera con las consecuencias que provocaron la segunda. Aparecieron en escena los blindados como recurso nuevo de la caballería, el gas tóxico sobre las trincheras, el avión y el submarino. Esto sin contar con el acrecentamiento del poder de la artillería y de las ametralladoras que barrieron hombres y terreno, aunque la antigüedad de esta arma de infantería, así como también la nave ofensiva bajo superficie, datan de la Guerra de Secesión norteamericana. Los dos mayores exponentes de estos ingenios para ampliar y profundizar el galope de la muerte, fueron el submarino y el gas tóxico. Ambos, creaciones de la química teutona o el adelanto y perfeccionamiento de la ingeniería de ese origen para el caso de los “U-boat”. Ya por entonces la tecnología germana se encontraba en la frontera más avanzada de los adelantos científicos y sus sabios empezaban a acumular la mayor cantidad de premios Nobel por sus hallazgos y adelantos, que siguieron hasta el final de la segunda contienda. 

Es cierto que la aviación de combate apareció en los cielos sobre “pozos de zorro” y ciudades, pero aún aún estos aparatos en vuelo no estaban en condiciones para cambiar los balances estratégicos de la contienda -salvo la fugaz aparición de los dirigibles- como sí pudieron haberlo hecho en favor de Alemania los gases y el submarino. Veinte años después la aviación cambió las condiciones de poder ofensivo para la búsqueda de una victoria definitiva, otra vez en contra de Alemania. Lo concreto es que después de la gran ofensiva de primavera -14 días, entre marzo y abril de 1918- en territorio francés, las fuerzas del káiser ya no podían sostener con posibilidades de éxito más apuestas de ataque masivo para asegurar la victoria. Berlín vio marchar al exilio a su emperador Guillermo II y a los socialdemócratas a Compiègne para proponer la eventualidad de una paz honrosa, que no fue posible. Alemania terminó declinando sus condiciones y aceptando las de los Aliados, sin haber sido vencida en el campo de batalla. Ese escenario incomprensible para muchos alemanes preparó las condiciones futuras y fue el anuncio de lo que vendría. 

El resultado contradictorio de lo ocurrido en la negociación asimétrica con los aliados de Occidente, afirmó la presencia -aleatoria en principio- de los soviets en una Rusia, que ya había sido doblegada por Alemania. Las desdorosas compensaciones exigidas por Francia hundieron en la depresión económica y la miseria a los vencidos. Además agigantaron el resentimiento del pueblo alemán, alentando el espíritu de venganza y en ese caldo apareció Adolfo Hitler, un combatiente austriaco en las trincheras que había quedado afectado por el combate. Todo en la suma quedó listo para la nueva catástrofe que se precipitaría a partir de 1939, en la que el Führer emergente de aquel confuso caldo que dejó la derrota de la Gran Guerra, ahora centenaria, constituiría un breve Reich que también se hundió en el desastre crepuscular de una Alemania que siempre aspiró con retornar a la gloria imperial que no pudo ser. La conmemoración del siglo posterior al cese de hostilidades en el frente que no tenía novedades -porque una baja más en la quieta trinchera no merecía mención en el parte de guerra- deja el sabor agridulce de la presencia de una inconsciencia extendida que amenaza con repetir los desatinos de entonces (aresprensa).  

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Actualizado: lunes 12 noviembre 2018 10:38
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