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CERO TOLERANCIA CON EL TERRORISMO

Publicado el 19 de Enero de 2005/Archivado el 30 de agosto de 2005

CERO TOLERANCIA CON EL TERRORISMO

El enfrentamiento universal con el terrorismo y el desafío armado que éste le plantea a las sociedades organizadas contemporáneas tuvo puntos culminantes en la última mitad del año que acaba de terminar. Puntos que no son los primeros ni serán los últimos en la pugna planetaria que a nadie puede dejar indiferente.

La toma de rehenes en septiembre en una  escuela de Rusia, niños en su mayoría, encontró una ejemplar fortaleza en el gobierno de Moscú que, se supone, no se dejó intimidar por la interpelación atroz del terror. Ello no obstante que el costo en vidas inocentes debe asumirse como un primer  riesgo intolerable y límite para cualquier Estado civilizado. Ese límite intangible es, en efecto, el que los extremistas de distinto sino y signo creen tener derecho, siempre, a violentar y que colocan a su oponente legitimado por consenso social bajo el supuesto ideológico de la “agudización de contradicciones”.

Por estos ámbitos del mundo la extradición a Estados Unidos desde Bogotá del vocero del terrorismo colombiano Ricardo Palmera y la captura en Caracas de otro vocero y operador itinerante de la misma organización marginal a la que pertenece Palmera, señalaron que las situaciones  acaecidas en diciembre obedecen a determinaciones que, en estas circunstancias, dejan de lado las formalidades que el mismo derecho internacional había  construido en cuanto a vigencia de fronteras y ejercicio soberano dentro de las mismas. Esto es un hecho grave por su esencia.

 No debe olvidarse que la caída del delincuente extraditado se produjo en Ecuador luego de una novelesca acción encubierta todavía no aclarada en sus detalles y con celos y fricciones de los aparatos de seguridad de los países comprometidos.

Aunque el envío de Palmera a los tribunales norteamericanos cumple con las formalidades previstas para estos casos ello no cancela lo que parece evidente: existe una decisión implacable de perseguir al extremismo armado y a sus redes periféricas, donde éste se encuentre.

Empero, debe tenerse en cuenta que en las actuales instancias de tendencia globalizante queda debilitado lo local y su juridicidad, incluso su viabilidad, pero estos constructos  no desaparecen así simplemente y aunque vayan  por detrás de lo global no por eso dejan de tener peso e importancia. Luego, la emocionalidad construida alrededor del Estado-nación, sus tradiciones y simbología todavía reacciona cuando se siente asediada por la pretensión universalista.

Sería torpe  ignorar que en los afectos aún tiene más incidencia lo cercano que se considera inviolable,  por ser propio,  que lo planetario de nadie.  Eso a despecho de considerar que si lo jurídico parroquial va con retraso frente al orden que convoca la presunción de universalidad, mucho más demorada camina la sensibilidad colectiva en cuanto a lo que se siente como soberanía inmediata.

Así las cosas, el costo político y de imagen, para hablar sólo del costo mínimo, por una operación encubierta puede ser mayor que su beneficio. En contraposición, debe decirse que perseguir al terrorismo es un mandato mundial y ser tolerante o laxo con el mismo puede mirarse como un reato aldeano de atraso y barbarie, aunque se arrope en una presunta absolución “bolivariana”. 

Por encima de la dimensión e incógnitas que rodean los últimos episodios con punta de arranque en Caracas y final provisorio en Bogotá, pasando por la fronteriza ciudad de Cúcuta, lo cierto es que el cuadro de situación señala , como punto culminante,  que no habrá sitio donde la representatividad del terror se pueda sentir impune. 

ACUMULACIÓN DE PUNTOS CULMINANTES

El punto culminante en la teoría militar es aquél que se produce cuando la acumulación de poder ofensivo llega a su máxima posibilidad y, se supone, que a partir de ese vértice si no se concretan los objetivos que dieron origen al despliegue de la fuerza que conduce al vector motivante, sobreviene el reflujo y luego el colapso.

Eso ocurrió con Alemania en la Primera y Segunda guerras mundiales. Algo parecido, pero no idéntico, sufrieron los Estados Unidos y la Unión Soviética, el primero en Vietnam y los soviéticos en Afganistán. No podía ser idéntica esa  ley de hierro de la enculturación política a  través de la guerra  -que es el punto culminante descrito por Clausevitzporque este paradigma  no se cumple a cabalidad en el escenario complejo de las guerras irregulares, como fueron las que se desarrollaron en el sudeste asiático y la mediterraneidad afgana.

Así entonces, la característica básica de la confrontación irregular parece ser la acumulación permanente de puntos culminantes hasta la disolución por implosión de uno de los polos del conflicto. Es allí  donde reside el segundo riesgo límite para el Estado que confronte al terrorismo.

En ese marco, los paradigmas tradicionales que Occidente construyó tanto para el ordenamiento social como para el enfrentamiento entre adversarios aparecen con validez esquiva en la cadena de acciones de la actual pugnacidad global. Vale recordar a algunos de los elementos que constituyen los principios humanistas de occidente: respeto a la vida, libertad, democracia, debido proceso, tolerancia hacia lo diverso. En síntesis,  los derechos humanos. 

UNA TRAMPA ELUDIBLE 

El terrorismo necesita sumar atrocidades más allá de cualquier valla racional y en forma continua porque su búsqueda de victoria estratégica no está dirigida al simple reordenamiento y aceptación de las condiciones que pretende imponerle a las sociedades que impugna. Esa pretendida victoria apunta al aniquilamiento a través de la destrucción integral de las escalas de valores racionales de la civilización a la que pertenecemos. En esas escalas se incluyen  los elementos señalados renglones arriba. 

Las formas actuales de terrorismo son una forma de rebelión contra todo lo construido por la Razón, como lo fue en su momento la parábola del nacionalsocialismo en Alemania o la de Pol-Pot en Camboya.

En esa gaseosa línea imaginaria del traspaso de los límites se encuentra el segundo riesgo –y la trampa- que la barbarie del terror le pone a su adversario. Trampa que opera bajo otro supuesto ideológico, para el caso, tan perverso como el primero: la combinación de todas la formas de lucha. Un Estado moderno y democrático no puede quedar envuelto en el tembladeral de la acumulación de puntos culminantes a través de acciones colaterales parecidas a las que utiliza de manera vesánica la ilegitimidad que combate.

El acotamiento de la libre circulación de un operador terrorista entre Caracas  y Cúcuta para ponerlo “en situación de captura” tiene todos los ingredientes de la ficción que, basada en ciertas realidades extremas del trato implícito entre países, ha alimentado al cine y a la literatura de la última centuria. Las acciones encubiertas en las que un sospechoso o culpable desaparece de un territorio y aparece en otro tiene gruesos antecedentes, no por ello menos condenables cualquiera que sea la peligrosidad del reo.

 Ése es el punto medular de la trampa para la autoridad legítima porque el método y la justificación de la acción no pueden apoyarse en una pragmática pedrera, también muy cercana a la torpeza, cuando el conjunto es disolvente de los valores que se defienden y sustentan a la autoridad. El principio de autoridad en democracia y modernidad es un principio moral. Es así antes del principio jurídico y mucho antes de cualquier hermenéutica sesgada sobre el principio jurídico.

El estado de derecho no puede enredarse saltando la estructura valorativa que le da esencia y existencia, ese mismo sistema axiológico que el terror pretende derrumbar.

Desde la posguerra, a fines de lo años 40, son varios los casos que puede citarse para indicar que existen límites insalvables que no pueden supeditarse siquiera al ideal más noble. El más sonado en el último medio siglo es el de Adolf Eichmann, atrapado por agentes israelíes en la Argentina de los años 60. La importancia y necesidad de condenar a un criminal de guerra no podía absolver al estado de Israel por un secuestro en las calles de Buenos Aires. Ése fue el comienzo de una cadena de autodescalificaciones históricas que siguen a los israelíes en su milenaria y justa lucha  por un territorio y su supervivencia como pueblo. 

El acudir a métodos heterodoxos de represión terminó de descalificar a Francia en su guerra colonialista en Argelia y fue un aporte expedito para su derrota final. En tiempos recientes acudieron a esos métodos las administraciones castrenses del Cono sur e incluso los Estados Unidos en su combate al narcotráfico y, se los ha señalado, también en Oriente. En el sur americano  los responsables de la represión encubierta aún hoy siguen pagando el precio histórico de los  límites  que se cruzaron sin medir las consecuencias.

NOCHE Y NIEBLA

No hemos apelado a la relación anterior de manera aleatoria. Tiene intención comparativa. El terror ejercido durante largos años contra la sociedad colombiana por los irregulares armados tiene paralelos con el practicado como política por el Reich contra sus opositores: campos de concentración, desprecio por la vida y la libertad (en especial la ajena), cinismo autojustificatorio  y, sobre todo, noche y niebla sobre sus secuestrados. Éstos no tienen derecho a saber el porqué de su cautiverio, las familias no tienen derecho a saber del destino de sus cautivos y nadie sabe cuál será el corolario del martirio del que no se descarta la muerte -como ocurre con frecuencia- perpetrada por los mismos secuestradores.

Hoy más de tres mil colombianos (las cifras se toman por los mínimos) e incontables extranjeros padecen la estrategia de exterminio y sojuzgamiento que ejercen las bandas armadas, conducidas por señores de la guerra no, como creen algunos, por románticos guerreros  poseedores de un metarrelato libertario.

Pol-Pot estaría satisfecho de las llamadas lecciones revolucionarias que brindan en montañas, llanos y  selvas los abanderados del terror colombiano.

Es bueno recordar que en 1941 Wilhelm Keitel, comandante supremo de la   Wehrmacht, emitió la orden Nacht und Nebel (precisamente,” noche y niebla”) que exigía a sus subordinados un tratamiento de los prisioneros muy parecido al que hoy practican los propietarios de las acciones de terror contra civiles y militares en el país cafetero.

 Pero este paralelo tiene diferencias a favor de los alemanes de entonces:el nacionalsocialismo no tuvo campos de concentración en el trópico ni estuvo comprometido con el tráfico de narcóticos.

Por todo lo anterior, la legitimidad de un Estado democrático no puede desintegrarse adoptando la racionalidad contra natura de acudir a todas las formas de lucha. Eso lo invalidaría para exigir, como debe ser, cero tolerancia con el terrorismo .

Un Estado que aspire a ser reconocido por todos con base en la transparencia de su juego dentro del derecho no puede privatizar sus operaciones encubiertas puesto que ya se sabe lo que ocurre cuando se privatiza la justicia y la represión al terror: se auspicia  otra forma de terror y se crea un golem*  que termina volviéndose contra quienes lo propiciaron. Colombia tiene una ruda experiencia histórica al respecto, la cual aún no concluye aunque se encuentre en etapa de pacificación. Las amenazas, intimidación y asesinato reciente de periodistas demuestran que el golem sigue suelto.

NEUTRALIDAD Y COMPLICIDAD

La relación previa en blanco y negro tiene sus matices. Es claro que en su época Israel no podía tener confianza en sectores argentinos del poder  para la entrega “sobre la mesa” de los criminales de guerra. Ese mismo país había propiciado en su momento el amparo y protección de quienes habían huido de Europa después de la caída de Berlín. Cabe entonces preguntarse si es posible que cualquier Estado tenga confianza en los sectores integrantes del actual poder venezolano para la entrega sin cortapisas, también “sobre la mesa”, de un terrorista internacional.

Venezuela enuncia neutralidad frente al conflicto interno de Colombia y esa neutralidad es, en sus mínimos, sospechosa y en sus máximos tiene parcialidad con un beneficiario específico. Después del mandato de Naciones Unidas sobre persecución integral al terrorismo toda neutralidad es una forma de complicidad. 

El hombre sometido en Caracas no tenía la importancia que se le ha asignado oficialmente. Pero no se  ha advertido que la trascendencia por la forma en que se produjo su apresamiento la dio en su momento la tenebrosa organización de la que es miembro. El alma de aquella denuncia fue en realidad una queja que los irregulares le planteaban a un dirigente de primera línea que, en orden descendente, ellos parecen considerar como un  amigo, o un  aliado, o un compañero de ruta e, incluso, para desarchivar el lenguaje estalinista podría ocurrir que los marginales armados lo miren como idiota útil. Dado que se reconoce la criolla astucia y malicia del presidente Hugo Chávez, es difícil suponer que estas bandas lo consideren en ese último nivel. 

Por su lado,  la vehemencia puesta por los voceros del gobierno venezolano en sus criterios sobre la operación para atrapar al sujeto finalmente capturado, pareció por momentos ser más bien una respuesta de temperancia y justificación  hacia quienes podrían ser considerados, en orden ascendente, como unos compañeros de ruta, o unos aliados, o unos amigos siempre bienvenidos en el territorio que administra la autoridad constitucional.

FISURAS POSIBLES 

Las equivalencias indicadas no son gratuitas: hubo coincidencias de lenguaje para calificar a los uniformados venezolanos que, se insiste, participaron de una operación colateral.  Tanto funcionarios del gobierno de Caracas como expresiones vertidas por los irregulares hablan de  un secuestro realizado por “antipatriotas”.

 Esto debe llamar la atención no tanto por el contenido de los términos sino por el  hecho de que podría haber fisuras, pago mediante o sin él,  en las instituciones armadas venezolanas. Algo que se consideraba remoto luego de las purgas efectuadas en las filas, después los sucesos de abril de 2002.

No obstante, es lúcido pensar que hombres que llevan con honor el uniforme de su país, tarde o temprano, deberían sentirse disminuidos si se les ordenase crear cordones de protección alrededor de criminales con rango internacional.

Otro aspecto para poner de relieve dentro de los matices, también en la cadena de argumentos hechos públicos desde Caracas, es la reiterada avalancha de veladas amenazas contra Pedro Carmona. La acusación de “golpista” a un destacado opositor del régimen,  hoy por fuera de Venezuela y al margen de la pugnacidad política interna, produce la misma sensación revulsiva que generan las FARC hablando de secuestros. Pero, claro está, todo es posible en la racionalidad a contrapelo del cinismo autojustificatorio.

 El folclórico aunque también peligroso dislate se prolonga en pretender parangonar la situación de Carmona con un representante internacional del crimen organizado. Uno es un contradictor político reconocido que en la actualidad no puede responder los ataques, el otro en cambio es  un terrorista raso aprehendido en pleno trabajo ofensivo.

En todo caso, el profesor universitario y analista económico Pedro Carmona es ciudadano de un país que en un cruce crítico de su historia lo encontró como protagonista de una extensa movilización civil con un cierto apoyo militar –no al revés- que en lo vinculado con el ingrediente civil  persiste así sea en forma menos notoria y que  reúne todavía a no menos de un cincuenta por ciento de la población de ese país.

Algo muy diferente a lo que fue el bautismo público en política del comandante** Chávez, quien con mando de tropa tomó las armas que le confió la Nación con alguna  simpatía civil –no al revés- para dirigirlas contra militares y civiles en operaciones de bombardeo y ametrallamiento sobre varios puntos de la geografía venezolana, dejando detrás del “putsch”, como no podía ser de otra manera, una estela de víctimas. El seso político de las altisonantes voces que se escuchan desde Caracasno debería pasar por alto que la memoria colectiva normalmente llega hasta el inicio de los años 90. 

Pedro Carmona está amparado por una legislación internacional que se nutre en una tradición originada en lo más antiguo del derecho de gentes. Las amenazas indirectas vertidas desde Caracas, así sean el producto reiterado de una persistente termocefalia de origen tropical, deben alertar sobre cualquier sombra contra la seguridad o integridad personal del académico puesto que esa eventualidad, desde la oralidad,   ya tiene responsables autorreferidos.

 Esto porque, sobre todo en la ilegalidad, hay presuntos seguidores del llamado ideario “bolivariano” que  podrían tomar las amenazas en interlíneas de los dirigentes venezolanos como una convocatoria a la acción directa, para decirlo en la terminología del extremismo ácrata .

La tolerancia hacia la diferencia -el juego entre sectores  políticos tradicionales y la izquierda democrática, por ejemplo- es una pieza maestra de los valores elaborados por la civilización de occidente. En ella se sintetiza toda posibilidad de enriquecimiento y construcción permanente de lo social. Suponer lo contrario sería perverso.

Pero esa instancia, siempre abierta para que la dialéctica democrática sea viable,  debe cerrarse cuando la diferencia se convierte en fundamentalismo político acompañado de violencia armada: vale decir, terror. Ante el terror cero tolerancia (aresprensa.com).

EL EDITOR

 

* Figura arquetípica de las leyendas mágicas hebreas de cuya simbología derivó el “frankenstein” de la cinematografía de terror. Véase el poema homónimo de Jorge Luis Borges.

** Se le llama comandante coloquialmente y en el interior de los cuarteles,  en varios países de América del sur,  a quienes ostentan el rango de teniente coronel o coronel, siguiendo la tradición militar española.

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