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CHÍA: VIVENCIAS EN LIBRO

Publicado el 13 de julio de 2017 / 16.51 horas, en Bogotá D.C.

CHÍA: VIVENCIAS EN LIBRO

La pequeña villa que perdió hace al menos tres décadas su tranquila vida provinciana, tan cerca y tan lejos de Bogotá, se ha convertido hoy en casi una suerte de espacio urbano satélite y extendido de la capital colombiana. Es el sitio de nacimiento de Guillermo Cubillos, aquel que quedó inmortalizado en la canción “La Piragua. En la actualidad comparte los vestigios de las leyendas indígenas que la hicieron famosa y que, con el tiempo, también la convirtieron en dormitorio de muchas familias que durante el día cumplen labores en la metrópoli colombiana. Allí, en las últimas décadas se asentaron artistas, altos funcionarios del Estado, centros educativos y comerciales. Todos ellos la transformaron y en apariencia le arrancaron parte de sus tradiciones. Es de esas tradiciones, no todas olvidadas, que trata el libro de Guillermo López Villabón, un poblador nativo de Chía que vivió parte de las historias que quedaron reflejadas en su trabajo. El autor, en entrevista con Ares, manifestó como una de las curiosidades de lo que alguna vez fue un pueblo más de la sabana, que allí en Chía fue donde se celebró la primera semana santa de la región, apenas llegados los colonizadores españoles. Los barbados invasores se estacionaron en  Chía durante casi un año antes de avanzar sobre el espacio en el que después sería fundada Bogotá, unos 30 kilómetros hacia el sur.

Entrevista: Martha Liliana ROMERO

No todos comparten el criterio de  las bondades en lo que hace  a la relativa modernización de esta vieja villa que se convirtió en ciudad orbital y siente la fuerte amenaza de ser absorbida por la metrópoli capitalina, tal como en algún momento de la historia reciente lo fueron Usaquén, Fontibón o Soacha, hoy por hoy barrios grandes de la gran urbe. Un hombre que mira con reserva la  rápida transformación de su natal Chía es Guillermo López Villabón y su esfuerzo literario está dirigido a dejar memoria de lo que fue y está en proceso de pérdida o en fuerte retroceso. ¿Es ese el objetivo de esta obra?

  • Soy raizal de Chía y tengo memorias y recuerdos desde los primeros años de la pasada década de los 50 -asevera el escritor- por eso soy testigo del cambio ocurrido en ese lapso. Me di cuenta con mucha nostalgia que mi pueblo querido fue perdiendo su riqueza cultural por la influencia de la gran ciudad. Mi generación es el puente entre el campesino tradicional que habitó Chía y los ciudadanos que llegaron para convertirla en la ciudad que es hoy. Me picó la idea de que si no escribía lo que vi y viví en esa transformación se perdería de manera definitiva aquello que fue y hoy no se advierte. Hice un inventario no necesariamente cronológico de recuerdos, estampas y vivencias que comencé convertir en páginas a partir de 2007.  

El fruto es un libro voluminoso que se elaboró durante más de  7 años, con muchas de sus noches, que incluyeron algunas navidades y celebraciones familiares, según lo señala el mismo autor de la obra.  Son 690 páginas con 180 fotografías -la mayoría antiguas- como síntesis amplia de largas horas en las bibliotecas oficiales y privadas, además de 140 entrevistas a personas nativas de la población con muchos años sobre la espalda. Ellos abrieron su memoria para que el autor, que se considera un relator y no un escritor, pudiera completar lo que él llama “su crónica” y precisa aún más cuando la señala como una “historia espontánea”. La evocación personal no es suficiente para dar cuerpo a un trabajo como este, ¿cuál es la importancia de Chía, más  allá del interés propio de un nativo?

  • Chía ya existía a la llegada de los españoles -describe López- y el fundador de Bogotá, Gonzalo Jiménez de Quesada, se asentó un año aquí, cuando llegó desde la costa Caribe, antes de recorrer los 30 kilómetros que lo separaban del punto donde se fundaría la  ciudad que es hoy capital de Colombia. Este lugar fue el centro ceremonial más  importante de la región pues estaba el templo a la luna y era el centro de formación e iniciación religiosa de quien sería el zipa -jefe tribal- de la zona.Fue un sitio sagrado y de importancia política, de la misma manera como en Sogamoso quedaba el templo del Sol. Entonces, estos eran los dos principales núcleos de convergencia ritual de los nativos chibchas en todo el altiplano que desciende hacia Fusa desde el Tequendama para el sur y llega hasta el norte de lo que hoy es Boyacá: la región de Sogamoso.

Es en Chía donde existe un “resguardo” para quienes se autodefinen como descendientes de la población ancestral, hoy mezclada por varias generaciones de mestizaje pero que al menos pretende mantener lo que se supone es un acervo cultural. Es bueno traer a colación que la vigencia de los resguardos indígenas en este caso los de Chía no fue un objetivo fácil de alcanzar. Hubo en la previa una fuerte disputa jurídica que se resolvió recién en el año 2013. En 1911 la decisión política del estado colombiano resolvió liquidar la institución de los resguardos que regía desde tiempos coloniales. La constante exigencia de respeto a la diversidad cultural que quedó protegida por la nueva constitución de 1991 alumbró para los descendientes de los pueblos ancestrales que poblaron el espacio territorial sagrado de  Chía, recién en la segunda década del siglo XXI. En ese lapso de más de una centuria existió la “comunidad”, pero sin sombrilla jurídica. ¿Cuál es la diferencia y eso en qué cambia la vida de los herederos de los pueblos originarios de esta zona?

  • El resguardo es nada menos que el reconocimiento del Estado al derecho de existencia de estas comunidades -detalla el autor- sobre una tierra que no puede comprarse o venderse, hipotecarse o someterse a algún tipo de transacción con interés económico. Allí las comunidades no son un simple hecho sociológico sino que son propietarias de esa tierra en comunidad que cubre unas 120 hectáreas en las veredas Fonquetá y Cerca de Piedra, al occidente de Chía sobre la cordillera de Los Monos.

Si el propósito de López Villabón es trazar el tránsito entre lo que fue y lo que es hoy por hoy el devenir cultural de Chía,  entonces la existencia de los resguardos tiene una gran importancia, tal como la tiene su libro en circulación porque una de las puntas de ese puente es la presencia indígena. En especial cuando queda claro que Chía fue un sitio sacro para los habitantes ancestrales, como también lo fue Sogamoso, y que estaba bien poblado cuando lo que ahora es Bogotá tan solo era monte raso. ¿La existencia del resguardo permite la vigencia de lo que fue?

  • Quienes habitan hoy el resguardo son los auténticos depositarios de toda esa tradición ancestral -afirma López- y es una población que aunque ya tiene diferentes miradas y actividad económica, se preocupa por mantener la tradición y las ceremonias de sus antepasados y de lo que heredaron. Eso lo transmiten a las nuevas generaciones. Allí está la riqueza histórica y costumbrista de nuestros antepasados.

Pero el cuestionamiento más razonable a la vigencia de este tipo de cobertura jurídica y cultural que significan los resguardos como los que se han implantado de manera permanente en Chía lleva a la pregunta de causa: ¿quienes  habitan esos resguardos son en verdad indígenas en sentido pleno?

  • Allí viven personas que heredaron el predio de sus mayores, tíos, abuelos, bisabuelos y hacia atrás en el tiempo -describe el autor de “Chía...*- fue un legado de tierras de  quienes tuvieron por sangre un patrimonio encadenado a los orígenes, que es lo que conservan. El resto de quienes habitamos esta zona tenemos distintos orígenes y la mayoría llegó de diferentes zonas del país, en cambio ellos son de un origen cerrado y verificable, que se puede encontrar en la tradición de lo que fue Chía y que ya es difícil de identificar a simple vista (aresprensa).

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El conjunto entre título y subtítulo de la obra es extenso: “Estampas históricas  de la ciudad de la luna - Chía: su gente, sus tradiciones y condiciones de vida en la segunda mitad del siglo XX

 

 

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Actualizado: domingo 30 julio 2017 20:18
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