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COLOMBIA: GRIETA Y APRENSIÓN

Publicado el 09 de marzo de 2018 // 14.50 horas, en Bogotá D.C.

Doxa *

COLOMBIA: GRIETA Y APRENSIÓN

Muy confuso se ha presentado el panorama colombiano en lo que va corrido del año y en lo que hace a determinar el perfil de la puja entre eventuales candidatos para reemplazar a la compleja y delicada saga que definió y deja como legado el presidente Juan Manuel Santos. La polarización de la opinión del país se convirtió en una grieta evidente que es parte de la herencia y también un termómetro de lo que vive en concreto el país cafetero. Un paso que será definitorio de lo que ocurra en el inmediato futuro y en el horizonte posterior de un punto de América del Sur que ahora aparece como estratégico para la región. Esto por lo que se juega en cuanto a modelo de país en diferentes estados vecinos y que preocupan al sur del continente y más allá. El horizonte del año electoral dejará en claro en el inminente primer paso de este marzo 11, la composición del nuevo poder legislativo,  y al menos dos candidaturas presidenciales opuestas en discurso político e ideológico, que se sumarán a las otras tres ya definidas. También dará claridad sobre la verdadera fortaleza de las fuerzas en disputa y algunas nominaciones para la vicepresidencia.     

Lo cierto es que las pujas de egos y el balance de las eventuales coaliciones le tienden más velos que claridad al cuadro de situación, el cual es también delicado por las aprensiones que genera el carácter transitivo de la cercana e impactante situación de Venezuela y el mismo cinismo transitivo de las autoridades del vecino país. De ellos y de quienes los respaldan en Colombia, quienes consideran “democrático” el trágico proceso social que se vive ahí nomás, al lado. La integración social y política de quienes acaban de dejar el camino de las armas para hacer discursos y propuestas es uno de los revulsivos que le echa sal a la grieta social y de criterios, que puesta así de manera descarnada -valga  la ironía- pareciera ser más mal que bien una herida que se resiste al cierre. La resistencia tiene múltiples motivaciones, pero en la síntesis es la sensación de una cierta sin salida y de fortaleza de aquel cinismo tan implícito como explícito de quienes acaban de llegar al ejercicio ciudadano y político pleno, apenas desarmados.

Pero eso no es lo único y los fanatismos reaparecieron en el marco de la pugnacidad por los problemas crónicos  del país y los agregados recientes. El gobierno tiene mucha  responsabilidad en lo que ocurre en víspera de estas elecciones legislativas al haber discriminado a los colombianos, durante los años de negociación con una parte -la más importante- de la subversión, entre amigos y “enemigos” de la paz. Cuando una política perversa y de tamaña magnitud como la señalada, se multiplica a conciencia y busca  estigmatizar de manera tan plena, se deja de cumplir la misión del Estado que es básica en el sentido de mantener en consenso puntual al conjunto social en torno a los grandes objetivos del país. Esa responsabilidad histórica y grave que se malogró le cupo a la administración del señor Santos. Ahora ya es tarde para la enmienda y nunca fue  ese el propósito, al tiempo que la actitud de la Casa de Nariño ahora parece más laxa que nunca en el dejar hacer de los temperamentos pugnaces y, ya a esta altura del partido, pareciera que además se deja hacer para que sea la historia la que juzgue.

El calor de la pugnacidad y de discursos que poco dicen  sobre lo que viene en lo que hace al rumbo próximo, se ha desplazado a los operadores anónimos trayendo al presente los cuadros negros del pasado reciente, esos que dicen de la violencia irraccional que sepulta la posibilidad de anteponer las ideas  y los argumentos en la pugna partidista. Los ataques a uno de los candidatos a la presidencia en plaza pública y sin que importe su signo ideológico, es inadmisible si en verdad se pretende encauzar proyectos que afirmen políticas  de normalización del país y de su sociedad, azotada de manera sempiterna por el conflicto y la exclusión casi desde su nacimiento como nación. Al tiempo, no parece que la pugna por alcanzar escaños en el poder legislativo atenúe las viejas mañas contra la democracia de una clase política imperial y feudal, atravesada por la corrupción visceral que mata sobre todo en las regiones, ni se revierta la tendencia disolvente del juego propio de las democracias, que le quita credibilidad al añejo modelo y refuerza el riesgo de que los espejos rotos del entorno se reproduzcan en Colombia.

La burla, además de la impugnación que abanderó el actual gobierno ante sus contradictores, dejan un pésimo sabor que golpea la credibilidad de instituciones ya de por sí autovulneradas, como es el caso de la justicia y, en general, casi todo el sistema. La crispación por las concesiones hechas a los violentos de ayer quienes, en la práctica, obtuvieron sobre la mesa la victoria que no podían ni podrían alcanzar por las armas cuando ya su voluntad de lucha impugnadora del estado de derecho había sido doblegada por la armas legítimas de la nación, dejaron una severa frustración en una buena parte de la población. Al menos en la mitad de los colombianos, dejando como resultado la idea firme de que la sangre derramada de sus soldados sí había sido negociada, en paráfrasis de una expresión que los impugnadores hirsutos de la ley siempre enarbolan para los propios. Eso y la misma expresión de la “paz” a alcanzar luego de la firma de los acuerdos, aparece como una befa a un pueblo al que  alguien supone que se le puede tomar del pelo con facilidad.

Porque aquello no era la mentada “paz” como puede apreciarse en lo que sigue ocurriendo en calles y ciudades colombianas, sino el desarme y desmovilización de unos cuantos -bastantes-  como para se reduzca el número de víctimas mortales del enfrentamiento recurrente, pero no era la paz como esperanza deseada. Después, la impunidad de los criminales de guerra y su pase directo a la participación en política han hecho el resto para conformar una cierta desesperanza sobre lo bueno de la democracia. Es cierto que el cuadro precedente se refuerza por el hecho de que, en la hora actual en el mundo, hay un cierto desencanto con los valores por los que apostaron tantas generaciones en Occidente, pero eso no significa que esos valores estén agotados y que los defectos de la democracia se puedan remediar anulándola, como pretenden y siempre pretendieron los déspotas. El viejo proverbio refuerza aquello de que para una mala democracia nada mejor que “más democracia” (aresprensa).

Marzo 09 de 2018

EL EDITOR  

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La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES
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VÍNCULO DIRECTOINSENSATEZ CATALANA 
Actualizado: viernes 09 marzo 2018 14:17
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