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COREA: ¿CERCANÍA DE UNA PAZ CREÍBLE?

Publicado el 12 de junio de 2018 // 21. 30 horas, en Boggotá D.C 

COREA: ¿CERCANÍA DE UNA PAZ CREÍBLE?

El encuentro entre el presidente Donald Trump y el autócrata norcoreano Kim Jong-un, le  brinda al mundo a boca de jarro un aire de tranquilidad inmediata y de distensión relativa alrededor de uno  de los varios epicentros mundiales de alta tensión y riesgo de confrontación generalizada.  Pero, en el largo plazo, lo ocurrido en Singapur siembra más dudas que certezas sobre el futuro y el rumbo de lo que ocurra entre los dos aún contendientes de la guerra de los años 50 del siglo pasado y, sobre todo, del nuevo papel que jugarían aliados históricos, como el Japón, por mencionar sólo a uno de ellos. Por lo pronto, Trump muestra una desconocida flexibilidad y espíritu de acercamiento para trocar el insulto por el llamado a las buenas costumbres, y su oponente lo mismo. Eso puede ser demostrativo de un énfasis en la tradicional visión pragmática de los norteamericanos o el desprecio del mandatario por  las políticas de estado que llevaron adelante quienes lo precedieron y por la institucionalidad que se debe mantener en lo que hace a las relaciones exteriores. Esto, por ahora, con más carga de lo segundo que del peso de una mentalidad propia de la visión moderna, como lo es eso del pragmatismo. Del otro interlocutor bien puede pensarse que no podía desaprovechar la oportunidad que se le abría, que roza lo pragmático pero no cambia una dura mentalidad resistente a cambios y adaptaciones a aquello que se considera opuesto en términos diametrales.

Escribe: Rubén HIDALGO

El rechazo que ha mostrado Trump por el legado de su predecesor y en especial por las alianzas históricas de los Estados Unidos aún no se hace evidente en las consecuencias que serán de largo plazo. Pero llegarán. Por ahora, son mayoría quienes se rogodean con lo visto en  el despliegue mediático de la reunión de Singapur y de lo que se supone que es la agenda de Washington, confrontada con las necesidades de Pyongyang. En lo inmediato, ninguno de los dos adversarios sentados por primera vez frente a frente y con aparente actitud de apaciguamiento, tienen razones para confiar en el otro. El abordar los problemas estratégicos y los riesgos que tienen sus posiciones, con la historia que va atada a ese cuadro y la capacidad de uno y otro para patear el tablero cuando deciden hacer temblar al mundo, bien podría generar una proyección sombría: es poco lo que se puede esperar de las conversaciones aunque esa reunión es algo frente a la nada que hubo durante más de medio siglo y a la nada que se prolongaba después de los últimos meses de amenazas, acumuladas a los largos años de amenazas mutuas.  

Si Estados Unidos piensa que es poco lo construido desde el final de la Guerra de Corea que sostuvo el abuelo del actual mandatario norcoreano con los Estados Unidos y sus aliados, estos en representación de las para entonces flamantes Naciones Unidas, es poco firme la hipótesis de que vienen mejores épocas. Ni siquiera el reciente encuentro entre los líderes de las coreas dice algo en lo que podría ocurrir en el futuro, más allá de las declaraciones grandilocuentes y el buen manejo de cámaras, con el correspondiente despliegue de propaganda de los estados comprometidos. Si se miran los manejos que la actual administración de Estados Unidos le ha dado a sus compromisos geopolíticos históricos, que parecían firmes, también es poco lo que se puede esperar. Los Estados Unidos acaban de desconocer el acuerdo nuclear con Irán y ha dejado colgados de la brocha al respecto, a los aliados europeos  que también refrendaban con sus miedos por el pellejo propio, ese  pacto difícil pero válido con la nación persa que ahora tiene sus manos libres para articular lo necesario que lo lleve a terminar de construir su arsenal nuclear.

Si Kim Jong-un mira lo que ocurrió con Muamar el Kadafi, sabe también que es poco lo que puede esperar de acuerdos sobre armas tanto con europeos como con norteamericanos. De tal manera, que él también desconfiaría de cumplir con convenios  que contengan la promesa de que su régimen será respetado, incluso si se afirmasen las primeras señales de que estaría dispuesto a desmontar su programa de su capacidad de destrucción masiva. Luego, y en el plano de los supuestos, ¿qué podrían pensar un aliado incondicional como Japón si un acuerdo eventual entre los conversadores, dejase a la nación nipona expuesta, de la misma manera como quedan expuestos los europeos frente a los iraníes?; y esto podría  ocurrir si los norcoreanos aceptan declinar la construcción de misiles de largo alcance, pero decide mantener sus vectores  de mediana trayectoria para asegurar su “defensa”. Estas armas de segundo rango mantendrían el  riesgo sobre los cielos de Corea del Sur, Japón y Filipinas, por señalar sólo a tres  aliados asiáticos  de los Estados Unidos.   

En eso del irrespeto a los aliados históricos, ya Donald Trump ha puesto en evidencia  un dilatado  muestrario. El último en el reciente encuentro de Canadá, de  donde salió dando un portazo en la nariz al primer ministro Justin Trudeau, por aquello de la ruptura del acuerdo de libre comercio en el norte del continente, y los aranceles sobre metales procesados, algo que también afecta y de manera grave a los mexicanos. En esa extensa relación de evidencias en un sitio y otro del mundo, la gestión de Trump y sus humores ácidos se asemeja a las escopetas que se disparan dispersando unos perdigones, que terminan afectando a los siempre invitados a las mejores mesas. Aparecen puntos de equivalencia en lo que hace al cuadro descrito y lo que podría sobrevenirle a su contertulio de Singapur. Norcorea es reconocida no solo por su aislamiento persistente, con tubo de oxígeno siempre conectado sobre todo a China y en alguna medida a Rusia, sino además porque en general también incumple los escasos acuerdos a los que llega con sus oponentes. “Es una aventura el poder anudar acuerdos con ellos y cuando se alcanzan, que luego los cumplan”, ha dicho palabra más palabra menos el diplomático Bill Richardson, experto en la negociación con los norcoreanos.  

En sumatoria, los  bandazos y giros copernicanos de la voluntad política de Trump hacia el mundo, dejan pocas ventanas abiertas al optimismo. Hace apenas un año se discernía en las altas esferas de Washington sobre la opción militar para Corea del Norte. En los meses previos al 2018 y en el inicio del nuevo año entre el vuelo de misiles y pruebas nucleares, Kim se vanagloriaba de la capacidad de alcanzar con su arsenal el territorio de los Estados Unidos, de manera específica a la isla de Guam, que fue hasta hace algo más de una centuria territorio español de ultramar. Hoy, la situación es lo opuesto, pero nada asegura de que ese virar el rumbo en “avance retrógrado”, como novísimo enfoque, se mantenga. En particular, porque lo que aparece a la vista como cambio estratégico diferente al de la confrontación, si se cristalizase, debe convocar en convergencia a otros interlocutores comprometidos con las consecuencias eventuales en la aventura nuclear de máximo riesgo que envuelve a esa zona del Asia. En esa mesa hipotética que debería conformarse hacia el futuro inmediato para asegurar eventuales pactos a cumplir, no podrían estar ausentes Rusia, China, Japón y Corea del Sur. Eso al menos (aresprensa).

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Actualizado: martes 12 junio 2018 21:45
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