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CRÍMENES SAUDÍES

ACTUALIDAD // DOXA  //  Publicado el 12 de noviembre de 2018  //  13.20 horas, en Bogotá D. C. 

 

CRÍMENES SAUDÍES *

 

La potencia repotenciada de los árabes saudíes opera con toda la capacidad que tienen en una región con llamas sobre varios puntos, y siempre a punto de explotar de manera generalizada. Arabia Saudí lo hace no desde ahora, desde hace mucho tiempo en conflagración focal, pero ahora más, con intervención y apoyo de los países hegemónicos, como siempre ha sido desde los inicios del siglo XX. Incluso con total desparpajo y fortalecida por la impunidad que le otorgan sus protectores de la hora, desde la primera hora: Occidente y en especial los Estados Unidos. La última perla negra de los saudíes fue el asesinato de un periodista disidente y exiliado en el interior del consulado en Estambul. Lo hicieron en conciencia de que más allá de la protesta simbólica internacional de algunos gobiernos y gremios profesionales que luchan por la libre expresión, nadie haría algo contundente contra los asesinos. Tampoco alguien podría poner en contra un freno al ímpetu criminal de las autoridades saudíes, que pasarían de relativo agache frente a las acusaciones y esquivando responsabilidades, innegables a simple vista por lo protuberante de la voluntad criminal del estado árabe. Si el argumento de disculpa reitera que la muerte de Jamal Khashoggi ha sido un exceso de un agente de inteligencia fuera de control, también debe repetirse que eso no solo resulta increíble sino que es además repugnante. 

Fue un crimen de estado, uno más en la ya larga serie de este régimen monárquico y fundamentalista, amparado por las fuentes petroleras bajo explotación de aquellos que defienden en otras partes del mundo la libertad y los derechos humanos. Si de algo se acusó a la Alemania nacionasocialista desde siempre y hasta ahora fue por su capacidad de desprecio a la vida en aras de un metarrelato mesiánico que negaba incluso hasta a la existencia de aquellos que no coincidían con sus puntos de vista y quedaban a merced de la eliminación física “justificada”. La muerte extendida quedaba legitimada para quienes eran considerados inferiores o incorrectos en lo político. El tema de los derechos humanos fue una respuesta de la civilización que surgió de la Modernidad para señalar que el fanatismo tenía límites y eso del derecho a la vida era uno de ellos. Es cierto que el propio Occidente no siempre ha sido respetuoso de ese derecho y a veces el enunciado sirvió y sirve para propósitos infames en contra de esos otros, pero al menos es un argumento que puede emplearse para señalar y condenar a quienes discriminan y violan tales derechos. 

No obstante, poco se ha avanzado en los hechos si se considera que los saudíes cuentan con aquella barrera protectora de los intereses petroleros y que pueden moldear a favor y en contra de alguien el fanatismo criminal de una parte del Islam, en contravía con los intereses que defiende el mundo moderno. Además, la circunstancia irritante de que los Estados Unidos no adhieran a los tribunales internacionales de justicia y mantengan por fuera de tribunales locales extranjeros a los soldados que van en contra de las leyes y derechos en el país donde se encuentren, es una evidencia de lo señalado. Los principales aliados de la feudal monarquía saudí son el botón de muestra de esa contradicción intolerable e infame. La muerte del periodista Jamal Khashoggui es una evidencia agregada y una síntesis tan dramática como siniestra de lo referido. Se ha cumplido un mes largo desde el momento en que este hombre de prensa ingresó en el consulado saudí para no regresar. Ya se sabe que fue muerto con sevicia por esbirros del régimen árabe, casi en el mismo momento en que ingresó en la legación diplomática, para ser luego y de inmediato descuartizado. Fue una muerte ritual, si se quiere mirar desde esa perspectiva, y una prueba de barbarie, así como señal de escarmiento. 

Poco puede esperarse en contrario de las autoridades de un país en que la ideología originaria del Islam intolerante tiene uno de sus principales motores. Arabia Saudita ha sostenido con recursos y fuera de sus fronteras a algunas estructuras del terrorismo sin concesiones. Además, ha modelado el pensamiento del extremismo wahabi, no desde ahora sino desde el inicio de esa ideología maximalista. Al tiempo que mantiene una guerra de exterminio en Yemen, donde los crímenes de guerra según la concepción occidental, son el escaso pan de cada día. Eso del pan escaso no es un giro lingüístico, ocurre que una de las armas que se usan en esa guerra es el exterminio por el hambre. Agregado a ello, el bombardeo aéreo sobre hospitales, escuelas y buses escolares no son producto del daño colateral, errores de cálculo ni ayudas electrónicas mal calibradas, o yerros de algunos pilotos de combate. No, son parte de una política y eso es lo que hacen los saudíes allí donde identifican y señalan a los enemigos reales o presuntos de la casa real. Para ellos no hay derechos humanos posibles donde hay enemigos concretos o supuestos. Eso de los derechos en todo caso es una veleidad de Occidente que ellos consideran no tienen obligación de cumplir. 

Es por eso que no puede extrañar lo ocurrido con Khashogghi. Después del crimen perpetrado en Estambul, el escándalo de los primeros días contrasta con el silencio rápido y casi total que siguió en las siguientes semanas, hasta ahora. No puede decirse que el poder relativo de Arabia Saudita y de los responsables políticos del crimen tengan tanto poder en Occidente como para imponer un sospechoso mutismo sobre el caso, pero los protectores oficiosos de la monarquía de Ryad sí lo tienen. La amenaza latente sobre los flujos petroleros que controla ese país y las veladas extorsiones con el riesgo que para las economías representa el precio del barril de petróleo, conspiran contra la necesaria condena y “apriete” que se debería ejercer sobre quienes ordenaron el asesinato que, como se señaló, no solo fue brutal sino ritual. Una muerte para nada diferente, o poco, a las que ejecutan los hombres que integran las formaciones del terrorismo musulmán, a menudo auspiciado por los saudíes. Esos que se ven por televisión y redes, sobre gente inerme 

Los saudíes se enfrentan con Irán en un escenario indirecto: Yemen, pero no es el único. También son espacios de confrontación el Líbano y Siria, donde facciones armadas reciben apoyo saudí para confrontar, por ejemplo con Hezbollah, la milicia proiraní. Eso sería poco si se considera que al tiempo mantiene una alianza táctica con Israel frente al mismo enemigo poderoso. A tanto ha llegado el acuerdo en otro tiempo inimaginable, que Israel ha aceitado más esa relación inestable y aporta tecnología, de la misma manera como contribuye con inteligencia y materiales a la capacidad ofensiva saudita. Incluso algunas fuentes arriesgan la hipótesis de que los saudíes podrían contar con cabezas nucleares de los israelíes en caso de un choque abierto con Irán. De tal manera que la suerte de Jamal Khashogghi, su muerte y su memoria, pasaron a ser una pieza de recambio que aumenta la tragedia. Fue muerto y rematado por los intereses que utilizan y, a contracara, echan al olvido su infortunio. El último oportunista en el escenario ha sido el presidente turco Recep Erdogan, quien pretende ahora blanquear su imagen autoritaria como un paladín de la justicia, pídiendo castigo por el crimen atroz (aresprensa). 

EL EDITOR 

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de prensa ARES  

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VÍNCULOS: BRASIL, SÍ A BOLSONARO  //  DUQUE GOBIERNA  //  SALAFISMO BUSCA NIDO  //  ¿GUARDIANES DE LA REVOLUCIÓN IRANÍ EN COLOMBIA?
Actualizado: lunes 12 noviembre 2018 16:52
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