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DUTERTE, "EL SUCIO", NUEVO PRESIDENTE FILIPINO

Publicado el 10 de mayo de 2016 / 11.55 horas, en Bogotá D.C // 0.55 horas del 11 de mayo, en Manila, República de Filipinas

DUTERTE, “EL SUCIO”, NUEVO PRESIDENTE FILIPINO

Hubo muchos llamados de atención a los más de 54 millones de electores del país asiático con historia hispana, incluso lo hizo el saliente presidente Benigno Aquino III, quien comparó de manera infortunada al candidato del sur del país, al señalarlo como “un nuevo Hitler”. Pero no hubo caso y Rodrigo Duterte, el actual alcalde de Davao, fue elegido como nuevo presidente de la república isleña. El giro político como fenómeno social, es parecido al de los Estados Unidos en lo que hace a Donald Trump y su controvertida figura y puntos de vista. Se habla con toda claridad de un regreso hacia el populismo de Filipinas, un populismo de derecha y queda a la vista un camino peligroso que comenzaría a transitar esta nación asiática, después de un largo periodo de relativa tranquilidad que le permitió alcanzar un franco ciclo de crecimiento económico y de calma tensa. Aunque, claro, sin que se rompiesen los círculos y dinámicas de pobreza tanto como de exclusión que castigan a Filipinas desde siempre, pero que se agudizaron en contrasentido del relativo éxito de las políticas macroeconómicas durante las últimas administraciones.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

El triunfo de Duterte es de alguna manera un fracaso para el actual presidente Aquino que esperaba una elección y transición menos agitada de lo que ahora se plantea con la esperada y para nada deseada elección del nuevo presidente, por parte de la élite tradicional. El hijo de la recordada Corazón “Cory” Aquino había apostado todo su capital político para que los contrincantes de Duterte renunciaran a sus ambiciones personales y delegaran en un solo candidato la posibilidad de torcer la suerte de las urnas que se presagiaba iba a favorecer al polémico alcalde de Davao, en el conflictivo sur del país, en el cual se pretende imponer un acuerdo de paz con la autonomía de la región con mayoría de población musulmana.

Eso ocurre en el sureño Mindanao, una de las dos más grandes islas en un país cuya geografía se compone de otras 7 mil parcelas rodeadas de mar y con una densidad demográfica total que alcanza a sobrepasar los cien millones de habitantes. La ciudad que hasta ahora fue controlada por Duterte, es la tercera de Filipinas y agrupa a casi dos millones de habitantes. Los Duterte son un clan político familiar, como es costumbre en el Archipiélago. El actual alcalde y nuevo presidente ha determinado los destinos de la ciudad en distintos cargos durante más de dos décadas. Lo ha hecho con mano de hierro y con recursos heterodoxos que no tienen en cuenta a la ley o los derechos humanos si eso impide cumplir con los propósitos políticos.

Cuando se trata de reprimir el crimen que campea en el país y que ha mostrado en Davao los mayores descensos en los índices de delitos, bajo la tutela de Duterte, no lo duda en palabra y hechos. A la manera de lo que mostraba en los filmes Clint Eastwood en su papel de “Harry el Sucio”, se pasea con los hombres de las fuerzas de seguridad pistola al cinto y alentando las ejecuciones sumarias en el sitio donde sea sorprendido un criminal, sin juicio previo y sin debido proceso. De allí viene el apodo por el que se lo conoce y que ahora le ha permitido alcanzar el pináculo de su carrera política.  Crítico de la clase política tradicional, aunque él forma parte de ella, su dedo apunta a las grandes familias de la oligarquía que por tradición gobernó al país.

En especial, el señalamiento apunta a la clase dirigente de la isla de Luzón en el norte donde se encuentra la capital, Manila, con su vigoroso centro de poder económico y político, el principal del Archipiélago. Mindanao, el área donde se encuentra Davao y donde Duterte construyó su hegemonía de poder, es la zona donde se han vivido décadas de conflictividad, en una guerra entre las fuerzas de seguridad del país con la delincuencia generalizada y las guerrillas separatistas del Frente Moro de Liberación. El costo humano de la confrontación es escalofriante: más de 300 mil muertos en 30 años y el riesgo potencial aún no totalmente debelado de la secesión.

RODRIGO DUTERTE

El presidente Aquino alcanzó un frágil acuerdo para asentar la paz en la región y apuntó a constituir una región autónoma gobernada por musulmanes y de acuerdo con sus costumbres. El “Bansagmoro” y las condiciones del mismo, todavía están en fase de ensayo e implementación. La tensión y la confrontación potencial o recurrente por ese quiebre de concepciones religiosas y sociales, entre la población de fe cristiana y los “moros” del sur del país, siempre estuvo presente incluso desde la presencia española en el siglo XVI y eso llevó a los colonizadores a construir un fuerte y mantener una flotilla en la ciudad de Zamboanga, que comparte isla con Davao en la conflictiva Mindanao.

Zamboanga tiene mayoría católica y en ella se habla con fuerte vigencia la única lengua local de raíz hispana en toda el Asia: el “chavacano”. Esta forma de lenguaje coloquial desafió de manera terca la intención de imponer el inglés como lengua franca en la región, lo que sí consiguió el invasor norteamericano en el resto del Estado insular, durante su presencia y ocupación entre 1898 y 1946. En ese marco, Dutarte se convierte en el primer magistrado que llega desde ese dolor de cabeza constante que se llama Mindanao y nada hace pensar que esa avanzada primigenia al Palacio Malacañán de Manila, calme condiciones viscerales y ancestrales que diferencian en lo interno al país diverso.

Un estado nacional en el que se hablan más de 70 lenguas locales, aunque el tagalo y el inglés comparten la condición oficial que tuvo el español durante más de 350 años, hasta mediados del siglo pasado. Duterte ha hecho anuncios anticipatorios de su gestión que se iniciará al finalizar junio, señalando que convocará a una reforma constitucional para profundizar la federalización e incrementar las autonomías locales, y eso incluye al uso del habla propia de cada región. Sería el momento de que quienes representan a la lengua española universal en el mundo, se preparen para reclamar al nuevo mandatario por el retorno de la lengua de Cervantes a la cotidianidad filipina, que fue sacada por la fuerza y el vaciamiento cultural, a partir de la presencia de los Estados Unidos en las islas y el holocausto de los filipinos que conservaban ese patrimonio, a fines de la Segunda Guerra Mundial.

Es el momento de profundizar la reparación histórica que tiene como deuda la dirigencia filipina con su tradición hispana y su posibilidad de reconexión con el mundo hispano parlante, como expectativa de universalidad y aporte de capital humano para la juventud filipina. Un proceso en mora que retomó la expresidenta Gloria Macapagal Arroyo a fines de la década pasada, con la reinserción optativa y parcial de la enseñanza del idioma en el ciclo de educación secundaria.  Una enmienda al crimen histórico que perpetraron en genocidio japoneses y norteamericanos en 1945, pero que se inició en 1898 en la llamada “guerra olvidada” y en la que se aniquiló a un 20 por ciento de la población, en ese entonces de apenas 10 millones de habitantes.

El crimen masivo y prolongado durante casi medio siglo, se completó en términos simbólicos y jurídicos en 1973, cuando Ferdinando Marcos le quitó al español su oficialidad, en tanto que Corazón Aquino completó el vaciamiento en 1987, al eliminar la enseñanza de la lengua cervantina de todo el proceso de educación pública, precisamente mediante la última reforma constitucional de la historia filipina reciente. También es la oportunidad para que organismos como la Alianza del Pacífico o la Cumbre Iberoamericana apoyen los esfuerzos para el retorno definitivo del habla española a Filipinas. Debe hacerlo, como corresponde, por la puerta grande y para ello todos los intereses culturales, políticos y económicos de este universo cultural deben aportar a una tarea que por ahora sólo llevan adelante la cancillería española y el Instituto Cervantes, aunque con el apoyo solitario, indirecto y escaso de México, desde América Latina (aresprensa).

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