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EL CAUDILLO

Publicado el 15 de julio de 2004

Escribe: Enrique Millán. Editor adjunto.

emillan@aresprensa.com

El caudillismo ha sido uno de esos regalos especiales que la América Latina le hizo a la cultura de Occidente a lo largo del siglo XX. El concepto anglosajón de democracia no pudo florecer a plenitud en la región, como sí ocurrió en otros países que llegaron a adoptar y aceptar la propuesta de organización política de los griegos. Propuesta inicial que los helenos enunciaron pero que, por razones históricas y de desarrollo social, nunca pusieron de relieve y miraban con sospecha.

El caudillo entre nosotros emergió en un océano de similares sospechas y dudas colectivas, diversas como los matices culturales en el mosaico del Continente. La Revolución mexicana hizo surgir a figuras como Emiliano Zapata o Doroteo Arango (Pancho Villa), entre otros, que enriquecieron el folclore, la literatura y la sensación de conformidad con un buen salvaje al que le era permitido mirar con desdén o ignorancia a la posibilidad democrática.

Suramérica también aportó al paisaje variopinto: Rosas (El Restaurador) inició en el siglo XIX la iconografía del irreductible imaginario refractario a la democracia. El relato histórico de sus adversarios lo muestra cruel y sanguinario, inepto para cumplir el objetivo que le había sido impuesto cuando las provincias del Río de la Plata le dieron poderes: pacificar el país argentino y reconstruir el virreynato disgregado entre 1812 y 1830, a raíz de las guerras de independencia. Así, el caudillo se convirtió en dictador y la democracia enunciada fue desterrada al topos urano concreto. Sus  sucesores no fueron menores en estatura de perfidia a resaltar – hubiese dicho Borges – en el recuento universal de la infamia.

Cuando Juan Perón (El Líder), convertido en caudillo, concentró el poder que en principio le dieron los votos, el populismo se tomó por asalto el escenario y las consecuencias pasaron al comienzo inadvertidas, ahogadas en el sopor de la romántica emotividad latinoamericana. Después, el tren se descarriló en el trayecto hacia un mundo mejor.

Eva Perón, la santa sin aureola por la terca oposición del Vaticano, creó un modelo único de demagogia del cual la Argentina tomaría años en despegarse. Tantos, que aún no ha podido ponerle punto final al ciclo.

Por su lado, las sagas de Alfredo Stroessner (El Cherubichá) en el Paraguay o Rafael Leonidas Trujillo (El Chivo), en República Dominicana, fueron procesos totalitarios de dictadores que aparte de dar argumentos a una buena literatura no merecen un pie de página en el libro de la Historia occidental.

Fidel Castro es el punto central del horizonte. Este caudillo no fue parroquial, como tampoco lo fue Perón. La ambición de Castro y su modelo marxista desafiante, adoptado de afán a principios de los 60, no estuvo circunscrito a los límites de su isla caribeña. Quiso y logró extender su mesiánica cartilla a toda América.

Concretó en su proyecto todos los desafíos posibles: incursionó en Angola e instaló ojivas a 90 millas de La Florida. Al mismo tiempo instaló en Cuba escuelas de terrorismo y fue el puente para que sus aspirantes y alumnos hiciesen tránsito para el entrenamiento en Libia y también en países guardados por lo que fue la llamada Cortina de Hierro. La Guerra Fría fue el escenario que le permitió al caudillo cubano, en su momento, alentar el conflicto irregular colombiano tan antiguo como las entonces concepciones fundamentalistas del mismo Castro.

La parábola queda casi completa con el delfín del antiguo caudillo en Suramérica: Hugo Chávez. Pero el venezolano tiene la ventaja el petróleo que no tuvo Castro cuando se desplomó el muro de Berlín.

La ritualidad y vocinglería que vienen de Caracas alientan perturbaciones en la región andina, de norte a sur. Las sospechas, las de siempre y las de ahora, llevan a suponer que el dinero petrolero bien podría alimentar tanto la perturbación geopolítica de estos países como, así también, los conflictos armados vigentes y germinales en la agitación del subcontinente.

Lo que en realidad completa el inquietante panorama es la direccionalidad que ha tomado el proceso colombiano que acaudilla Uribe, quien ha resuelto seguir el poco recomendable ejemplo de Alberto Fujimori, Carlos Menem y el mismo Chávez. Esto es, cambiar la Constitución de su país - que prohíbe taxativamente la reelección - para que, por Iluminación, el nuevo Mesías pueda hacer un juego de perturbación en el poder presidencial.

El cuadro pone en caliente a la esquina norte de Sur América pues Uribe y Chávez se encuentran en orillas opuestas. En el imaginario general Colombia es una punta de lanza frente al astuto teniente  coronel venezolano. Es, además, un icono de manejo democrático, aunque limitado por las propias limitaciones de la clase política colombiana. Los apretones de manos recientes y los convenios firmados entre sonrisas no aminoraron la inquietud de fondo.

Pero es que el país cafetero se ha estado armando para intentar derrotar en ofensiva a las guerrillas marxistas y a los irregulares de extrema derecha, capítulo que aún está para escribirse. Una parte importante de los grupos marginales armados comparte supuestos ideológicos con Chávez y con Castro. En esas condiciones para las hegemonías occidentales constituyen un eje del mal.

Tales son las amenazas potenciales de choque para una democracia colombiana frágil que reverbera desde adentro por el redentorismo reeleccionista, teñido por la impronta del nuevo caudillo civil.

Alguna vez, durante su exilio en España en los años 60, alguien le preguntó a Perón cuál era el sentir político de los Argentinos y el viejo caudillo respondió: “allá son todos peronistas …… a favor o en contra”. Algo similar parece estar ocurriendo hoy en la Venezuela de Chávez y en la Colombia de Uribe. Esto nos habla de la polarización que crispa raciocinios y sensibilidades como hija espúrea del fenómeno caudillista que succiona energías pasibles de destinarse a un mejor propósito. (aresprensa.com)

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El caudillismo ha sido uno de esos regalos especiales

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