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 Doxa * / Publicado el 20 de octubre de 2017 // 18.00 horas, en Bogotá D.C.

EL “CHE”, MEDIO SIGLO DESPUÉS

En su tiempo y con vida pasó en un lapso corto de la leyenda al mito. De alguna manera y con sordina se convirtió como imagen y paralelo inconsciente en una suerte de nueva versión del Jesucristo en martirio, bien impulsado en ese sentido por quienes en la distancia lo consideraron como un guía para la acción directa. Eran duros tiempos de Guerra Fría, él mismo había participado en esa Cuba de 1962 en la decisión irreversible de convertir a la isla en un horno nuclear a favor de la Unión Soviética. Apenas un lustro después de la entrada triunfante a La Habana,  Ernesto Guevara de la Serna había bajado en rápida  pendiente desde la inesperada gloria que advino  con la revolución cubana y en la que se enganchó, hasta una pendiente inevitable de marginalidad que lo arrastró a la inevitable muerte en el descampado de la sierra boliviana. Abandonado por La Habana, con cuyo gobierno desde la crisis de los misiles tenía ya fuertes contradicciones -tantas como para tener que abandonar Cuba en un itinerario sin  retorno-  murió de manera poco gloriosa en los hechos, aunque quienes ya no lo querían en la isla tropical se encargaron de recoger los buenos frutos de la propaganda prolongada en el tiempo que produjo esa muerte trágica.

Guevara  esperaba aquella caída que encontró en Bolivia, pero no así como ocurrió. Sucede que un guerrero muere en cualquier lugar cuando la cita irreversible se cumple. A él no le interesaba Bolivia como destino final porque su interés real estaba en la Argentina pero otro fracaso allá, en su verdadera tierra, hubiese hecho más triste su fracaso. Aunque la comparación sea bizarra, como lo fue la parábola final del guerrillero sacrificado, a Guevara sólo le interesaba el Altiplano como lugar de paso para hacer la revolución que suponía necesaria y verdadera en el país que lo vio nacer y al nunca volvió, después de una cena en la residencia presidencial de Olivos, con Arturo Frondizi, en 1961. Uno como presidente constitucional de una Argentina con democracia restringida y el otro ya como legendario comandante de la revolución caribeña.

En su tiempo a San Martín tampoco le interesaron tanto los puntos intermedios que había que cumplir en su empresa militar -Santiago o Lima- como el subir al Alto Perú para penetrar la Argentina por el norte. Esto porque no es posible olvidar que en tiempos del prócer, aquello que hoy es Bolivia -sin los  recortes territoriales que sufrió luego por sí misma- pertenecía a la jurisdicción de  Buenos Aires por aquello del uti posidetis juri de la herencia española.  Ambos quedaron con los respectivos planes frustrados. Uno pagó la apuesta histórica con la vida, el otro con el exilio permanente. El final aventurero de Guevara constituyó el segundo intento de los cubanos por penetrar e insurreccionar la Argentina, el primero fue con Jorge Masetti, en el inicio de los años 60, y el tercero fue con las organizaciones terroristas Montoneros y Erp, en la década de los años 70 y 80.  

Pocos días antes de embarcarse en el yate Granma con destino a Cuba y emprender el camino de la Sierra Maestra, Ernesto Guevera cavilaba por una eventual beca de postgrado en medicina a la que apostaba en París. Esto significaba, ni más ni menos, que la opción revolucionaria en su mente era sólo otro camino de la aventura de trotamundos que había emprendido unos años antes en motocicleta por América, con su amigo Ricardo Rojo, cuando aún no había concluido sus estudios universitarios.  Fue médico y revolucionario pero, como cualquier otro ser humano, pudo haber sido cualquiera cosa y otras, mucho más en su caso en el cual la leyenda y el mito posteriores -que su propia trayectoria y sobre todo el relato de los exégetas hicieron-  trazaron la  evolución del aventurero con la deriva a una suerte de héroe indiscutible.  

Más que eso del héroe, lo cierto es que Ernesto Guevara, el comandante de la revolución cubana que encabezaron los hermanos Castro -a quienes pasó a servir en su voluntaria vida de trotamundos- fue uno de los principales fusiladores de esa saga que, hace poco tiempo, perdió a otra de sus figuras emblemáticas: Fidel el mayor de los Castro. Claro que este último se apagó en una una mullida y cómoda cama del confort revolucionario que no demasiados tienen en su país tropical.  Fue Ernesto Guevara de la Serna el gran verdugo de La Cabaña -la fortaleza militar de La Habana- y en su “paredón” fueron fusilados unos 700 supuestos o reales enemigos de la revolución triunfante que más que sometidos a la justicia fueron objeto de la venganza. Una parábola trágica y nunca olvidada que alguna vez Castro dijo en remembranza, que había sido lo único de lo que podría haberse arrepentido en su hacer como gobernante.

Esto, porque debe decirse que en el orden revolucionario como aquel, los anteriores y los que siguieron, es difícil concebir la posibilidad de justicia como condición integral por parte del Estado, al menos en la primera etapa de su triunfo, aunque también después, en la etapa de institucionalización.  En la masacre de los desgraciados, Guevara fue el ejecutor directo -aquel a quien se le encomienda hacer  el trabajo sucio- porque la responsabilidad intelectual del crimen serial, no podía estar en otro más que en su jefe, Fidel Castro. Guevara fue bien elegido para esa labor misional de  toda revolución que se precie de tal, porque ya era conocida su fama de fusilador desde el monte, en condición de comandante de la guerrilla en operaciones, donde cayeron unas dos decenas de campesinos condenados. Después vendría el tiempo del fracaso personal. Fracaso como ministro y fracaso como presidente del banco emisor cubano. Era obvio porque el “Che” jamás supo algo del homo economicus e incluso, lo despreciaba.

Parece inconcebible, quizá estúpido, que un marxista desprecie el factor económico, pero sí es imaginable en un militante marxista latinoamericano, para quien el realismo mágico de su matriz cultural tiende a poner al revés la sindéresis de los esquemas  de pensamiento. El llamado “hombre nuevo” de la concepción de Guevara y de la que hacen exégesis sus apologistas, marcan un rechazo vertical al contenido teleológico y cultural de la  mercancía, como texto de las dinámicas propias de la Modernidad. Es porque resulta normal para los contestatarios criollos el leer a Marx incompleto o no leerlo, y obviar textos como el “Discurso sobre el libre cambio” y la frase fundamental de “El Capital” , en el cual se señala que el salto revolucionario de la mentalidad moderna -léase burguesa- es el paso del valor de uso sobre el entorno, al valor de cambio. Ese es el otro fracaso de la saga de Guevara  en contradicción con su supuesta perspectiva revolucionaria, excepto que sea una revolución romántica y retrógrada, cargada de mesianismo católico primigenio, con el retorno a un “hombre nuevo” en hipotético estado de inocencia, por fuera de la movilidad de la mercancía, o en “minoría de edad”, al decir de Kant.   

Después llegaría, a la vuelta de la esquina, su fracaso definitivo y el frustrado regreso a la Argentina, con la muerte en el altiplano y el no reconocimiento de sus compatriotas de nacimiento como un prócer posible en el panteón del mito fundacional argentino, salvo para los militantes con sus obsesiones ideológicas. No podría serlo porque como ya se señaló, Cuba intentó tres veces penetrar a la Argentina para subvertirla y eso es intolerable para no pocos argentinos. En el primer intento, Guevara estaba a la cabeza del grupo armado ilegal, pero lo dirigía desde La Habana. Jorge Masetti fue el “Comandante Segundo” del brote de guerrilla que surgió en el norte argentino, aniquilado a poco de anunciar presencia por la Gendarmería Nacional. Masetti, periodista de Buenos Aires, fundador de la agencia Prensa Latina y amigo del “Che”, se embarcó hacia su propio martirio con un grupo que no sobrevivió y en el que hubo oficiales cubanos. Menos de una década después y luego de su controversial salida de Cuba, el propio Guevara emprendió la aventura boliviana, en la sin salida personal y de proyectos. Allí también hubo oficiales cubanos. Después, en los años 70, el camino subversivo y por encargo del mismo origen geográfico lo harían en la Argentina otras organizaciones subversivas con su estela de crímenes hasta hoy impunes, pero eso fue otro tramo de la misma historia (aresprensa). 

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*  La sección Doxa refleja la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES 
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Actualizado: viernes 20 octubre 2017 18:47
ernesto "che" guevara revolución cubana argentina

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