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EL FINAL DE FIDEL CASTRO

Publicado el 30 de noviembre de 2016 / 17.00 horas, en Bogotá D.C.

EL FINAL DE FIDEL CASTRO *

La partida definitiva del dictador cubano es el adiós definitivo al rostro vivo, aunque ajado por la edad, de un fuerte protagonista de la guerra fría, sepultada hace un cuarto de siglo con el derrumbe de los bloques del muro de Berlín y como final del pulso de reacomodamiento posterior a la Segunda Guerra Mundial. También como evidencia gris con trazos negros de una visión de mundo que no pudo combinar jamás el propósito de la justicia social con la justicia para todos, incluyendo las libertades y los derechos de quienes comparten las narrativas diferentes a las imposiciones de Estado. La revolución que Fidel Castro encabezó en un pequeño y romántico país tropical -tan romántico como para haber creado el ritmo llamado bolero- desafió a la potencia hegemónica desde su barriga y se apoyó en el otro del poder mundial, incluso a riesgo de someter a su pueblo al asadero nuclear. Castro se fue del mundo de manera tranquila y en su lecho, así como se fueron otros con una propuesta igual o parecida. Ese fue el caso de dictadores y autócratas que llevaron adelante sus proyectos mesiánicos con un terrible costo y la promesa pendiente de un futuro mejor. Así lo hicieron Mao Zedong y Stalin, quienes al igual que Castro sometieron a su entorno a la violencia para asaltar el poder.  Incluso Manuel Marulanda Vélez, (a) “Tirofijo” el líder de las Farc, murió en el monte colombiano de manera más o menos tranquila, esperando que sus subalternos pudiesen llegar a construir algo parecido a lo que es Cuba o Venezuela: el estalinismo tropical, una suerte de dogma del viejo mundo transferido y platanizado para las zonas tórridas de América.

Alguna vez el finado mandatario cubano llegó a afirmar que se arrepentía de los fusilamientos que su régimen había practicado en diferentes tiempos sobre contradictores y víctimas que se opusieron a sus designios o tuvieron la mala fortuna de caer en desgracia al encontrarse en un cruce de circunstancias fatales y de riesgo para el régimen.  Este último fue el caso del general Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia y Amado Padrón, entre otros militares hasta ese momento fieles a la revolución, quienes cayeron ante el pelotón de fusilamiento por sus nexos con el narcotráfico internacional, a sabiendas de que eso en Cuba es imposible si no hay una venia favorable desde una instancia superior. Pero alguien tenía que caer para salvar el relato heroico del régimen. La perversión de procedimientos en este tipo de dictaduras debe ir acompañada de otras perversiones para que la narrativa también perversa aparezca homogénea a los ojos de los partidarios que consumen y apoyan el paradigma ideológico sin fisuras aparentes.

Otro caído de la narrativa, aunque ejecutado por otras armas, fue Ernesto Guevara de la Serna, el mítico “Che”, que acompañó a los jóvenes Castro y los demás guerrilleros de la Sierra Maestra para derrocar al dictador previo, Fulgencio Batista, este último apoyado por el partido Comunista cubano de la época y para entonces opuesto a la aventura de los barbudos de la sierra oriental. El temerario aventurero y médico argentino, a mediados de los años 60, estaba distanciado de la isleña burocracia estalinista y buscaba con éxito ninguno nuevas aventuras armadas lejos de Cuba, a sabiendas de que la Unión Soviética tutora al régimen de La Habana detestaba su presencia porque su actitud díscola alteraba el orden geoestratégico que se imponía desde Yalta primero y desde la posterior crisis caribeña de los misiles. El revolucionario paso por África, después de sus fracasos como ministro de Industrias y titular del Banco Nacional de Cuba, terminó en el sacrificio de Bolivia, abandonado por Castro y también por el partido comunista del país altiplánico.

Las razones del abandono y la caída de Guevara en el erial altoperuano son obvias en la contradicción y lo que oculta la historia oficial de la mística de izquierda, aunque con gran rédito propagandístico a través de décadas para los propósitos geopolíticos de Cuba y de la leyenda regional para nada libertaria. Otra perla en el collar de perversiones, justificadas en las necesidades del relato negador de la democracia y de los derechos de los otros. Pero no es la única perla negra en el historial que deja para la América Latina la saga de los Castro y sobre todo del hermano mayor que acaba de dejar este mundo. Nada más bizarro y patético que la exaltada defensa de los derechos humanos por parte de Cuba y de sus seguidores en la región, cuando estos se conculcan, se erosionan o violan por los adversarios del sino ideológico que abanderan los cubanos durante medio siglo. Pero cuánta negación de derechos en aras de la pastoral revolucionaria cuando se niega incluso el derecho a la alimentación o la medicina -sin siquiera mencionar los políticos o de expresión- como ocurre hoy en la obediente y obsecuente Venezuela.  

Ya se sabe que el enfoque romántico del mundo moderno es opuesto al iluminismo progresista que desarrolló la revolución industrial y derribó el poder monárquico, para implantar un orden con aspiración democrática y de progreso científico, en un largo macerar de siglos de cultura occidental. Más allá del aporte estético al arte visual y a la lírica, el romanticismo derivado exacerbó en sus corrientes políticas a los nacionalismos reaccionarios, el terrorismo anarquista y a los fundamentalismos de diverso color, incluidos no pocos seguidores del planteamiento de Marx, un pensador que si bien quiso trazar una distancia con el enfoque romántico por vía de la presunción “científica” y darwinista de su esquema, no pudo evitar que sus seguidores se convirtieran en reaccionarios románticos desde otra orilla. En la suma, en negadores de lo que pretendían defender: la liberación del hombre de sus cadenas ancestrales. Eso hizo Fidel Castro con su saga en la pequeña y emblemática Cuba. Eso hicieron y siguen haciendo quienes se consideran sus apologistas y seguidores en la región, al tiempo que insisten en quitarles derechos a quienes no comparten su visión retrógrada del mundo.

La revolución no solo “se come a sus hijos”, sino que multiplica a los pobres y ahoga a los pueblos que eligen la opción que ofrecen los revolucionarios, cuando aquellos se cansan de los defectos y deformaciones de los procesos democráticos liberales. Eso es lo que se le anuncia ahora a Colombia, por ejemplo, con el proceso de cese de la confrontación armada que acaba de cerrarse, precisamente con escenario principal en La Habana y frente a unos contradictores armados que nunca negaron tener al menos de manera parcial -aunque más estalinista- una vocación de transformación cercana y hacia atrás como la que expresó Cuba de manera tan acabada hasta hoy, e intentó siempre proyectar al resto del continente. Ya se sabe también que la leyenda salvífica que puso de relieve la saga cubana, dice de grandes desarrollos en el campo educativo y científico. Es cierto, pero como en las otras facetas los términos son relativos: sus expertos en el ámbito de las ciencias sociales tuvieron prohibido durante varias décadas la lectura de pensadores marxistas heterodoxos, como Antonio Gramsci o los críticos de la Escuela de Frankfurt y, por eso, también en eso se atrasaron. Así, queda claro que la principal herencia del finado líder es el dejar en Cuba a un pueblo muy pobre y frustrado, aunque bastante educado (aresprensa).

EL EDITOR

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La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES 

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