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EL GUETO DE GAZA Y EL DE VARSOVIA: UNA COMPARACIÓN OPORTUNA

Publicado el 10 de enero de 2009 / 12.00 hora de Bogotá D.C. / Archivado el 30 de junio de 2009

EL GUETO DE GAZA Y EL DE VARSOVIA: UNA COMPARACIÓN OPORTUNA

Es inevitable hacer comparaciones: no hay demasiadas diferencias entre lo que ocurre con la población civil palestina, desde antes de la ofensiva israelí de las últimas semanas, y lo que aconteció en Varsovia durante la ocupación alemana de los primeros años de la segunda gran guerra del siglo XX. El aislamiento y el sufrimiento más la posterior masacre de la población civil en esa región del mundo, refrescan la memoria de lo que ocurrió en ese tiempo sombrío. Por eso es que podemos señalar que la acción militar y la política de Estado entre el Berlín de los años 40 y el Jerusalén de 2009, se equiparan.

 

Sin embargo, esta reflexión tiene un punto de partida insoslayable que es la posición vertebral de ARES y de los responsables de su política editorial, sin discusión apelable: el Estado de Israel tiene derecho a existir y nada ni nadie puede poner en riesgo su existencia. Por eso, el abordaje de la situación que se presenta en estos días en el Medio Oriente, las causas tan complejas como profundas de lo que allí ocurre desde hace 60 años y las consecuencias probables de estos hechos, deben tener como horizonte ese principio.

Es real que las condiciones de aislamiento extremo a la que es sometida la población de la franja de Gaza, en un territorio con espaldas al mar de 40 quilómetros de largo por 13 de ancho en su máximo, no es demasiado diferente -aunque el escenario y el marco histórico sí lo es- de lo que vivió la comunidad judía en un sector de Varsovia. En particular, lo que identifica a ambas situaciones es el sometimiento y la humillación de las gentes, lo que pone contra la pared a la misma valoración de la condición humana que hacen aquéllos que desprecian al otro por el simple hecho de ser diferente y de reclamar el espacio que les pertenece para su desarrollo histórico y cultural.

Es increíble que, después del sufrimiento y la enseñanza del "nunca jamás otra vez" que dejó la Segunda Guerra Mundial ante la intención de aplastamiento de un grupo humano por su sesgo racial, ideológico, confesional o de rol entre los hombres, se repita en imagen y acción por parte de los nietos de quienes sufrieron la persecución, el aislamiento, la reclusión en campos de concentración y la muerte por derivación de una política de Estado. El fundamentalismo de cualquier orden repugna a la conciencia humana y el hecho de que ese fundamentalismo desde el estado o la política israelí, apunte a suponer que la población palestina no tiene derecho a su propio espacio en el mundo, no lo hace menos repugnante.             

 

Pero también deber dejarse en claro de manera meridiana que no es posible imaginar un Estado palestino que no le reconozca a Israel su derecho a existencia en el territorio del cual, como pueblo, fue expulsado por la autoridad romana hace dos mil años.  Si esa aspiración y esa realidad vigente desde fines de los años 40 del siglo XX, no es aceptada como una condición de partida insoslayable para la paz futura en la región y en el resto del mundo, no será posible construir nada estable en esa zona que es tierra sagrada para tres religiones. Mucho menos será posible edificar cualquier forma imaginable de existencia, individual o colectiva.

Es por ello que la humanidad debe estar siempre dispuesta para rechazar los fundamentalismos, aquella noción y visión del  mundo que sólo concibe al otro y a la diferencia en la subjetividad y estructura simbólica entre los hombres como algo destinado a la desaparición y que sostiene que "el mejor adversario es el adversario muerto". Hoy esa forma de entender el dirimir las diferencias entre pueblos como el árabe y el judío, comienza a tomar una forma tenebrosa: la del holocausto nuclear posible. Una sombra que comienza a asomar contra la humanidad desde esa parte del mundo, aun cuando pocos todavía quieran aludir al tema.

En ese orden de ideas no es admisible una concepción sionista que no acepta de dientes para adentro a una región palestina específica y adyacente a Israel con presencia árabe. Pero tampoco lo es la visión opuesta que  incluye al fundamentalismo ario que se manifiesta desde Teherán, el cual exige y plantea de manera lisa y llana la desaparición del espacio soberano hebreo, pensamiento que es coincidente con el planteamiento de la organización armada Hamas.

La tragedia humanitaria que hoy sufre el pueblo palestino, que es consecuente con la dramática saga que para ellos se impuso desde 1947, señala que la situación de ese fragmento del mundo se ha convertido por la acción continuada de las facciones enfrentadas, a veces con capacidad de manipulación de sus estados, en un callejón sin salida para la paz pretendida por sus respectivas sociedades.

Lo que ocurre en estos días en Gaza no parece ser demasiado diferente a lo que ejecutó en el Gueto de Varsovia el general SS (OberführerJürgen Stroop, entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943. El oficial alemán ahogó en sangre la rebelión armada de la comunidad judía confinada en el gueto. Muchas de las fotografías que el mismo Stroop tomó en esos días muestran que los niños fueron parte de los más afectados en la represión. Eso mismo es lo que ocurre hoy en Palestina, donde son niños un tercio de las víctimas mortales directas por el fuego israelí. Ya hace muchos años el historiador Arnold Toynbee señaló que la perspectiva que le daba Israel al problema palestino era similar la "solución final" que se supone ellos sufrieron por parte de Alemania.

La descompensación alimenticia y de abastecimientos, que incluye a los combustibles y a los medicamentos, son parte del asedio a la población civil palestina. Eso incide no sólo en calidad de vida de esa población hacinada, como lo estuvieron los recluidos en el gueto de Varsovia, sino en la misma diferencia entre la vida y la muerte. Durante el cerco alemán a la población judía de Varsovia la ración individual de alimentos para este grupo sólo llegaba a las 184 calorías mientras que el ciudadano polaco común recibía a diario unas 1.800 calorías y los alemanes 2.400. Este balance le permitía tanto a polacos como a alemanes poner barreras a la debilidad y las enfermedades. Los judíos en cambio quedaron expuestos al exterminio por física inanición.  

El paso a cuentagotas de los recursos vitales está reglamentado desde el exterior por la autoridad israelí y de su dosificación por el Estado que mantiene el cerco, como también del núcleo de empresarios judíos que lo controla, se obtienen altos beneficios, tal como ocurrió en la miseria humana del intercambio de esos recursos entre los alemanes y la población judía cercada en Varsovia, entre 1939 y 1943.  Se trata en suma de una tragedia humanitaria que se repite para vergüenza del mundo: un genocidio planeado y programado como razón de Estado. 

Los ciudadanos israelíes contemporáneos no son responsables del acuerdo de 1917 entre el británico Arthur James Balfour y el representante de la Federación Sionista Lionel Walter Rothschild, que abrió la puerta para que varias décadas después se fundara el Estado de Israel y propiciara al tiempo la rendición alemana sin que este país hubiese sido derrotado en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial. Allí se abrió un camino negro del que dio parte en su momento el Gueto de Varsovia.

Esa historia ya está escrita y nada puede cambiarla. El labriego israelí, víctima de un cohete árabe, no compensará lo que hicieron sus mayores ni volverá el tiempo antes de 1917, 1943 ó 1947. El camino que hoy se transita también es negro, pero a diferencia del anterior es posible dejar de transitarlo.

La impensable desaparición del actual Estado de Israel no sólo despertaría otra vez los demonios de  la confrontación nuclear sino, además, también de nuevo pondría a pensar a los dueños del mundo en una alternativa de otra tierra para el pueblo judío y eso toca a la América Latina. Esta vez ya no sería únicamente la Patagonia argentino-chilena el objetivo sino también la Amazonia. Esa es una de las razones bajo la mesa de la creación de la UNASUR y de la desconfiada mirada de Brasil a la presencia de tropas norteamericanas en Colombia (aresprensa.com).

EL EDITOR    

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