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EL MUNDIAL DE SUDÁFRICA EN LA REALIDAD CAPITALISTA

Publicado el 29 de junio de 2010 / 19.50 hora de Bogotá D.C.

EL MUNDIAL DE SUDÁFRICA EN LA REALIDAD CAPITALISTA

El fenómeno masivo llamado mundial de fútbol, ese que hoy tiene como escenario a Sudáfrica, convoca emociones que cualquier enfoque sociológico llamaría alienación. En otras palabras, una cierta pérdida de la capacidad de comprensión de la razón del hechizo y su direccionalidad social. Un mundial de fútbol es en buena medida una empresa multinacional que a través de la seducción y el cultivo de las emociones cuyo referente emotivo es la presunción de "identidad nacional", realiza un fabuloso negocio que estimula el consumo suntuario.

Escribe: William MORENO

Mientras se desarrollan estos tramos definitivos del encuentro deportivo mundial en Sudáfrica, es bueno reflexionar sobre una realidad menos evidente que la pasión propia de la fiesta. Como todo espectáculo de masas éste también responde a las lógicas del mercado, dinámica en la que, desde luego, operan las fuerzas de la oferta y la demanda y en la cual, más allá de los meros resultados del juego futbolero, también hay ganadores y perdedores.

Desde el 11 de junio se han dado cita en estadios, calles sudafricanas y televisores, tanto en el país anfitrión como en el resto del mundo, millones de seguidores, con grados de fanatismo diverso. En el pasado mundial de Alemania, en el año 2006, los telespectadores sumados de todos los partidos alcanzaron 33 mil millones. Todo un mercado de consumidores potenciales que no será inferior en este 2010 y que agotó las entradas a los diversos estadios. Esto aunque en algunos partidos se vieron claros en las tribunas.

Un gran mercado que desde la perspectiva de la oferta comporta todas las características de un monopolio que tiene su propio cártel: la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) que obtuvo en el mundial de Alemania ingresos de 1.800 millones de dólares. Ese es el rédito de una lógica mercantil que no se reduce a la recaudación de la boletería sino que va mucho más allá en una lógica de markentig compleja y muy redituable.

La estrategia de comercialización incluye la simbología articulada a los sentimientos y emociones de cada individuo y sociedades que participan con sus expectativas de consumo de objetos identificatorios y de comunicación horizontal directa. Objetos como gorras, camisetas, bufandas, balones, uniformes y una casi infinita cadena de souvenirs que para su fabricación deben pagar derechos, alimentan las arcas de la FIFA.

A esto deben sumarse otros derechos, como publicidad ATL (Above the Line), por espacios de televisión y otros medios electrónicos en todo el mundo, y los restantes eslabones de la redes de promoción y apoyo de las selecciones en todo el mundo. Son los aficionados y las empresas de los diferentes países los que sin restricciones de controles nacionales y por encima de las soberanías jurídicas y políticas de los estados, dirigen recursos por ganancia al cártel mencionado. Fabulosas ganancias para un lucrativo negocio multinacional.

En efecto, son los aficionados de cada país afiliado a la FIFA quienes constituyen y contribuyen en aquel mercado de pasión alienada. Una pasión que a diario nutren los medios masivos de comunicación y que de manera constante generan una mayor necesidad de objetos "fetiche" en tan particular consumidor. Así, los fanáticos, esos protagonistas del movimiento del mercado en el último escalón del proceso, asumen que los jugadores de sus equipos son auténticos representantes de sus afinidades, en una mal entendida relación de identidad nacional.

En esa cadena de rendimiento económico los jugadores, además de los consumidores finales, también tienen un rol primario. Debe ser un honor como jugador representar a su nación, pero lo más seguro es que éste asuma esa representación menos por ella y la identidad que por los ingresos que recibe a cambio de vender su habilidad y destreza, para acrecentar el mercado del espectáculo del cual él recibe una mínima parte, por grande que sea su contrato.

De manera que, en el mercado del fútbol convergen los más diversos intereses. Están los de los clubes y selecciones nacionales, las empresas deportivas, las de los medios de comunicación, las agencias de publicidad, las de viajes y los entes estatales y privados que contratan y financian grandes obras dirigidas a un evento gigantesco como un mundial de fútbol.

Una estructura compleja y transfronteriza dirigida al lucro que está sostenida desde la orilla del consumo, como lógica opuesta que integra la demanda. Como en todo escenario de relaciones mercantiles propias del capitalismo, la producción como proceso social es un esfuerzo generado por todos pero cuyo rendimiento es apropiado por unos pocos. En el fútbol el único rédito para el aficionado es la posibilidad de que su equipo sea el ganador.

Las formas de alienación que quedan cubiertas y exorcizadas por supuestos de identidad y fenómenos de masas no reivindicativos que, en realidad, están estimulados por el mercado y sus intereses conexos, componen la trama de sentido del espectáculo futbolero. Por eso resulta extraño que intelectuales de tanto prestigio presente y permanente se hayan sumado en algún momento a la pasión por el fútbol. El hecho de que hombres como Albert Camus y Eduardo Galeano hayan realizado escritos de vigencia constante sobre el tema, no hacen menos sospechosa a esta masiva expresión de hechizo colectivo llamada mundial de fútbol (aresprensa.com).

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