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EL NEOGORILISMO

Publicado el 21 de enero de 2018 // 16.10 horas, en Bogotá D.C.

EL NEOGORILISMO

Un reaccionario lo es a secas. Su postura ante la realidad, su visión de mundo -o Weltanschauung, dirían los alemanes- casi no admite matices, o simplemente no los admite. No hay vínculo pleno con la realidad en ese panorama personal porque no hay grises en la visión a priori que permita  percibir o hacer introspección crítica de esos matices más allá de simple en la elaboración subjetiva. Desde la lógica clásica se dice que no hay “tercero incluido”, cuando las cosas deben ser blancas o negras. No hay un término medio en ciertas condiciones. Se es o no, algo. El reaccionario no sólo no admite al tercero, lo excluye, como tampoco acepta el otro polo posible de la realidad, si se considera a la dialéctica. Por eso alguna facción política señaló alguna vez, “el mejor enemigo es el enemigo muerto”. Eso es lo que plantea, por ejemplo, Nicolás Maduro y su cuerda venezolana en la “guerra a muerte” declarada a su frente adversario y ante el repudio social de su propio pueblo. Maduro y su liga impresentable de forajidos es un ejemplo de reaccionarios de nuevo cuño. Un ejemplo integral de neogorila.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Antes lo reaccionario era eso que suele llamarse “derecha tradicional”, y la izquierda histórica -que echó a rodar el rótulo para erosionar a sus contradictores en el siglo XX- lo institucionalizó.  Así, todo aquel que “reaccionaba” a propuestas que no siempre encajaban con lo instituido o lo institucional y establecido era condenado con el anatema de reaccionario.  Debe aclararse que cuando se habla de izquierda histórica no se refiere al origen del término en la Revolución Francesa y al parlamento que surgió de la sangrienta experiencia modernizante, el cual por locación de origen y pensamiento sobre lo político distribuía en topografía las posiciones de las sesiones para legislar sobre el nuevo modelo de sociedad. Se trata para perfilar el contenido del término empoderado de aquel anatema que surge de la Revolución Soviética insertada en Rusia e incluye al llamado socialismo real, el trotskismo y otras pensamientos de similar pelambre hirsuta para valorar a la diferencia que los interpela.

Hasta mayo del 68 y en especial a partir de la emblemática caída del Muro de Berlín el término fue virando de sentido. Pero los antecedentes están presentes desde antes del cambio de paradigma, la izquierda de Europa occidental y los cambios en la espistemología, sobre todo a partir de las concepciones cuánticas que mostraban una realidad física a veces diametralmente diferente en el microcosmo, hicieron variar los emblemas lógicos que venían desde los griegos y se afirmaron en el pensamiento tomista: puede haber varias maneras de concebir la realidad porque la misma realidad es cambiante en la sincronía y estas composiciones múltiples de lo real pueden convivir. Una  forma de relativismo, claro, pero al tiempo un bálsamo que venía  a justificar el viejo planteamiento de la democracia: distintas realidades y visiones pueden estar vigentes en un mismo  espacio y tiempo, además no hay verdad absoluta en la experiencia, diría Ludwig Wittgenstein, todo es juego de lenguaje. Es más, es bueno que eso sea así. La diferencia adquiría en ese giro una legitimidad incontrastable. Cualquiera podría  entenderlo así, menos los brutos por sustracción de materia y los reaccionarios, que a veces son lo mismo.

Sin necesidad de asistencias teóricas, a mediados del siglo pasado en una Argentina en la que se había interrumpido mediante un golpe el gobierno legítimo, aun con sus desviaciones y excesos, se reprimía de manera brutal a los sectores sociales que apoyaban las tesis sociales del establecimiento caído. En contraposición, los humildes, los descamisados y trabajadores  que galvanizó el discurso de Eva Perón, organizaron de manera intuitiva o  a través de entidades sociales que sobrevivieron, lo que se llamó Resistencia Peronista, vigente durante buena  parte del exilio del líder de ese Movimiento, es decir hasta inicios de los 70. En paralelo temporal, en un programa cómico radial argentino de difusión nacional, se emitía como cortina musical una canción compuesta por Aldo Camarota y Armando Libreto que decía “...deben ser los gorilas, deben ser...” para definir aquello que podía inspirar desconfianza, temor o constituía una amenaza para la persona así como para el conjunto social.

El estribillo trasladado al humor popular hizo carrera y la militancia peronista en resistencia lo adoptó para definir a aquello que impugnaba con nombre propio. Eran “gorilas” los reaccionarios, aquellos que birlaban derechos legítimos, negándolos, y aquellos que reprimían sin medida y con pena de muerte implícita a quienes con razón los impugnaban . El término hacia los años 60 pasó desde su origen peronista al uso de la izquierda generalizada y de la mano de John William Cooke llegó a La Habana para insertarlo en el discurso y pensamiento de Ernesto “Che” Guevara y de Fidel Castro. En los años 70 desde la isla se señalaba a los jefes de los gobiernos militares de Sudamérica y de América Central como “gorilas”. Pero el término fue cayendo en desuso por parte de la izquierda, en parte porque aquellos nostálgicos del socialismo real estalinista vieron que ese látigo de sentido se volvía de manera irrefrenable sobre ellos. La evolución de los hechos en el último tramo del siglo del siglo pasado terminó de torcer la comprensión sobre la máscara recurrente del relato izquierdista, terminando también de revertir el tramo que faltaba para el giro copernicano del término “gorila”.

Las nuevas realidades permitieron dejar en limpio que aquellos que levantaban banderas revolucionarias eran en su esencia más reaccionarios que los condenados de  la primera hora  del relato ideologizado. No debe olvidarse que durante más de dos décadas en Cuba, por ejemplo, estuvieron prohibidas las obras de Borges, Freud, Habermas, Gramsci y en general todo aquello que pudiese de alguna manera cuestionar la ortodoxia, la “línea” del partido anclado en aquel socialismo real de cuño reaccionario. Vale decir, aquel metarrelato ideológico y su mala praxis de Estado, en lugar de ampliar las para ellos condenables libertades burguesas, sencillamente las negaban. En especial la de pensamiento, y en cadena las restantes. Alguna vez Castro señaló cuando se lo cuestionaba por este tema en la Isla, que: “la democracia tiene muchas maneras de concebirse” y negar derechos como hacían sus reaccionarios parecía en esa alambicada lógica una de tales concepciones. Los balseros en los 80 y más adelante las llamadas “Damas de blanco” -reproducción en el polo opuesto de las argentinas Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo- le dieron más evidencia al giro lingüístico.  

La historia de negaciones, exclusiones y atropellos y violación de derechos humanos se repetían, pero al revés: ayer como tragedia y entonces tanto como ahora, en tragedia ampliada y reiterada en esas nuevas sociedades que respondían al discruso contestatario. Estos revolucionarios de ahora con una mirada esquizofrénica sobre la evolución de lo social, fueron y son los nuevos gorilas, los neogorilas. No otra cosa representan éstos que ahora levantan en Venezuela al llamado  Socialismo del siglo  XXI, una manera remozada en apariencia del vetusto y criminal socialismo real estalinista que aún se fogonea desde Cuba. La represión militar y la masacre por hambre no hacen otra cosa que desenmascarar el discurso trágico, el “metarrelato” del neogorilismo y de sus miserias inocultables, que en este caso sigue cargando la posverdad de la reivindicación de los  desamparados y de la justicia social. Un precandidato presidencial colombiano cercano a las Farc -las de siempre- don Carlos Lozano, dijo en fecha reciente que en Venezuela “se afirma la democracia”. Opinión similar a la de la señora Piedad Córdoba. No hace falta más para perfilar la imagen de lo que son los neogorilas del presente (aresprensa).

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VÍNCULO DIRECTOLOS KIRCHNER, EL HAMPA COMO RAZÓN DE ESTADO III // RUSIA UN SIGLO DESPUÉS 
Actualizado: domingo 21 enero 2018 15:54
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