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EL PEOR BOLÍVAR

ACTUALIDAD  //  Publicado el 18 de mayo de 2019  //  19.00 horas, en Bogotá D.C.

 

EL PEOR BOLÍVAR

 

Uno de los problemas que se presentan para leer el pasado y tejer el presente en una posibilidad que pueda apuntar a un mejor futuro, es el de los mitos fundacionales. Esos que presentan una historia con grandes hombres que deben superar dificultades en apariencia insuperables y que lo hicieron -según ese metarrelato- animados por una subjetividad ejemplar en lo ético y político, para mostrar el sendero que deberían transitar las generaciones que los suceden. Se supone que eso sirve para construir una identidad que aunque siempre esquiva es necesario mantener para que sea eje de orgullo ante los propios y también ante quienes no lo son.  Es decir, esos mitos servirían para construir una idea de nacionalidad por naturaleza en equilibrio relativo y en su tiempo requerida de armar con urgencia para los países de América, en particular los de herencia española. El principal sujeto de mito sudamericano y protagonista de esos forzados imaginarios es Simón Bolívar, un prócer que carga con una saga de doble faz: el héroe de la independencia y el otro, el peor, el bárbaro de la “guerra a muerte”, que dejó una irredimible estela de sangre velada por el relato oficial. 

 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

 

Es a partir de ese nombre que surge la polémica a propósito del llamado Bicentenario de la independencia de Colombia, que se cumple por arbitrio de tácito consenso en agosto de este 2019. El hombre de Caracas fue polémico en su tiempo y lo ha sido hasta hoy. Lo es más cuando la actual saga vigente que atormenta a Venezuela, decidió investirse de “bolivariana”, por decisión propia y de la misma forma como hacen de  vez en cuando sus socios de los grupos subversivos colombianos. El mito fundacional da incluso para eso porque es su naturaleza el tratar de concitar formas de pertenencia a una comunidad, que en modernidad es también sospechosa porque en el sensorium moderno la idea de lo social se basa, entre otras cosas, en el individuo y no necesariamente en el grupo de la comunidad cerrada e irrenunciable.

Para empezar es bueno señalar que lo que se conoce y se divulga en los textos de historia de estos maltratados países -maltratados por sus propios nacionales, en primer término- como guerra de independencia no fue tan “popular” como en esas líneas se enseña y se repite al infinito, sino que más bien fue al contrario. Baste señalar que para el caso de la Argentina, la partición de lo que fue el Virreinato del Río de la Plata para generar 4 países -cuatro- estuvo marcado por eso del apego a la soberanía del rey y no tanto por estar en contra de la hegemonía de Buenos Aires, lo cual también generaba rechazo. Incluso los independentistas de esa primera hora, algunos de los más importantes en la zona austral sudamericana, pensaron llevar a Buenos Aires a Carlota Joaquina, la emperatriz del Brasil con linaje borbónico, para que arreglase el zafarrancho que habían armado los dirigentes porteños. Lo mismo ocurrió con otros matices en el Perú, en Quito, e incluso en Colombia.

Ni hablar del muy realista Alto Perú y eso en contradicción con el hecho cierto de que las primeras manifestaciones de ruptura con el orden español se produjeron en Chuquisaca, en 1809. Aquellas gentes, no  necesariamente los ilustrados, en buena medida se apartaron de la idea de fundar un estado con esquema parecido al que surgió por aquel tiempo en Francia o los Estados Unidos. Eso fue evidencia no solo en el sur colombiano con epicentro en Pasto, sino también en Santa Marta, e incluso en Bogotá hacia 1814 y después, hasta la definición de 1819 en la escaramuza de Boyacá. La población -no los pueblos- las “gentes”, no discutían la soberanía del rey y en todo caso discutían los excesos y abusos de la administración colonial al igual que a sus funcionarios, pero no al monarca ni a lo que se consideraban sus “derechos”.  

En la misma línea de criterios puede señalarse que eso de lo “popular” que hoy enarbolan la subversión y buena parte de la izquierda impugnadora de los sistemas republicanos vigentes no existía para la época, ni como concepto ni como la necesaria sensibilidad que sirviese de pegamento para enarbolar tales banderas. Los “pueblos” tan caros para el discurso disolvente de los contestatarios contemporáneos fue una figura que hubo de construirse después, precisamente con la ayuda del mito fundacional, para señalar que la lucha había sido justa y justificada a plenitud. Pero el historiador Bushnell, entre otros y a quien no se podría señalar de “revisionista” latinoamericano para descalificar un prístino metarrelato histórico, ha dejado bien claro que en no pocas ocasiones las tropas de los ejércitos de la independencia fueron en el inicio simples montoneras arreadas en la confusa coyuntura.

Aunque no se diga de manera directa esos pobres jóvenes, a menudo menores de edad, fueron obligados a engrosar las filas de los caudillos de esa saga, convertidos en militares de circunstancia, dueños de haciendas y por lo tanto -de acuerdo con las costumbres de época- dueños también tanto de vidas humanas como del ganado de sus tierras. No pocos historiadores dicen  bien claro que los presuntos heroicos soldados henchidos de patriotismo eran llevados a veces al combate con el ejercicio previo de la fuerza -pues eran “vagos y malentretenidos”, según la frase de San Martín- con chuzas y lanzas sobre la espalda, por las dudas. Algo parecido a lo que aconteció con los jóvenes soviéticos en Stalingrado y otras batallas de la Segunda Guerra. No se puede pasar por alto en este comparativo distante, que el héroe de la defensa de Moscú, Andréi Vlásov, se pasó  al bando alemán para comandar a dos divisiones de rusos que pelearon junto a los alemanes, buscando derribar a Stalin y no necesariamente en contra de la Madre Rusia.

Vale considerar esos otros mitos del último gran conflicto universal para volver a aquello tan reiterado al escribirse de las guerras, sobre el sacrificio de la verdad. De  regreso al tema que ocupa estas líneas conviene señalar que era natural que las comunidades afro esclavizadas y los indígenas, nada quisieran saber de independencias nacionales pues a las primeras el sacrificio exigido no les aseguraba la libertad eventual. En tanto que las segundas tenían garantía de sus derechos bajo la tutela del rey. El rechazo a los advenedizos por parte de los sectores iletrados y no tanto, lo demuestra no solo el Alto Perú y en especial el Perú -que frenó primero a José de San Martín y puso en aprietos a Simón Bolívar- hasta que la división del ejército realista en dos bandos permitió los hechos de Junín y Ayacucho. Para la muestra baste señalar que después de la última batalla en la sierra peruana, las dos partidas de soldados que envió Sucre hacia Lima para informar de la victoria, fueron neutralizadas por los habitantes de las aldeas indígenas que estaban algo más abajo de la planicie que fue escenario de la derrota realista.

No sobra decir que los ejércitos del rey estaban compuestos en su mayor parte por criollos americanos que eran afines a esas banderas y no tenían, para nada, mayoría peninsular. Además, desertaban con tanta frecuencia para cualquier lado o de un bando al otro, que se convertían en dolor de cabeza para los jefes de las dos orillas. Lo de las montoneras, señalado en líneas anteriores, queda como evidencia en el hecho de que el primer ejército como tal y vestido con uniforme como tal, fue el que partió de Bogotá para llegar a Carabobo, en 1821. En la etapa previa no hubo nada parecido y la ferocidad de la “guerra a muerte” que decretó Bolívar con sus fuerzas en contra de sus enemigos en Venezuela eran eso, una tropa levantada a volandas, sin disciplina ni miramientos al momento de ejercer el pillaje. Acorraladas por el rechazo de buena parte de la población local, los bolivarianos acudieron al terror para obligar el apoyo y fue así que Venezuela se convirtió en el país que hizo el mayor sacrificio de vidas civiles en aquella primera confrontación histórica regional y generó una sombra negra sobre el terrorífico Bolívar en toda América.   

Algo que continuó después, negada en parte con una sobrevalorada porción del mito salvífico y encubridor, con lo que fue la participación de británicos -de manera específica irlandeses- que eran mercenarios con derecho de saqueo, como también era habitual para la época. Una carne de cañón europea que en parte fue incorporada al batallón “Rifles” y que aunque llegó hasta el Perú fue siendo desmantelada en diferentes enfrentamientos, como Carabobo y Bomboná, hecho de armas este último que se sigue siendo presentado como un logro militar republicano, cuando en realidad fue una victoria de los pastusos. Pero es bueno retomar aquello de la guerra a muerte y a las montoneras de Bolívar. La imposición del terror sobre la población civil fue una táctica del caudillo venezolano no solo ante la certeza de que las gentes no le eran favorables sino además para imponerse a la ferocidad con que le hacían frente los partidarios del rey, en particular con Boves a la cabeza.

Ahí no acaba  todo. El rechazo a los libertadores era tan virulento en la época que lo ocurrido en el cadalso con la “Pola” -Policarpa Salavarrieta- dice mucho de lo que el grueso de los habitantes de Bogotá pensaban de quienes complotaban contra la figura también mítica  pero en sentido inverso, del rey que tenía residencia  en Madrid, y quien por entonces era un cautivo de Napoleón. La ya referida  política de espanto que aplicó el  cruel caudillo mantuano en su primera llegada a Bogotá, en 1814, fue de tal magnitud que le puso sitio a la ciudad y ordenó a sus subordinados la imposición de dos días de pillaje, incendio y violaciones, que cumplieron a cabalidad. Por eso, no debería resultar extraño que los santafereños de la época poco o nada lo apreciaran. En definitiva, ese Bolívar es el que emulan los actuales bolivarianos de Caracas y la subversión colombiana que está con ellos asociada. Son en realidad sus fieles y perversos herederos (aresprensa). 

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Actualizado: jueves 23 mayo 2019 08:43
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