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EL REY NORUEGO DECIDIÓ BIEN

Publicado el 23 de mayo de 2018 // 19.15 horas, en Bogotá D.C.

EL REY NORUEGO DECIDIÓ BIEN

Las películas noruegas no llegan tan seguido por estas latitudes y ver una de ellas es toda una novedad de buen recibo, porque no  es fácil suponer que los vecinos carnales de Suecia, quienes fueron parte de la misma nación  hasta iniciarse el siglo XX, nada hubiesen aprendido de sus hermanos en eso de hacer buen cine, pues también en esos menesteres suelen ser eficaces los nórdicos. Por  fortuna, la película “La Decisión del rey” trae una historia poco conocida en sus detalles íntimos por nuestra parte, pero mucho en su contexto amplio. Se trata de la lucha de Noruega por sostener su neutralidad en el inicio de la Segunda Guerra Mundial, ahogada por circunstancias en contra y sin muchas esperanzas de éxito. En el centro de escena, el monarca del país, elegido por su pueblo y de origen danés. En tanto su hermano, el rey de Dinamarca, negoció con los alemanes favorecidos por la victoria en el inicio de contienda, la ocupación de la península continental vecina.

Escribe: Santiago NEMIROVSKY

El director Erik Poppe dice de lo sucedido durante 3 días de abril de 1940, y de las angustias de un gobierno noruego que desgrana las últimas horas previas a la llega imperativa e invasora de las tropas germanas al país de los fiordos. El cruce de criterios morales, psicológicos y políticos se entrelaza con un panorama sombrío y de presagios aciagos, pues nadie duda de la de la invasión inminente, ni de la capacidad casi nula para hacer frente a poderío alemán que inicia su avance en toda Europa. Hitler desde Berlín jaquea las decisiones del rey Haakon VII, quien quiere mantener la neutralidad de su reino, en tanto que el jefe alemán pretende no solo la sumisión de Oslo sino la misma cabeza del monarca. Tal como siempre sucede en estos casos, en la hora de la confusión y la angustia hay quienes dentro del gobierno plantean doblegarse, en tanto que otros no. El rey debe transitar en el tiempo difícil una delgada línea tan roja como sinuosa y sin garantías hacia los riesgos que están todos flancos, el frente y la retaguardia.

El monarca también quiere evitar un derramamiento de sangre que afectaría sobre todo a su bisoño y casi desarmado ejército, así como a los civiles. Es que esa monarquía puesta en un extraño cruce del destino es todo menos una monarquía tradicional. En primer termino, fue elevada en su trono por voto popular, al menos en lo que hizo al primer mandato, para seguir después la tradición hereditaria. Algo impensado incluso para esta época y mucho más para los monárquicos de un siglo atrás. Eso sucedió en 1905, cuando noruegos y suecos partieron cobijas y pasaron a ser estados vecinos pero no revueltos. Así, los noruegos decidieron que no solo era buena la monarquía para que los condujese como una nueva nación sino que también era bueno que el rey que no tenían, fuese el hermano del monarca, Christian X, de otro vecino: Dinamarca. Las urnas ratificaron el giro institucional y todos fueron felices, sin entrar en los conflictos de la Primera Guerra Mundial y sin imaginar lo que les esperaba un tiempo después, al iniciarse la Segunda.

Fue en esa cruda circunstancia que se puso en juego el fuste de aquella novel monarquía que las fuerzas de la historia pudieron haber triturado en la circunstancia, pero que sobrevivió hasta el presente, en buena medida por las decisiones que se adoptaron en aquel tiempo sin reversas de la historia. La firmeza en las decisiones del rey Haakom me hicieron recordar a aquel expresidente argentino, don Hipólito Yrigoyen, quien también al promediar las primeras décadas del mismo siglo pasado debió hacerse fuerte bajo la consigna: “que se quiebre, pero que no se doble”. Ninguno de los dos transaba con sus principios en la momentos difíciles. En el relato fílmico el rey de Noruega busca sostener la difícil neutralidad abandonando la capital asediada por los paracaidistas alemanes, los buques de su armada sobre los puertos y el embajador de Berlín, buscando un acuerdo que permita la salida política frente a la opción militar. Son el diplomático germano y el rey los únicos que aparecen lúcidos en la hora oscura.

 

HAAKON VII

Pero el trabajo del diplomático en esos instantes es quizá el más complejo: debe sortear la presión del mando militar propio, buscar una salida honorable para el rey y su familia, en paralelo con el propósito de Berlín de sumar a Oslo a su ajedrez bélico, y todo ello contra el tiempo escaso y las primeras escaramuzas entre las tropas de los dos países. Para ello, el embajador debe torcer la tosudez de valores del monarca, quien ya sabe que su hermano claudicó en Copenhage y que su margen de maniobra es nulo en la práctica, puesto que ya los alemanes han comenzado a ocupar el país bajo su reinado. En el entretanto, la familia real huyó salvo su hijo, el príncipe heredero, y cruzó la frontera con Suecia, que aún podía defender su propia neutralidad. El embajador alemán recuerda a figuras como las del mariscal Erwin Rommel: leales con su país, pero no fanáticos ciegos de ideología. La trama busca poner las cosas en su lugar para un relato poco conocido y con frecuencia cargado de prejuicios en sus derivaciones posteriores y el relato del vencedor a la postre.

En el momento de las decisiones definitivas, el príncipe heredero decide unirse a las tropas locales y prepararse para combatir. Haakom piensa asumir el mismo empeño y adopta un camino diferente al de su hermano en Dinamarca. Al reunirse con el embajador alemán le manifiesta que el ser rey de Noruega no lo pone en el papel de dueño del país. Le precisa al adversario que él fue elegido de manera democrática y eso le exige unos deberes especiales que no pasará por alto, pues apoyará al gobierno constitucional aunque no coincidiese con sus planteamientos políticos para afrontar la crisis en desarrollo y de ninguna manera respaldará al gobierno títere que impondría Alemania, con Vidkun Quisling a la cabeza . Una verdadera lección para tiempos difíciles. El casting del filme resulta un acierto con la selección del actor danés Jesper Christensen, y su asombroso parecido con el rey Haakom. Un veterano que viene de las tablas, donde tuvo a cargo papeles de obras de Shakespeare, Molière, Chejov y Sartre, entre otros. Para la gran pantalla hizo trabajos con grandes nombres del cine de los países nórdicos, tales como Liv Ullmann y Kaspar Rostrup (aresprensa). 

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Actualizado: domingo 27 mayo 2018 08:58
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noruega haakon VII

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