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EL SALVADOR APARTA DEMONIOS

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 05 de febrero de 2019  //  21.19 horas, en Bogotá D.C.

 

EL SALVADOR APARTA DEMONIOS *

 

Es otro campanazo y un nuevo giro del timón en el subcontinente: El Salvador se aparta de una tradición política que surgió del final de la guerra civil de fines del siglo pasado y . Es un rechazo a las grietas de pensamiento que generan orillas írritas, en tanto fracturas sociales y de visión que parecen inconciliables y que la dialéctica entre derechas  e izquierdas que han determinado buena parte de la discusión de varias décadas en América Latina, bien pueden ser superadas con el voto masivo de las nuevas generaciones que rechazan esos enconos y el peso de la pugnacidad tanto del inmediato pasado, como del preseelige una fuerza alternativa que no está satisfecha con la extrema derecha que enfrentó a los armados ilegales del añejo Frente Farabundo  Martí, ni con los herederos de este último. No es poca cosa,  porque eso que ocurre en uno de los países más pequeños de la región y también uno de los más desiguales y violentos, envía un mensaje de tremendo impacto al vecindarionte fugaz. No cabe duda que en el voto de repudio a la tradición política está presente el drama que viven la  cercana Nicaragua y la próxima Venezuela, esos demonios.

En el caso del polo contestatario y de su arista hirsuta, sobretodo después de la Revolución cubana y de su impulso fuerte, renovado y radical en lo ideológico, a partir de la creación del llamado Foro de  São Paulo, al terminar al primera Guerra Fría que acabó con la Unión Soviética y su hegemonía mundial. En el caso del polo opuesto, porque la tolerancia con la corrupción que carcome a las instituciones que de esa forma se apartan del juego democrático. Eso junto con el crecimiento incontrolado de la violencia, aparejado con la  afirmación de organizaciones delictivas “paraestatales” -eso son las famosas maras- que también lucran con el establecimiento político, generando una decepción irreversible en el ciudadano común. Esas agrupaciones en la sombra relativa controlan espacios y flujos de población y de recursos sin que hayan podido ser controladas, en parte por sus ramificaciones que alcanzan a los dispositivos estatales en una suerte de perversa connivencia basada en la dinámica corrupción-impunidad.

En ese conjunto erupcionan fenómenos inesperados. Así ocurrió en Venezuela hace dos décadas y surgió Hugo Chavez, con sus bolivarianos, para  peor. Eso mismo sucedió en la Argentina con el peronismo transformado en kirchenerismo delictivo, que permitió la emergencia de Mauricio Macri y también ocurrió en Brasil como degradación de la esperanza en una izquierda que se creyó salvífica, para abrirle paso a Bolsonaro. Ahora emerge el fenómeno Nayib Bukele en El Salvador y sus promesas de campaña exitosa apuntaron a todos esos males que hieren la original ambición democrática y la horadan. En eso está fincado un éxito que le permitió sumar más votos que las dos grandes fuerzas  tradicionales del país, surgido de la confrontación fratricida. Todos, incluido el presidente que deja el cargo, participaron de aquella lucha que ensangrentó al diminuto país. Ninguno pudo cambiar el rumbo en el que ya venía incluso en tiempos del mayor enfrentamiento. Cabe pensar entonces que la referida decepción y el rechazo están fundamentados. Queda por ver si el nuevo mandatario podrá sacar adelante la esquiva esperanza.

Aunque el Tribunal Supremo Electoral (TSE) aún no ha dado cifras definitivas sobre el resultado del proceso electoral que se cerró el domingo pasado, ya los dos contendores superados en la puja reconocieron al candidato de ascendencia palestina -ancestro musulmán, experto en manejo de redes- como el nuevo presidente del agitado país centroamericano. Antes del veredicto final de la autoridad correspondiente Bukele tenía una ventaja del 53 por ciento sobre sus rivales y en efecto sumaba más votos que ellos, en un sistema electoral en el cual la mayoría  simple por encima del promedio aritmético le asegura la victoria. Más allá de ese formalismo, aquel que fue alcalde de la capital -San Salvador- apareció en la palestra como independiente de toda influencia de las dos principales corrientes políticas que manejaron el país desde la paz alcanzada por acuerdos, a principios de los 90.  Ello no obstante un pasado que lo encontró enfilado con las fuerzas de la antigua guerrilla del Martí, hasta que lo expulsaron. Se considera a sí mismo como un hombre de extracción izquierdista pero distante de los maniqueísmos extremos, normales en los radicales de esa facción.

Si se confirmase la victoria de Bukele, el nuevo presidente encontrará unas estadísticas que él no ignora y que asustan, aun cuando no son demasiado diferentes de las de algunos de sus vecinos centroamericanos. Esos números se mueven alrededor de tres pivotes categoriales: bajo crecimiento económico, violencia incontrolable y corrupción. El país tiene economía dolarizada y en el último lustro no alcanzó el 3 por ciento de crecimiento, al tiempo que se señala que las transformaciones que se produjeron durante el proceso de paz, próximo a cumplir 3 décadas, concentró la riqueza y aumentó la desocupación y marginalidad de la población. Este último indicador fue uno de los argumentos que, en su momento, validaron quienes se fueron por el camino de la confrontación armada.  El otro soporte del conjunto de grandes problemas es el de las pandillas que suman alrededor del 1 por ciento de la población: esto es, alrededor de 70 mil pandilleros en su mayoría jóvenes y armados sobre una población que apenas supera los 6 millones de habitantes.

El Salvador tiene el poco halagador pico de ser el país más violento de la región, por encima de Venezuela o Brasil. Los gobiernos previos han llegado incluso a componendas con esas excrecencias sociales y amarrados a esos acuerdos oscuros aparecieron los dedos sucios de una degradación mayor en lo que hace a corrupción. Bukele señala con orgullo que llega para poner coto al poder de los corruptos que acompañó a sus inmediatos antecesores, encuadrados en dos siglas reconocidas: ARENA, la alianza de derecha y el FMLN, de la izquierda con diferentes líneas. El ganador es considerado una suerte de millennial desencantado con el sistema y con un discurso urticante que a veces se parece al de Donald Trump o al de Jair Bolsonaro, en algunos tramos de ambos decires presidenciales. Sus críticos lo señalan, por  eso, de “populista” y también por el hecho de que debería gobernar con minoría parlamentaria. Lo anterior hace que algunos pronósticos y analistas no le auguren éxito, en un país desesperado que ve a diario a miles de sus habitantes engrosando las filas  de quienes emigran en caravana, buscando la frontera distante con los Estados Unidos, para estrellarse contra otra realidad sin esperanzas (aresprensa).

EL EDITOR - febrero de 2019

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES 

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VÍNCULOSTERROR Y...¿VACÍOS DE INTELIGENCIA?  //  SUBVERSIÓN ENCAPUCHADA    
Actualizado: martes 05 febrero 2019 20:44
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