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EL TERRORISMO APRIETA

Publicado el 21 de septiembre de 2017 // 17.30 horas, en Bogotá D.C.

EL TERRORISMO APRIETA * 

La sucesión de ataques sencillos,sin despliegues de tecnología ni pretensiones de espectacularidad, es otra de las tácticas que plantea el terrorismo  de raíz islámica. Ese que  se extiende por Europa pero que tiene propósitos universales y amenaza en todas direcciones. Lo peor de esta secuencia es que la pesadilla continuará y la expectativa siniestra deambula en la inercia de esperar dónde y cuándo será el próximo golpe exitoso. También lo hace sin que los atacados puedan determinar cuál será la herramienta y clave de terror, además de que la espera incluye la zozobra de no saber cuántas y quiénes serán las víctimas que aumentarán la lista que no se cierra, en un callejón sin salida. Ese es el signo de la época y las medidas preventivas por complejas que sean serán apenas atenuantes y sin esperanzas de que el riesgo y la sensación de incertidumbre  termine de una vez.

Lo ocurrido en sucesión hace pocas semanas en España, Finlandia, Rusia y hace pocos días en Londres, apenas es parte de la puesta en escena de segmentos del fundamentalismo musulmán que pretendió superar y desplazar el empeño de Al-Qaeda, tratando incluso de atrapar una territorialidad que esta no tenía y que ahora al Daesh, Isis o como quiera llamarse, se le escapa de las manos por el peso de una coincidencia impensable: algunos de los países árabes y un aporte de coyuntura y parcial como lo es la coincidencia de Estados Unidos y Rusia, en la faena de neutralizar  a una amenaza que se cierne sobre ambos y los otros. El golpe en Europa es decisivo para debilitar a los más grandes e igual de enemigos cervales del Islam extremista, que muestra poca o ninguna intención de negociar sus apetencias. Lo que alcanzan con cada ataque es suficiente, porque para el caso el terror es autosuficiente y es un fin además de un medio en su, para ellos, larga lucha que hunden como causa en la historia más lejana de confrontación con Occidente.  

Los diferentes extremismos que  surgen del credo islámico no son los mismos, pero son iguales en las consecuencias. El ataque de hace más de 20 años  en Buenos Aires no estuvo originado en el maximalismo salafista, de raíz egipcia y saudita, pero la concepción tuvo las consecuencias de siempre. Mientras lo que se ve ahora está vinculado con el sunismo y una ideología originada en la costa del sur mediterráneo y la península arábica, aquel que golpeó en Sudamérica tuvo nacimiento en el shiísmo iraní. El resultado atroz fue idéntico al de sus adversarios internos. Ambas corrientes, las más fuertes del Islam y con soporte de estados con asiento las Naciones  Unidas, se definen como la “fe verdadera”. Siempre estuvieron enfrentados pero en lo que tiene que ver con los “infieles” cristianos la fórmula los lleva a coincidencias de coyuntura. El arma del terror les sirve a ambos si se trata de atacar lo que ellos consideran la degradada moral de Occidente, más ligada a los “planes de Satán” que a un simple proyecto secular e histórico que también tiene origen religioso pero que se plantea la búsqueda de una felicidad parcial y contingente en la tierra ,unida a formas pretendidas de igualdad, justicia y libertad.

Esa diametral concepción sobre la relación hombre-mundo hace irreconciliables las cercanías entre ambas  concepciones y lo que se previó hace varios años como el “choque de civilizaciones”, muestra que el pulso sin salida no es de simples argumentos y discursos, sino que es la barbarie en la manera de manifestar cuáles y dónde están  las diferencias. Algunas  de ellas, están en cierta medida connotadas en los  rituales y resultan incomprensibles para la mentalidad occidental, debido a que las visiones de mundo no solo son antagónicas sino que son poco susceptibles para dejarse anudar en paz. No todo el Islam está atravesado por la matriz mesiánica e intolerante, pero no cabe duda de que el peso específico de la minoría  termocéfola arrastra a los otros que son mayoría en el Islam, aunque incluso pretendan vivir en paz con quienes en las zonas golpeadas les abrieron espacios y posibilidades de armar o rearmar sus vidas. En especial para aquellos que fueron expulsados de sus tierras por enfrentamientos locales que persisten y que las mismas potencias y países atacados incentivaron a partir de la mal llamada “primavera árabe”, de inicios de la década.

Lo acontecido en Barcelona y en otros puntos de Europa, se proyecta sobre lugares tan distantes como Bourkina-Faso y Filipinas. En este último país el enfrentamiento abierto se prolonga sin solución de continuidad desde hace varios meses y hace más complejo el difícil panorama que enfrenta el presidente Rodrigo Duterte, empeñado al tiempo en una guerra a muerte contra el narcotráfico, que deja un elevado número de víctimas en más de un año de gobierno y de cumplimiento implacable de una promesa electoral. Esa continuidad de golpes en el tiempo y de cubrimiento global hace que la zozobra sea  también de cobertura planetaria. Se supone y especula en la siniestra perspectiva de que el golpe sobreviniente podría ser en Italia, pero no, será en cualquier parte y, en especial, donde menos se espera. Tal como se planteó al comienzo, América Latina no está a salvo de la amenaza. Incluso, debe precisarse que hay gobiernos de la región que han estimulado el despliegue de la amenaza, con intención manifiesta o por ingenuidad perversa.

Ambas son marca de culpabilidad por lo que pueda ocurrir sobre América Latina en un futuro no demasiado lejano. En tal sentido, el cono de sombra que al respecto ha proyectado el gobierno venezolano y en particular algunos de sus dirigentes debe no solo llamar la atención sino inquietar sobremanera al resto de los gobiernos de la región. El gobierno bolivariano en reiteradas ocasiones recientes ha sido acusado de prohijar y proteger el terrorismo internacional de procedencia islámica, patrocinando entre otras acciones la entrega de pasaportes a personas sospechadas o acusadas de conformar redes de acción terrorista. Al tiempo, la administración de Caracas que ya opera con desprecio absoluto contra los valores de la democracia occidental en pos de una pretendida “revolución”, tiene claros vínculos con carteles regionales del narcotráfico y se calcula que un 60 por ciento de la  droga procesada que va hacia Europa y hacia  el norte  del continente, circula por redes del país caribeño bajo la mirada y el aprovechamiento personal de algunos de los principales jerarcas del régimen venezolano.  

Antecedentes y síntomas vigentes hacen una sumatoria que permite vislumbrar un panorama oscuro para la zona, que para nada lleva a pensar que los latinoamericanos estén a salvo de lo que ocurre en otras regiones  del mundo. La actitud indiferente o irresponsable  de algunos de  estos gobiernos los hacen cómplices pasivos de los riesgos que están avisando por anticipado. El anterior gobierno argentino de Cristina Fernández, el vigente de Nicolás Maduro en Venezuela, o lo que parece ser la política actual del gobierno colombiano en el sentido de adelgazar la capacidad  de reducir o anestesiar la capacidad de respuesta de sus fuerzas armadas y de seguridad, son suficientes señales de alerta en términos de la exigencia colectiva de mantener la vigilancia sobre las amenazas que puedan favorecer futuros aunque próximos ataques terroristas. Los anuncios de que Roma es uno de los próximos blancos, en especial El Vaticano, no hace más que señalar el espesor de una sombra que se agiganta (aresprensa).

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* La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES  

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Actualizado: jueves 21 septiembre 2017 18:20
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