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ERNESTO SÁBATO: VIGENCIA DE UNA CONCIENCIA CRÍTICA

Publicado el 12 de mayo de 2011 / 17.40 hora de Buenos Aires

ERNESTO SÁBATO: VIGENCIA DE UNA CONCIENCIA CRÍTICA

La muerte de Ernesto Sábato no sólo deja el vacío inevitable e inexorable por la vida que se extinguió, también le deja a la Argentina la ausencia de una conciencia moral en tiempos en que ésta pareciera ser más necesaria, en especial para su patria. El hombre de letras, el artista plástico o el científico tuvieron cabida en el ciclo vital de este hombre,  más  que argentino, latinoamericano y universal. Empero, lo sobresaliente de la vida de este intelectual -en el sentido estricto del vocablo y en perspectiva arbitraria por circunstancias de la historia- fue su papel como personalidad comprometida con sus contemporáneos, capaz de reivindicar la dignidad de la condición humana en momentos sombríos de su país y del continente. Sábato fue la cabeza visible y emblemática del ciudadano que pone en escena la condena a la crueldad y sinrazón de la violencia: la del Estado con pretensión de protección de la estabilidad social y la de los violentos a secas,  quienes al margen de la ley se consideran autorizados y legitimados en el crimen por ser portadores de un mensaje mesiánico.

Escribe: Néstor  DÍAZ VIDELA

En ese sentido Ernesto Sábato no hizo concesiones y al frente de la Comisión de la Verdad señaló los asesinatos y el terrorismo de Estado perpetrados durante la última administración militar de facto que gobernó a la Argentina entre 1976 y 1983 y también tuvo el valor de civil de poner en su sitio a las acciones vesánicas de las agrupaciones terroristas que polarizaron a su país en esas décadas y lo cubrieron de sangre desde antes  la intervención castrense, la  más desastrosa de las varias gestiones al frente del país que encabezaron los uniformados argentinos en el siglo XX.

El Sábato de la literatura deja la memoria de un intelectual que se ganó en la historia de las letras un lugar entre los más destacados.  Aunque su trajinar en la literatura comenzó en tiempos en los que aún no había abandonado la física y cuando esta ciencia no concluía de estremecerse por las propuestas de la cuántica y de la relatividad, debe considerarse a “El Túnel” como su primera novela relevante y de cuerpo entero.

Rechazada por las editoriales argentinas pero publicada por Gallimard en Francia, con el apoyo de crítico de Albert Camus, la obra fue traducida a más de una decena de lenguas y pasó a ser uno de los libros emblemáticos del, para entonces, novel autor. Fueron épocas en las que el existencialismo había calado  como tendencia en el joven Sábato, dejando atrás de manera definitiva su paso juvenil por el comunismo y la pesada herencia que le dejó el estalinismo, al cual impugnó de manera radical mucho antes de concluir la Segunda Guerra Mundial. En realidad su primer libro fue “Uno y el Universo”, puesto en circulación en 1945, en tanto que “El Túnel” fue conocido en 1948, con edición preliminar en la revista “Sur”.   

Sus escritos posteriores y su paso fugaz por encargos administrativos del Estado argentino, siempre terminaron de manera pugnaz por sus críticas a los gobiernos de turno que no excluyeron al peronismo, aun cuando el escritor siempre fue receptivo a la orientación social que le imprimió ese régimen político a sus medidas de gobierno, las cuales calaron hondo en la historia argentina de la segunda mitad de la anterior centuria.

Su segunda gran novela fue “Sobre Héroes y Tumbas”, de 1961, en la que hizo una relación entre la decadencia de una estirpe aristocrática argentina y la intimidad de un héroe trágico y fundacional de la historia argentina: el general Juan Galo de Lavalle, héroe del combate de Riobamba en Ecuador, durante las guerras de independencia. Esta obra fue siempre considerada como una de las más grandes novelas de la literatura rioplatense.  

Claro que para muchos su “Informe sobre Ciegos” –desglosado del título anterior-  fue una sobresaliente y reveladora pieza literaria en la cual la ficción y los paralelos con las complejidades de la sociedad argentina en particular y las latinoamericanas en general, son dramáticos. La alusión a los ciegos que gobiernan el mundo causó polémica en su tiempo, pero nadie ignora a qué y a quiénes hacía alusión la metáfora literaria.

Así, fue Sábato un humanista en el sentido pleno y extenso de la palabra, sin concesiones lábiles a las ideologías predominantes en su siglo de juventud y madurez. Por eso mismo fue crítico inclaudicable y sin concesiones a los excesos cometidos bajo cualquier bandería. Eso le generó la sorda antipatía de quienes tienen sobradas condenas a la criminalidad del adversario, pero un culpable silencio para los criminales propios.

En la hora de su muerte la soberbia de quienes pretenden convertir en héroes a los terroristas que confrontaron de manera bárbara tanto a la sociedad como al gobierno constitucional y a los militares de la época, lo condenaron a una suerte de tácito ostracismo civil y a la perversa intención de olvido o soslayo de la obra y posiciones intelectuales, además de políticas del insigne escritor.

También en el momento de su muerte mantuvieron un culpable silencio las organizaciones de derechos humanos que con tanto ahínco han condenado los excesos militares pero callan los asesinatos perpetrados por los llamados “montoneros” y otros extremismos de izquierda de esa época. Culpa de la que no pueden quedar excluidos los más altos funcionarios del actual gobierno argentino.

Ernesto Sábato es mucho más grande que las miserias históricas y de visión de esos nuevos vengadores, derrotados en lo militar y victoriosos en la guerra política contra la democracia y las instituciones del maltratado país que vio nacer al autor también nominado al Nobel y quien, al igual que Jorge Luis Borges, por causa de los mismos meandros de la mezquindad ideológica jamás lo hubiese ganado (aresprensa). 

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