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ESTADOS UNIDOS, EL HARTAZGO DE LOS VOTANTES

Publicada el 06 de noviembre de 2016 / 20.00 horas, en Bogotá D.C.

ESTADOS UNIDOS, EL HARTAZGO DE LOS VOTANTES

La sensación de degradación es lo que dio color a los debates de las candidaturas presidenciales y de la campaña en general, en el tramo final del camino a la Casa Blanca. Un termómetro que indica las condiciones generalizadas de cansancio y hartazgo hacia los distintos protagonistas de la política norteamericana y a sus liderazgos. La vida personal de los candidatos estuvo por encima de los temas de fondo y del papel de los Estados Unidos en el mundo.  La radicalización del candidato republicano frente al papel de los migrantes y la sombra del racismo como una elongación de lo que fueron las posiciones anteriores del famoso Tea Party, han marcado los pasos de Donald Trump en esta campaña. Las etapas finales de este proceso fueron de alta emotividad puesto que no es posible determinar a priori quién entre los dos candidatos ganará el derecho a ocupar la Casa Blanca. En los últimos días del recorrido, las diferencias previas al vaivén de los sondeos acortaron las distancias entre ambos candidatos e incluso pusieron al republicano en algunos casos por encima de su rival, la poco carismática Hillary Clinton.

Tampoco es atractivo para el votante raso el talante ni el aspecto de Trump y si algo faltaba para restarle imagen, allí aparecieron los exabruptos reiterados del desparpajado aspirante a la Casa Blanca. La búsqueda de electores para el Colegio que define quién será el presidente hace que, más que los votos, lo que se busca es el desbalance de electores a favor, que debe llegar al horizonte de los 270 definidores para poder concretar la aspiración.  No sería la primera vez que un triunfador en las urnas -eso le ocurrió a Al Gore- pierda el favor del conclave electoral y se quede con la fiesta postergada porque el otro volcó en su beneficio la mayoría de electores de estados claves, como es La Florida o Carolina del Norte. La indefinición del voto finish hizo que ambos postulantes se volcasen para buscar esa suma, sin la cual cualquiera de los dos quedaría frustrado en la búsqueda. De cualquier forma, el sabor amargo que deja esta coyuntura histórica de los Estados Unidos tiene ingredientes que no dejan a salvo a ninguno de los dos postulantes.

Clinton representa a la clase política y a las decepciones que han dejado como estela los gobernantes de las últimas décadas, los descalabros económicos, la pérdida relativa de la importancia del país en el ajedrez mundial y la impotencia para resolver problemas urgentes, que incluye el malestar generalizado por el rumbo actual de los Estados Unidos. La experiencia simbólica positiva del primer presidente negro no alcanza para reducir las críticas acerbas a su gestión, situación que aprovechó Trump con rédito a su favor. En la adición, ambos candidatos han aportado a una grieta que se ha formado en la multivariada sociedad norteamericana y la ha puesto en carne viva de cara frente a sus contradicciones, algunas de las cuales se arrastran desde el fondo de su historia. Ha resurgido el racismo, nunca disuelto, y el gobierno Obama ha sido impotente para contrarrestarlo e incluso atenuarlo. El pacto con Irán por su programa nuclear y la pérdida de peso específico de los Estados Unidos en los grandes problemas mundiales, es una factura a pagar por los demócratas que se podría cancelar por ventanilla en estas elecciones.

Si se mira a la región, el acuerdo con Cuba estimulado por el Vaticano fue un revulsivo para la determinante comunidad cubana, tanto de las viejas como de las nuevas generaciones que residen en La Florida, y aparece para no pocos votantes como evidencia de la falta de determinación de la política exterior norteamericana. Esos sufragantes pueden pasar por alto los deslices y boutades repetidas del candidato republicano, sus torpezas discursivas, sus modales palurdos e irrespetuosos con quienes no piensan como él, y definirse por lo que en la hora para esos irritados ciudadanos resultaría un mal menor en el torbellino de la pugnacidad interna que divide hoy por hoy a los norteamericanos.  Las crisis de credibilidad hacia las corrientes políticas tradicionales es moneda de cambio en esta coyuntura y ese es el riesgo principal que afronta la sociedad de los Estados Unidos, que es consciente de sus angustias y no deja de advertir que son peligrosos los caminos por los que debe transitar en el inmediato futuro.

HILLARY CLINTON DONALD TRUMP

                                                                                             

El resentimiento y la frustración pesan en el imaginario del norteamericano medio que resolverá su destino en esta elección. El tema de la inmigración, la disputa por las fuentes de trabajo y el impacto del reacomodamiento de la producción y la capacidad industrial que tuvieron sobre esos flancos de la economía los tratados de libre comercio suscritos por el país en los últimos años, son parte del rechazo a la clase política tradicional. El ciudadano gris del medio oeste norteamericano, el “homero simpson” de esta etapa de la historia acumulada reciente, rechaza de manera vehemente a los representantes del establecimiento al cual hace responsable de los descalabros de las dos últimas décadas. Es por eso que los Clinton reciben todo el repudio del que son capaces esos sectores medios conservadores en sus costumbres y prácticas, las cuales son parte de una mentalidad acostumbrada a la infalibilidad del Destino Manifiesto, que tanto les brindó a lo largo de la historia. Esa es la carga que como lastre debe afrontar la esposa del expresidente en la búsqueda, por segunda vez, de llegar a la Casa Blanca ya no como primera dama sino como titular.

El llamado extremista y populista por el paraíso en deterioro, como el canto de las sirenas, toca partes sensibles de la autoestima de los sectores poco o nada beneficiados con la mundialización de la economía que promovió la clase política de los Estados Unidos, ahora repudiada. La vocación de que la apertura franca del comercio mundial terminaría beneficiando a los norteamericanos, quedándose ellos con la parte del león, despierta hoy marcados resquemores ante el ascenso de China -en especial, aunque no es la única economía emergente- y la invasión de productos de consumo de procedencia oriental, en particular hacia el mercado estadounidense. Un elemento que le pone límites, después de muchas décadas, al sueño norteamericano. El mito relativo de una estabilidad sin fisuras de la economía hace mucho tiempo que cayó y el derrumbe financiero de la década pasada aún no termina de cerrar su oscura página en lo que hace a consecuencias todavía amenazantes, después de más de un lustro.

Barack Obama no pudo restañar heridas en el marco de un déficit fiscal insuperable, que pesa sobre la credibilidad interna e internacional, el cual la nación norteamericana arrastra como una letanía sin final. En ese marco, surgió la posición hirsuta de un Donald Trump que acudió como uno de los ejes de su campaña a la búsqueda de culpables de los muchos problemas que afectan a los Estados Unidos y al látigo de los señalamientos excluyentes y discriminatorios sobre los más débiles, como lo son los inmigrantes, en un país que se construyó sobre el aporte de los desarraigados, desde el fondo de su historia. El señalar las miasmas de la clase dirigente, personificadas ahora en la señora Hillary Clinton, le ha reportado indudables ventajas a Trump en el favor de los votantes inconformes y la franca actitud de repudio al stablishment. Pero al tiempo, esa posición radical del candidato republicano le ha permitido a Clinton hacer converger el voto de los discriminados, entre ellos los latinos, quienes no quieren a la candidata demócrata pero menos quieren al rival. En ese marco y como paradoja, no se votará esta vez a favor de alguno de los dos postulantes sino en contra de uno de ellos (aresprensa).

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