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FIDEL CASTRO SE VA

Publicado el 20 de septiembre de 2006

FIDEL CASTRO SE VA 

No se trata de la desaparición física del hombre, aunque ésta pudiese estar cerca. Tampoco se trata de pensar en la conclusión de una etapa. Ello a despecho del mesianismo y de la carga de romanticismo, a veces con aureola perversa, que enmarcó la totalidad del proceso histórico de la llamada Revolución cubana. Es necesario pensar ahora en horizontes que van más allá del deseo, también perverso, que algunos puedan tener al esperar la muerte de una persona.  

Ha sido medio siglo, en términos redondos, en los cuales la historia de América Latina ha estado determinada de manera directa o indirecta, con reacción o aceptación, por el ciclo vital y el nombre de Fidel Castro. Esa es la impronta que pesa en la sensibilidad de los latinoamericanos y la que determina el imaginar con cuidado el futuro

Aun cuando muchos no quisieran aceptarlo, el proceso que se inició en la Sierra Maestra, cuando concluía la Guerra de Corea, ha sido un denominador común, tal como lo es, con distinto rango y trayectoria, la presencia norteamericana entre todos los americanos no sajones: determinante. 

En general, los pueblos de América y en especial sus dirigentes, que son quienes toman las decisiones que vuelcan la aguja de la historia, tampoco atinan a desatar las diferencias que expresan una u otra parábola de Weltanschauung sobre la modernidad de esta parte del mundo. Nada más diferente que las concepciones de  George Bush junior o el presidente Hugo Chávez para entender las fracturas de concepción con las que se abordan los problemas de la humanidad.  

Entre ambas líneas de entender el mundo hay separaciones abismales. Las formas de concebir la solidaridad, el desarrollo, la democracia y la idea de sociedad civil son, en buena medida, opuestas en términos diametrales y los puntos en común, para construir nuevos sentidos de lo social, se siegan entre sí. Son antitéticos.  

Por eso es que el eclipse de una de esas  lógicas de entender el mundo, la que expresa Castro, desequilibra la sensación de tranquilidad en tensión con la que los latinoamericanos hemos doblado el siglo.   

Uno de los determinismos mejor logrados, si así pudiera decirse, de esas concepciones opuestas es la expresión ideológica cubana en la cabeza del dirigente máximo de la isla, quien  ya no nos parece eterno. En esa expresión, como queda dicho, el desprecio o el desconocimiento del estímulo al desarrollo de formas de sociedad civil es uno de sus puntos destacables.  

Si el deber ser de una sociedad civil es la democracia plena, no puede haber democracia, cuando al espacio para el debate y la interacción abierta lo ocupa el caudillo que dispone del Estado como una suerte de botín unipersonal o de nomenclatura. Condiciones  que, en buena medida, lo convierten en dueño de vidas y honras de sus subordinados civiles. Nada más distante de una democracia real, en la cual el ciudadano es sujeto autónomo y crítico constante de sus gobernantes sin renunciar a esa unidad de “comunidad imaginada” que es la nación.

Dentro de tal  marco no es posible, de ninguna manera, hablar de sociedades ni de democracia. En todo caso, sí es posible hablar de pueblos y, peor aun, de “gentes”, entendidas como núcleos humanos agrupados al margen de las entidades políticas que desarrolló el pensamiento moderno y anclados en un tiempo en el que la subalternidad al déspota era lo que marcaba la historia. Esta condición de vasallaje simbólico no varía, incluso cuando el déspota tiene algún grado de Ilustración y su propósito es altruista hacia los relegados por el atraso.  

Pero, al tiempo ¿cómo negar que con ese alto precio de renuncia a la dinámica democrática tal como se construyó en el occidente contemporáneo, se alcanza una justicia social que, aunque gris,  es también aspiración de la modernidad Ilustrada? 

Por ello es que, cuando la vitalidad del viejo dirigente cubano comienza a manifestar la cercanía de un desenlace natural en la parábola de cualquier ser humano, surge la inquietud por los balances y el futuro, tanto inmediato como distante.  

Sobre el futuro las preguntas se agrupan en temáticas que señalan su herencia en el Continente. Desde Chávez a Evo Morales las preguntas se llenan de contenido sobre los horizontes de pugnacidad con los Estados Unidos y la acumulación de poderes en gobernantes que han llegado al poder por la vía democrática, pero cuyos derroteros giran hacia el pasado al restablecer las viejas prácticas de subalternidad política, preñadas por el discurso de la caridad que relega la práctica filantrópica propia del desarrollo y el progreso, tanto horizontal como vertical.   

Pero los riesgos por estas aventuras políticas y geopolíticas no concluyen en ese terreno. Una alianza estratégica entre el Islam radical que, entre otros encabeza Irán, junto con el interés, tanto de Venezuela como de  Cuba, por desarrollar recursos energéticos estratégicos, al tiempo que alternativos, que le agregan una cuota de incertidumbre a la situación vigente.  

El explícito eje entre Caracas y La Habana deteriora aun más el aislamiento de medio siglo en la isla pero, de manera simultánea, profundiza  las dificultades que acompañan las relaciones del gobierno de Caracas con algunos países de la región. Panorama éste que  embarga de inquietudes a las cancillerías vecinas y a sus gobiernos. Entre éstos, el de Colombia que, más allá del nexo pragmático que mantiene con su belicoso vecino, no está a pleno resguardo de incidentes que abran las diferencias implícitas tal como la ocurrida en días cercanos, con el interés denunciado por un funcionario de alto rango en Bogotá sobre un eventual enriquecimiento de uranio posible de producirse bajo convenio entre Venezuela e Irán.  

Por ello, en este caso,  no es la presencia o ausencia concreta del sujeto del destino lo que debe preocupar,  sino  el hecho mismo de que Castro ya comenzó a despedirse y lo que viene es un presente próximo a pisar sin el caudillo que puede adornar, y adornará seguramente, muchas más piezas literarias sobre este continente de dictadores y delirantes (aresprensa.com)

EL EDITOR 

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a veces con aureola perversa

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