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FILIPINAS O "MAHARLIKA", BÁRBARO CAMBIO

PATRIMONIOS CULTURALES  //  LENGUA ESPAÑOLA EN FILIPINAS  //  Publicado  el 04 de julio de 2019  //  07.00 horas, en Bogotá D.C., Colombia  //  20.00 horas, en la República de Filipinas

 

FILIPINAS O “MAHARLIKA”, BÁRBARO CAMBIO

 

No es noticia que las medidas de gobierno, actitudes, gestos y salidas del presidente Rodrigo Duterte se salgan de lo políticamente correcto y lo pongan -en realidad , él mismo se pone- en una  delgada línea roja, cercana a veces y plena en otras, a la barbarie sin predicados. Ahora  tiene in mente una de esas extravagancias sumadas para la repulsa de muchos en el mundo, pero que también le generan apoyos indiscutidos en el interior del distante país con tan exótico mandatario: cambiar el nombre histórico del archipiélago, Filipinas. Optaría por otro ligado con el floclorismo lingüístico y con la evocación del dictador Ferdinando Marcos:  “Maharlika”. Duterte pone así énfasis a la displicencia consciente ante la herencia hispana y olvida con buena memoria que su nombre es de origen español  inconfundible al igual que el de Marcos.

 

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

 

Alude Duterte a la presunta barbarie de la conquista y colonización española y a  la necesidad de borrar el dolor que arrastraría la evocación de esa herencia en no pocos filipinos. Legado que se cortó de manera abrupta, y esa sí bárbara, en 1898 con la llegada de los estadounidenses. Fue  esa llegada la que abrió un violento cuadro hasta 1945, con el traumático agregado de la irrupción japonesa durante la Segunda Guerra Mundial. El nuevo exabrupto del ejecutivo oriental tiene precedentes permanentes a lo largo de su mandato que ya cumple tres años, los cuales no fueron novedosos porque los había anticipado durante su campaña electoral para alcanzar el palacio de Malacañán. Lo hacía en su gestión de alcalde de Dávao, en la sureña isla de Mindanao, sobre el extremo sur del país que conformó e integró España, en un proceso varias veces centenario y en el que México hizo un aporte fundamental. Duterte hace mutis de manera evidente y sibilina frente al holocausto que perpetró la ocupación norteamericana durante algo más de cuatro décadas, en el siglo pasado.

Duterte había dicho sin empachos y en campaña que aplicaría pena de muerte sumaria a todos aquellos que se dedicaran al negocio del narcotráfico, sin hacer diferencia de pintas o de rangos dentro esa industria ilegal. Todos pueden dar fe de que cumple el cometido con la racionalidad mortal de todo aquel que se supone un justiciero de ocasión permanente. No en vano desde su labor en el lejano sur filipino fue apodado “El Sucio”, en alusión al vengador que en el cine encarnó a Harry, el policía  que hacía justicia  por mano propia y para nada compasiva ni adecuada con los códigos y normas. Un rol que encarnó Clint Eastwood en los años 70 del siglo pasado. En el balance y durante su gestión de gobierno desde Manila se contabilizan más de 5 mil muertes oficiales o extrajudiciales, sin que las quejas locales o de la comunidad internacional inmuten al mandatario, sus colaboradores o los altos responsables de las fuerzas de seguridad.

El auxilio de escuadrones de la muerte, los cuales se supone estarían constituidos entre otros por uniformados en actividad o retiro, suman a la cifra macabra que se estima no disminuirá en su curva creciente mientras Duterte cumpla su mandato constitucional de seis años. Las salidas pintorescas y exorbitantes complementan la gestión del presidente filipino que se mueve en su espacio insular lanzando vindictas contra sus críticos internos y al exterior con sus desafíos constantes hacia los organismos internacionales, asociaciones  civiles, gobiernos extranjeros, el propio Papa y la Iglesia católica, que es mayoritaria en Filipinas. Su popularidad no disminuye y sus arengas populistas encienden los ánimos del apoyo tanto como del rechazo. Su temperamento y medidas son extremas, su  discurso es incendiario y sus gestos tan despóticos como autoritarios. Es el perfil acabado del mandatario populista y de cercanía con los desplantes del presidente Donald Trump con quien traza un paralelo ineludible, el cual no se niega en Washington ni en Manila.  

Ahora Duterte propone en discurso la posibilidad de que se deja más atrás aun el pasado hispano del archipiélago y se “filipinice” con énfasis en el acervo propio de las islas que es de por sí múltiple como la cantidad de lenguas ancestrales del amplio territorio. El nuevo nombre sería “Maharlika” una suave expresión de origen malayo, como lo es el tagalo, uno de los dos idiomas oficiales hoy de las islas. Eso choca con un inconveniente, el tagalo también es un habla impuesta “desde adentro”. En el multilingüismo característico de Filipinas esa cadencia originaria de la norteña isla de Luzón ganó terreno porque fueron los tagalos los que cargaron con el peso de resistencia a España en los últimos tramos del siglo XIX. Fue el presidente Manuel Quezón, tagalo él también, quien propuso en los años 30 del siglo pasado que fuese esa la lengua nacional de un país que hacia la década señalada aún no tenía independencia. Vale señalar que hay lenguas locales originarias que tuvieron mayor número de hablantes que los raizales del tagalo, tal como es el cebuano del centro de Filipinas. También está vigente el chavacano, que es una derivación del español mezclado con sintaxis y vocablos malayos, fruto de la mezcla del habla de Cervantes -llevado a las islas por mexicanos y peninsulares desde el siglo XVI- con las formas  de verbalización locales.

Este chavacano existe con fuerza de mayorías en Zamboanga, al sur del país. De tal manera que aunque nacionalista y quizá justiciera de coyuntura, la salida de Duterte al respecto no deja de ser un desfase populista. España en Filipinas no impuso su lengua de manera forzada y recién en 1866 trató, mediante la educación, de expandirla en todo el archipiélago para que saliera del círculo restringido de las élites isleñas que manejaban la inflexión cervantina y metropolitana como lenguaje propio. El desplazamiento de España en 1898 por parte de los Estados Unidos, que acabó que su presencia imperial de más de tres siglos en Asia y Micronesia, sí llevó la carga del aniquilamiento físico y la prohibición del español para imponer el inglés. Esa marca de salvajismo en nombre de la civilización y de la democracia incluyó el genocidio de un 20 por ciento de la población, que por entonces era de unos 10 millones de habitantes, en la llamada “guerra olvidada. Sumada a aquella amplia masacre y sobre el final de la Segunda Guerra Mundial -en febrero de 1945- el mando aliado ordenó el bombardeo masivo de los barrios de Manila donde habitaba la población local que mantenía el español como lengua propia, entre ellos la zona de Intramuros.

En ese otro holocausto fue sacrificado otro 20 por ciento de los residentes de esa capital, por entonces de unos seiscientos mil habitantes. Eran civiles integrantes del segmento llamado de los “ilustrados”, que eran las familias tradicionales que habían resistido en lo cultural la irrupción de los Estados Unidos durante más de cuatro décadas. Fue Manila la segunda ciudad de los aliados más golpeada en esa contienda, junto con Varsovia, y la intención principal, según la versión de los vencedores, fue el aniquilar la resistencia de unos 15 mil soldados japoneses. No importó que la acción perpetrada hubiese significado también el aniquilamiento de quienes persistían en la intención de hablar español, centro del odio de Douglas McArthur. Vale señalar que hace algunas semanas la congresista Debra Ann Haaland, de Nuevo México, señaló suelta de cuerpo que el genocidio había sido una política de estado e histórica de los Estados Unidos para imponer su Destino Manifiesto. De tal manera que si Duterte no sabe de lo que está hablando es mejor que no lo haga. Pero sí lo sabe, aunque con perfidia lo calle (aresprensa).  

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