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FRENCIE CARREÓN: DRAMAS DEL SUR FILIPINO

Publicado el 06 de diciembre de 2017 // 15.45 horas, en Bogotá D.C. //

04.45 horas del 07 de diciembre, en Zamboanga, República de Filipinas  

FRENCIE CARREÓN: DRAMAS DEL SUR FILIPINO

El nuevo libro de la filipina María Frencie Carreón pinta en letra un panorama social de fuerte contenido dramático sobre las condiciones en que viven buena parte de las familias de escasos recursos en la sureña ciudad de Zamboanga. Una urbe que en está en el extremo de una península que como un fino dedo apunta hacia  el mar de la China, la misma China y el resto del sudeste asiático. La población zamboangueña es católica en su mayoría, al igual que el resto del país, pero está enclavada en una de las dos más  grandes islas del archipiélago -Mindanao- en donde el peso del Islam es tradición insoslayable y está allí previo a la llegada de la colonización europea, hecha por México bajo delegación de España. La ciudad ha recibido en el último medio siglo un gran número de migrantes, inicialmente promovido desde Manila, y luego en cierta medida para poner distancia con la violencia que genera la corrupción en otros puntos de las islas, sin excluir la propia de las fricciones por motivos religiosos. La obra de Carreón muestra en su crónica lo descarnado del día a día de los grupos familiares y de los hombres y mujeres que deben luchar a brazo partido con las contingencias de la vida, en el marco de una pobreza estructural que no es desconocida en América Latina. La obra escrita en inglés lleva por título “Scisors,  papers, water, stones* y se lanzará al público en los próximos meses.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

El libro de María Frencie Carreón evoca una vieja estrofa de un juego infantil que también los niños de América del Sur, en algunos de sus países, mantienen vigente en pleno siglo XXI. Pero la joven autora va mucho más allá, no solo al proponer la lúdica cita como título de su nueva obra sino que se vale de la frase para hacer una descripción detallada de la marginalidad social en la que transcurre la cotidianidad de angustias de los protagonistas en lo que parece de ficción, pero que es una realidad más cruda. Tiempos difíciles en toda esa sociedad, de suyo muy compleja y multivariada tal como lo es si se mira su geografía insular y también sus conflictos: los históricos, los sociales, los interculturales y los políticos, todos al parecer tan interminables como inabarcables. Al menos todos sin salidas fáciles a la vista, como resulta evidente para el mundo. Desde el prólogo, ambientado en el barrio de Sinunuc se abre una saga extensa, que se presenta como un fresco de las alegrías de los niños y de los grandes, quienes bajo la guía espiritual de un sacerdote español -Ángel Calvo- se disponen a plantar un retoño de árbol.

Uno entre muchos arbolitos que se pusieron en tierra un día, ese día, para renovar el ritual de las esperanzas en la vida, el futuro y la memoria. Ese cuadro da paso a los relatos sobre la contracara de aquello que como fuerza interior impulsa los anhelos de tantas personas para seguir adelante y por encima de las dificultades, amenazas y riesgos. Allí, y a lo largo de 24 capítulos, se desgrana en la parte inicial la vida de luchas de María Luz Bonocan, entre tantos otros, enfrentada no solo a las promesas incumplidas de los políticos sino además a las emergencias naturales y las amenazas propios del habitar con sus hijos en una vivienda de materiales tan precarios como inflamables y la amenaza constante del desalojo. También aparecen los jóvenes inmigrantes que llegan a Zamboanga para tentar mejor suerte con sus expectativas y a veces el sueño de formar una nueva familia. Esa ciudad en el extremo de la península occidental de Mindanao suele ser el horizonte de muchos filipinos que aspiran a mejorar sus condiciones vitales, a despecho y en conciencia de que no siempre los mejores resultados positivos coronan los mayores esfuerzos.

La ciudad en la que se ambienta el  libro ha sido objeto y escenario de la violencia estructural que las diferencias culturales y religiosas han  incentivado en las últimas décadas, así como ha sucedido también en  distintos puntos de Mindanao. Violencia que integra la ambición secesionista de los sectores más  radicales de los musulmanes. Pero el día a día de la ciudad sigue adelante y no por eso Zamboanga ha dejado de llamarse la “Ciudad de las flores”, como se la conoce desde el fondo de su historia  o la “Ciudad latina del asia”, apelativo que recibió no hace muchos años y que hoy le suma encanto. El porqué de esa última característica que se le asigna está en la cadencia de su lengua local, una en el más de un centenar de hablas que tiene Filipinas, no obstante que es el tagalo con origen en la otra gran isla del norte -Luzón- el idioma oficial del país, junto con el inglés impuesto por los norteamericanos a partir de 1898. Esa lengua es parte de la herencia española  de los filipinos, cristalizada en ese lenguaje de uso cotidiano, llamado “chavacano”.   

MARÍA FRENCIE CARREÓN

En el libro de Carreón también se aborda de forma directa el drama del choque violento de las concepciones religiosas y de su deriva hacia las costumbres y los ritos que incluso agrietan a la unidad familiar.  Aparecen en el capítulo sexto los avances del Frente Moro de Liberación Nacional y la ocupación coyuntural de áreas de la ciudad escenario, además de los daños colaterales por el enfrenamiento con las fuerzas del ejército filipino. Al copar los irregulares sectores suburbanos, tales  como Cabatangán y Pasonanca tambien quedan cautivos y a merced de los secuestradores gruesos sectores vulnerables de población, con la pérdida de control sobre sus vidas. Eso lleva a los migrantes que llegan a Zamboanga a preguntarse si la elección de destino fue la correcta y a realizar la siguiente pregunta sombría: ¿...a dónde iremos ahora...?, si debieran marcharse de allí. Eso es lo que se plantea Miloy y su esposo Boysito Cabutagán, migrantes a veces de otras violencias -en realidad, son lo que en Colombia se conoce como “desplazados”- y revictimizados.            

La urbe recibe a los recién llegados y los acoge, de la misma manera como abriga y mantiene viva esa lengua propia, el chavacano, que llegó hace casi medio milenio a su mar adyacente, con los marinos y trabajadores tanto mexicanos como españoles para dejar esa derivación del habla de Cervantes que hoy utiliza la mayoría de su población, en la calle y en los hogares. Las tijeras, el papel, el agua y la piedra no son solo elementos y metáfora del juego. Son también herramientas y soportes para el apoyo en concreto de los proyectos de trabajo de cada hombre y mujer, con el fin además de dar espesor a las culturas, por diferentes que puedan ser. En esa línea de pensamiento es bueno señalar que son además puentes simbólicos para acercar a los pueblos, tal como lo estuvieron en el tiempo y permanecen en los trazos ancestrales subjetivos de americanos, filipinos y españoles que pisaron o vivieron en las islas. La inflexión lingüística chavacana de Zamboanga y el nuevo libro de María Frencie Carreón así lo atestiguan. (aresprensa).

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*Tijeras, papeles, agua y piedras.

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Actualizado: sábado 09 diciembre 2017 10:24
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