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GAUGUIN, GLORIA Y FINAL

PATRIMONIOS CULTURALES  //  CINE  //  ARTES VISUALES  //  Publicado el 13 de agosto de 2019  //  17.50 horas, en Bogotá D.C.

 

GAUGUIN, GLORIA Y FINAL

 

Es un personaje universal de las artes visuales y la vigencia de su obra no pierde actualidad más de un siglo después de su muerte, puesto que el sentido del arte que legó fue acompañado por la complejidad de una vida que se convirtió en leyenda por la tragedia buscada y ocurrida. La colorida vida -así fue- del pintor francés queda descrita ahora en un documental de magnífica factura que se presentará en las salas de cine colombianas. La saga en pantalla recorre sus inicios burgueses y afortunados, lejos de la  pintura, en la Francia universal de fines del siglo XIX y de su muerte en la máxima pobreza, ocurrida en las islas Marquesas de la Polinesia gala. Lejos de todo lo que le perteneció y abandonó por un paraíso imaginado y en efecto retratado en aquellos cuadros que pasaron a la posteridad. El trabajo fílmico está dirigido por Claudio Poli, sobre un guión escrito por Marco Goldin y Matteo Moneta. Los acompañan los expertos Mary Morton, Gloria Groom, Judy Sund, Belinda Thompson y David Haziot, reconocido biógrafo del pintor.

 

Tuvo Paul Gauguin una  vida cinematográfica cuando el cine que inventaron sus compatriotas apenas era un destello y seguía siendo una enclenque utopía que imaginaron los hermanos Lumiére. Pasó su infancia en el Perú, que para los franceses conservaba el aire de lo exótico, con sus costas frente al Pacífico. El legado de esas primeras experiencias fue el hablar un perfecto español.  Es por eso también que podría decirse que su contacto con los márgenes del mundo que cualquier francés metropolitano de la época hubiese podido considerar “civilizado”, no podían ser extraños para aquel niño y luego el adulto que se marchó al París de sus raíces. Pero nadie hubiese imaginado, a partir de su propia  familia, que la  vida de Gauguin hubiese dado el giro radical que tomó cuando aún joven ya era un maduro y exitoso hombre de negocios en aquella capital metropolitana que presumía de ser el centro mundial de muchas cosas, además de buena parte de la vida mercantil europea, y también del arte.

El futuro aventurero convertido en artista se  retiró del ambiente bursátil de la capital francesa a los 34 años, cuando acreditaba un buen capital acumulado en los negocios. A partir de ese momento comenzaron las dificultades económicas y el fin la buena vida burguesa, lo cual motivó que su esposa lo abandonara y partiese a su nativa Dinamarca con sus hijos. No volvería a verlos. Hasta ese momento, su cercanía con el oficio concreto del artista había  sido marginal y su contacto más fuerte con el tema de la pintura no iba más allá del marchand o intermediario en la venta de obras de arte. Eso aprovechando su vínculo fuerte con el escenario activo de las transacciones comerciales. No abandonaría desde entonces y hasta su muerte el trabajo con los pinceles. Al dejar de lado de manera definitiva el corretaje bursátil se sumergió de lleno en el mundo bohemio de los artistas y en los ires y venires cotidianos de ese nuevo ambiente, así como en sus excesos.

En ese trajinar opuesto de manera diametral a la rigurosidad, los modales y lo bien pensante del mundo de los negocios, conoció a Vincent van Gogh. Se asoció con el holandés en la idea de trasladarse a la campiña francesa para montar una empresa vacilante desde su concepción: la comunidad de pintores. La aventura duró muy poco, coronada por fracaso, al igual que la amistad con su angustiado colega, en tránsito precario por la vida. Ambos tenían ideas diferenciadas sobre el hacer del artista, aun cuando ambos se respetaban en aquello de intentar imponer sus puntos de vista vanguardistas, aunque distantes de las vanguardias oficiales que ya habían hecho pie en París y se proyectaban hacia el mundo dejando atrás lo apolíneo de la Academia.  El primer día de abril de 1891, quien ya era un artista reconocido abandonó su país desde el puerto de Marsella, buscando como horizonte vital y estético un paraíso perdido que él intuía podía estar en la Polinesia francesa.

 

    

PAUL GAUGUIN

La muerte de van Gogh lo había marcado y había definido su nuevo rumbo, distante de su entorno de ciudadano, aun cuando Gauguin ya se había marchado de su zona natural de confort y convivencia, desde mucho antes. Tal decisión cambió de nuevo y  para siempre el rumbo de su vida y en más  de lo que ya era su destino irreversible en lo vital y en lo estético. La miseria en estado de naturaleza que atravesó desde entonces, un estadio más abajo de lo que ya había vivido y elegido, fue al tiempo la mejor época de su producción visual y de su propia  experiencia, a la que aspiraba desde hacía  tanto. Él mismo había querido regresar al primitivismo existencial sin dejar de lado la evocación de lo que había sido su esfera previa y que, en el fondo, tampoco lo abandonaría. Pintó para sus pares europeos y del nuevo mundo, pero desde allí, desde su nicho de primitivismo que había elegido en consciente decisión. Vivió en aquel escenario tropical sus pasiones en sexualidad y connivencia con las hijas de las islas polinesias, siempre bajo el acecho de la Iglesia.

La autoridad religiosa reprobaba su comportamiento en la lejana posesión francesa. Una vez que el gobierno colonial lo consideró un ciudadano menesteroso y necesitado  de toda ayuda, incluso para sus quebrantos de salud, partió de su paraíso en Tahití para ir aun más allá: las  distantes islas Marquesas. Más primitivas aunque sin dejar de ser francesas y también con las acechanzas de la autoridad eclesiástica, tanto como de la administrativa colonial, que no dejaron de reprobar una promiscuidad que era natural y ancestral para los isleños y en la que el artista se sentía cómodo al fin. La contradicción entre el celo de los europeos y la libertad que se tomaba Gauguin en sus hábitos cotidianos no se redujo jamás hasta el fin de sus días. Tanto que el cura del lugar, después de su muerte, quemó algunos de sus últimos cuadros con nativas desnudas, como fue habitual en sus pinturas polinesias, al tiempo que muchos de sus hijos quedaron desparramados por allí pero sin complejos ni sentimientos de pecado.

Eso no era sustantivo para los  nativos y la restricción religiosa no era todavía tan arraigada como para renunciar a lo que para ellos era natural y propio de  sus costumbres. El legado para la humanidad de esas experiencias no solo fue su descendencia isleña que hoy se enorgullece de serlo, sino en especial las piezas pictóricas. Las que alcanzó a enviar a Europa antes de su muerte y las que se salvaron de la ira eclesial. Todo esto se muestra en el riguroso documental que se exhibirá en 21 salas de Colombia y a lo largo de todo el país, entre los días 15 y 18 del mes que avanza. El filme se presentará bajo el título  de “Gauguin en Tahití: el paraíso perdido”. Además de las entrevistas con críticos e historiadores de arte, la cámara recorre las  salas del  Museo Matropolitano de New York, el Instituto de Arte de Chicago y los museos de arte de Washington y Boston, donde se exponen parte de las más famosas pinturas del artista francés. El recorrido incluye el paso por los espacios en que vivió Gauguin, tanto en Francia como en la Polinesia (aresprensa).    

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VÍNCULOMONTAÑO, BALLET POR LO ALTO
Actualizado: miércoles 14 agosto 2019 14:53
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