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HAITÍ: APOCALIPSIS AHORA

Publicado el 21 de enero de 2010 / 12.35 hora de Bogotá D.C.

HAITÍ: APOCALIPSIS AHORA 

El país más pobre de América Latina siempre ha sido el espejo quebrado en el cual los vecinos han visto de manera permanente y con relativo éxito en la autocrítica, lo que no deben ser. Es cierto, no es Haití el único país en estas condiciones pero sí el ejemplo protuberante: inestabilidad política constante, invasiones, mentalidades ancladas en el mundo mágico, desastres naturales contínuos y pobreza crónica por debajo del límite de lo tolerable. El terromoto, que terminó de fracturar a los haitianos y los sumió en lo profundo de una desgracia permanente, ha sido el remate de una historia de sinrazón. En contraposición, fue Haití el primer país de la región latina de América que accedió a su independencia. El aporte final de la catastrófica suma ocurrió justo en el comienzo del año en el que se celebra el emblemático bicentenario de la emancipación de toda América Latina.

Escribe: Rubén HIDALGO 

Lo ocurrido en Haití es así, en suma, el ejemplo del apocalipsis y la imposibilidad recurrente en el esfuerzo por poner a un pueblo en los horizontes de la llamada modernidad occidental. La naturaleza no ha hecho otra cosa que incrementar la sensación de impotencia entre la voluntad del hombre por forzar lo contrapuesto entre un destino elusivo para alcanzar horizontes de vida digna y la condena del género humano en la Tierra.  

Es evidente que esto no significa renunciar a la histórica vocación moderna de torcer la mano a la suma de infortunios. La rápida solidaridad internacional movilizada después del terremoto lo demuestra. Esa intención desafiante a los designios de lo que el hombre no controla es lo que caracteriza, precisamente, a la mentalidad moderna. 

La sinrazón comenzó en el mismo origen de la nación haitiana, compartiendo la isla Española con los dominicanos. El país nació con una base poblacional esclava que se liberó del coloniaje francés, según dice la tradición, sobre el apoyo emocional de sus creencias ancestrales animistas en el vudú. Algo que ha hecho decir a un fundamentalista protestante norteamericano -Pat Robertson- que lo ocurrido es un castigo divino por haber pactado con el demonio, en el nacimiento del país. 

Más allá de los determinismos lunáticos, lo cierto es que Haití reforzó esos lazos rituales con el vudú a partir de la vigencia política de la familia Duvalier, que aceptó a esos rituales en su conjunto como la religión oficial del país. Condición que más tarde reafirmó Jean-Bertrand Aristide, en el año 2003. 

Nunca se han cerrado las brechas ni los sincretismos entre la razón de estado en el azotado país caribeño, la propia razón de la mentalidad occidental, y esas formas de vínculo ritual que caracterizan a Haití como nación particular. Tal diferencia en la percepción del mundo -la cual no es única de Haití y en América Latina, sólo que allí resulta más evidente- y la condena a partir de otros fundamentalismos, es una evidencia de la incomprensión y la falta de respeto hacia las particularidades culturales y las mismas tradiciones haitianas. 

Resulta aleatorio en el abordaje para el análisis de la sumatoria de circunstancias que golpean a los haitianos, el hecho de que hace pocos años un huracán había arrasado a la isla en su conjunto, pero en especial a la zona occidental que es, precisamente, la parte que corresponde a Haití. Esa sucesión de desgracias en la historia reciente y en la acumulada, no hace otra cosa que aumentar el morbo frente a las explicaciones no racionales de las desgracia encadenadas de esa nación.  

La deforestación casi total de la superficie haitiana, que se había iniciado en la etapa colonial para imponer la economía azucarera, dejó al país yermo y tan expuesto como vulnerable a las tormentas tropicales. En efecto, en el año 2004 el huracán Jeanne devastó al país. Devastación que completaron otros huracanes en la década pasada, entre ellos el Gustav y el Hanna, en 2008. El reciente sismo, simplemente, dio las últimas pinceladas en las dimensiones de la catástrofe. 

En todo caso, tal acumulación de circunstancias que impactan al país no termina en los golpes de la naturaleza y la pobreza extrema. Se estima que el porcentaje de población mayor de 15 años infectada con el virus de VIH-sida es alto, no tanto como lo sugerían informes previos al terromoto, pero sí lo suficiente dadas las debilidades estructurales del país, como para suponer que la tragedia impactará negativamente en este ámbito de la salud pública.  

Un indicador, claro está, en el que inciden migraciones por turismo, interrumpidas por el momento y por otros factores como la misma ayuda internacional y los operadores de la esa colaboración que arriban a un país que, de cualquier forma, está entre los primeros lugares de los afectados por la pandemia en América Latina. Ese es también otro factor que hace generar dudas al igual como sucede con algunos estados africanos, en sus posibilidades futuras como país posible por la simple y siniestra posibilidad de implosión demográfica. 

El sismo de mediados de enero ha dejado un saldo desolador no solo de personas fallecidas que convierten a la tragedia en una de las más grandes de toda la historia, sino de personas jóvenes amputadas. Eso significa un porvenir con costo social ampliado en un país sin soporte para la atención de necesidades mínimas y una reducción, por la edad los amputados, de perspectivas laborales en una sociedad que carece de fuentes de trabajo. 

En ese cuadro, es tradicional que Haití ocupe el último lugar del hemisferio americano en términos del Desarrollo Humano, que brinda el PNUD: economía en ruinas, infraestructura casi inexistente, desempleo crónico para más del 50 por ciento de la población y un 70 sobre cien de sus habitantes en estado de miseria. Todo esto antes del reciente terremoto. 

A esas cifras debe agregarse la evidencia de miles de niños huérfanos y sin protección, además de no menos de un millón de personas que deambulan sin techo. Las Naciones Unidas aportaron a la desgracia más de 60 muertes, entre ellos una veintena de brasileños, la esposa del jefe del contingente militar chileno y un gendarme argentino, quienes se encontraban allí apoyando la gestión humanitaria previa al golpe sísmico. 

En las condiciones actuales y si no se acuerda la cooperación internacional extensa en el tiempo y en la asignación de recursos para el rescate, Haití, este pequeño país del Caribe francoparlante y el primero en en el siglo XIX en independizarse de sus colonizadores, permanecerá en la triste lista de países fallidos. Un aviso en el siglo XXI para sus pares del Continente, en el año de la celebración, con pompa ya iniciada en el 2009, del bicentenario independentista (aresprensa.com).

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