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HECATOMBE VENEZOLANA

Publicado el 09 de febrero de 2018 // 17.30 horas, en Bogotá D.C.

DOXA *

HECATOMBE VENEZOLANA

Venezuela se prepara en este año que avanza para unas elecciones presidenciales carentes de toda credibilidad e incluso de legitimidad eventual. Esto después de las amenazas y acciones criminales que se ejercen desde Miraflores  contra la oposición y vistas la maniobras de obstrucción y desestímulo, abiertas o alambicadas, generadas por las distintas ramas del poder controlado y para nada independiente de la facción gobernante. Así, el régimen se encamina a una cota máxima de abyección con punto culminante en la befa electoral prevista para el 22 de  abril próximo.  Al tiempo que se interrumpieron los  forzados diálogos entre el gobierno y sus críticos, celebrados en Santo Domingo, junto con el rechazo tanto interno como externo que crece. Mientras tanto, las estimaciones para el año que cursa señalan que la inflación en el periodo se mantendría en los 4 dígitos de escándalo y el pico más alto del planeta. Agregado a ese panorama sigue la  intranquilidad y crispación  callejera que provoca el hampa desbocada y la crisis social y humanitaria disparada, que sigue siendo una de las mayores del mundo.

En la suma mayor aparece ahora, la muerte de un puñado de opositores armados con su líder incluido, quien antes de caer pidió que se les respetara la vida, pero todo indica que luego de la rendición fueron asesinados, con una mujer entre las víctimas fatales.  Un panorama que sería imposible de sostener en un país serio, pero esto es América Latina, un espacio geográfico donde -según la literatura propia- la desmesura de la realidad suele ser superior a cualquier ficción en letra. Eso en lo concreto es lo que muestra un país colapsado como lo está Venezuela el cual, como contrapartida surrealista, goza de la mayor riqueza petrolera mundial que no se revierte en favor de un pueblo sometido. La sorpresiva victoria del régimen venezolano en las apenas distantes elección de gobernadores, tan esperadas como llenas de sospecha, pareció reacomodar al maltrecho grupo que detenta el control del país como camarilla gobernante.

Nada explicaría un triunfo como aquel de los gobernadores, con una población que ha manifestado en los últimos años de manera  masiva su rechazo al estilo y deriva ideológica del frente chavista. La claridad al respecto surge después de los señalamientos de manipulación y del fraude que precedió a esa elección, por parte de la ilegal e ilegítima Asamblea Nacional Constituyente -entronizada en lo que fue el Palacio Legislativo- y es por eso que el resultado de los comicios regionales no sorprendieron. Ni hubiese sido otra cosa más que un nuevo ingrediente de una realidad falsificada, conocida y aumentada. Así, todo aparece como normal dentro del caos que sufre el país, no desde ahora sino como proceso de larga duración, al que se agregó el desplazamiento simultáneo de los legisladores elegidos en aquella gran derrota del gobierno en 2015. Una de las causas inmediatas del retroceso  táctico de la oposición, que puede llegar a ser más contundente en el inmediato futuro, es la ruptura de la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD).

El debilitamiento del frente opositor se había venido gestando -valga la expresión- desde tiempos atrás y se iba consolidando con la presión exógena del gobierno chavista. Nada justifica la aparición de un desgarramiento semejante en semejante empresa, tal como lo es la búsqueda de una apertura democrática ante un gobierno en porfía que choca sin descanso con la realidad. Un control del manejo administrativo con apoyo militar -como brazo criminal del gobierno- impone ahora con mayor margen de movimiento relativo su modelo restrictivo o nugatorio de las libertades y de violación serial a su propia ley y a la normatividad internacional sobre los derechos humanos. Lo ocurrido con lo que fue la  maquinada victoria chavista en la elección de gobernadores del año pasado, le dio un respiro corto en la sumatoria de crisis que lo acechan, además de las que lo golpean de manera directa y que no dan espera a la camarilla en ninguna de sus aristas.       

Esa importante victoria electoral de coyuntura, octubre de 2017, estuvo precedida por el avasallamiento sumado a la marginación concreta del poder legislativo elegido por la mayoría venezolana. Ello terminó de completar la dinámica de imposición de la dictadura modelo cubano redivivo y la condición de “estado fallido” del país con soporte económico y operativo narcotraficante. Esto, en una sociedad que además y tal como se señaló cuenta con la mayor reserva petrolera del mundo entendida como potencialidad pírrica. El grupo enquistado en el Palacio de Miraflores dio antes el paso que el sentido común -el menos común de los sentidos para el gobierno bolivariano- no aconsejaba, asestando el golpe de Estado que fue la votación e imposición de esa constituyente ficta y al margen de la ley, con las calles hirviendo en la repulsa y con un saldo de víctimas fatales superior, en la suma diaria, a lo registrado en los tres meses previos a los comicios, por la agitación callejera que se vivió en ese lapso.

El acostumbrado desparpajo de la dirigencia chavista le permitió fracturar la realidad de la impugnación popular y construir al amaño una realidad paralela. Esto no es demasiado diferente a la visión esquizofrénica que muestran los compinches desarmados de las Farc en Colombia, que siguen siendo Farc como autorreferencia salvífica, y apoyan los desafueros de sus colegas de la vecina república bolivariana, en cuyo territorio tuvieron aguantadero mientras avanzaban las negociaciones paz con el gobierno de Bogotá. En tanto, la huida multitudinaria de ciudadanos venezolanos de todos los niveles de vida se agudiza, incluidos los más humildes, es decir aquellos que harían válida la instauración de una  dictadura reivindicativa de los desposeídos, según el perverso discurso que aflora desde Miraflores. Hay hoy por hoy unos 4 millones de venezolanos emigrados de su país en los últimos años. Eso hace como resultado el que al menos un 11 por ciento de la población se vea desplazado de un estado convertido en forajido, por vocación de sus gobernantes.

Unos 400 mil de esos expulsados por la miseria, la inseguridad y las carencias en salud están en Colombia, muchos de ellos como emigrados flotantes, en trabajos marginales, mendigando y en algunos pocos casos, delinquiendo. El resto trata de tomar camino desde allí hacia destinos como Ecuador, Perú, Brasil, Chile y la Argentina. El gobierno colombiano ha debido tomar medidas de emergencia para el control y la atención de la estampida masiva, pero nada es suficiente en un escenario colombiano también lleno de problemas de difícil solución y en el cual aún se cruzan vectores de diversas violencias, sobre todo en las fronteras y en algunos puntos del interior. El desamparo acompaña a estas víctimas de su propio gobierno, enceguecido en su verbo “revolucionario”, pero incapaz de tener al menos una esquiva conciencia para atender las necesidades mínimas ni amparar los derechos de su propio pueblo. El grupo de poder ya hace tiempo que se mantiene en silencio estadístico sobre la dimensión del drama interno.

El negar las cifras de la hecatombe o deformarlas de manera sistemática -tal como lo hacía Cristina Fernández en la última etapa de su gobierno en la Argentina- no se muestra que el salario mínimo de un venezolano en estos días no alcanza siquiera a los 7 dólares mensuales, al tiempo que el llenar una canasta de necesidades básicas familiares podría estar por encima de ese valor en al menos dos ceros agregados. Eso ha hecho que la ingesta de calorías y proteínas diarias se haya reducido por debajo de la tolerancia básica y que organizaciones internacionales como Cáritas hayan informado que hay un número que supera los 300 mil y se aproxima al  millón de niños, por debajo de los 5 años, que muestran severos síntomas de desnutrición, lo cual incidirá en su capacidad mental futura para afrontar los riesgos de la vida. Los médicos de los hospitales públicos -unos 21 en el país- tienen prohibido asociar las muertes de infantes o ancianos con el hambre, y los partes de defunción relacionan esos fallecimientos con otros síntomas que, sin embargo, se saben vinculados con la falta crónica de alimentos. El drama humanitario y social se profundiza y resuena más alto que las vociferantes arengas demagógicas de Nicolás Maduro (aresprensa).  

EL EDITOR

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES.  

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VÍNCULO DIRECTOBOFETADAS AL PAPA // CHILE: PÉNDULODEMOCRÁTICO
Actualizado: viernes 09 febrero 2018 17:05
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