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INSENSATEZ CATALANA

DOXA // Publicado el 16 de noviembre de 2017 // 15.00 horas, en Bogotá D.C.

INSENSATEZ CATALANA

Por fuera de la ley en su intención de fracturar la unidad española, el expresidente de la Generalitat catalana, Carles Puigdemont, insistió un día después de dar el salto al vacío con su región y decidió desconocer el ukase destituyente a su gestión, por parte del gobierno central madrileño. Ahora él y una parte importante de su círculo están en autoexilio o entrerrejas, y aseguran ser “presos políticos” sin reconocer que ellos mismos por decisión autónoma se pusieron al margen de la ley.  El estado español por su lado desconoce la ruptura que se produjo en Cataluña. La potencia del estallido rupturista se fue cocinando a fuego lento, en el último siglo y medio. Debe decirse en rigor a la verdad que Cataluña ha sumado en ese tiempo cuatro declaraciones de independencia y que, por tanto, la intención no es nueva. El nacionalismo catalán siempre ha sido fuerte, pero el independentismo no, aunque fue creciendo en los últimos años y los que fueron simplemente nacionalistas es probable se hayan ido pasando hacia quienes pretenden romper con España. Pero el gobierno que reside en la capital española también tiene lo suyo en lo que hace a torpeza y alimentó el quiebre de manera irresponsable, tanto o más que la irresponsabilidad  propia de los promotores de una independencia que es por ahora de papel.

En el momento, tanto las manifestaciones de apoyo a la secesión como aquellos que la rechazan son multitudinarias y con actitud pacífica, en el espacio de una región española que ha sufrido los ataques del terrorismo islámico y, cerca en el tiempo, el traumatismo por repercusión del terrorismo serial vasco, también separatista y ahora debelado. Más allá del fervor de la base secesionista y de las razones que los asisten, las inconsistensias de la dirigencia catalana que alentó y estimuló el sacarle el cuerpo a la unidad, mantienen por ahora en veremos el propósito de fractura. No se podían desconocer las consecuencias económicas y de vaciamiento empresarial que produciría la temeridad esgrimida, ni la marginalidad del intento en el seno comunitario europeo. Existe evidencia de que el estímulo desde los sectores docentes a la ruptura ha llegado al paroxismo de dejar de lado la lengua española en algunas instituciones educativas y preferir el inglés, como se ha visto en algunas pancartas, rechazando la inflexión de Cervantes.

El volver la espalda a la universalidad que significa el hablar y el educarse en español está diciendo de un fanatismo folclórico y repudiable. De esa actitud no están exentas las anécdotas que se cuentan sobre estudiantes latinoamericanos que cursan en universidades de Cataluña, amedrentados por algunos de sus compañeros catalanes por el “pecado” de hablar español. Una independencia catalana y la ruptura de la unidad española es antipática por naturaleza para los hispanoamericanos. No faltan hirsutos partidarios de esa separación, como los hemos visto y escuchado en los medios masivos audiovisuales, que comparan su actitud con lo que fue la  guerra de independencia sudamericana y asimilan aquella lucha con el exabrupto de Puigdemont y de sus seguidores. Lo que se hizo en América hace  dos siglos fue la separación de unas colonias frente a su metrópoli y no la fractura de una unidad geográfica y política como lo es ahora el atentado contra la España como una geografía de unidad en diversidad desde hace siglos. Tampoco puede ser comparable desde la perspectiva histórica aquella saga americana con escenario en un continente diferente a Europa y tan distante en el tiempo.  

El forzar la lógica para sustentar la pretensión rupturista es una deriva de mal pronóstico para una independencia que más parece, para sus impulsores, el bajar por un barranco sin fondo antes que un proyecto político serio y sustentable. Por ejemplo, eso de considerar que la pretensión materializada de un referendo ilegal e improvisado como suficiente  para fundamentar el salto al vacío, se asemeja más una costosa charada que un argumento salvífico  para las pretensiones. Entre otras cosas, porque nadie puede asegurar que quienes votaron el domingo 01 de octubre, hayan sido la mayoría de los catalanes y, si no lo fueran, la decisión tomada diez días después sobre esos votos con mayoría precaria vuelven insostenible la propuesta que se hace flamear con aire soberano e himno incluido. Es claro que debe respetarse a esos independentistas pero no por encima de la ley ni de una mayoría eventual que es probable que no quiera la independencia en la propia Cataluña.   

Al respecto de lo que pueda pensar la mayoría catalana y si los secesionistas aceptan que el dictamen de los que suman más es regla de oro en una democracia y además construye soberanía, puede señalarse con riesgo bajo de error que es bien probable que sean más los catalanes que no quieren subir al barco del dislate y el delirio de fractura, con carga de fanatismo infantil y para nada racional impulso.  Tal como se señaló, el problema se fue cocinando en el tiempo y el sistema educativo de la autonomía abonó como línea doctrinaria venenosa la impugnación a la vigencia de  la unidad española. No solo se trató de desconocer la universalidad de la lengua española -tal como lo hicieron los norteamericanos algo más de un siglo atrás en Filipinas-  sino que se fue haciendo carne en la subjetividad de los niños la necesidad de un rechazo  generalizado a todo lo que signifique tradición hispana, señalando y estigmatizando a quienes piensen diferente como “franquistas” y “fascistas”.

No puede resultar extraño entonces que sea el acosado gobierno venezolano uno de los pocos que apoya las salidas extremistas de la facción separatista catalana. Flaco favor le hacen a los independentistas los apoyos de otra facción termocéfala en Sudamérica, que se impone por la fuerza, el fraude, el hambre y la pobreza, la negación de la diferencia y la violencia contra su propio pueblo. Resulta curioso y coincidente con los militantes catalanes de la separación, que un gobierno “forajido”, como el de Caracas también etiquete de manera persistente a sus adversarios internos como “fascistas”. La convocatoria a las urnas hecha por Madrid para diciembre y el cambio coyuntural de la administración territorial autónoma en Cataluña pretende hacer volver las aguas a un curso de racionalidad básica. Algo que podría abrir una perspectiva de reacomodamiento de posiciones hacia un diálogo interfuerzas de las corrientes políticas, con visiones  diversas pero con actitud de disolución de  la pugnacidad. También, con foco en la búsqueda de caminos que permitan atender reclamos en apariencia fundamentados, pero que de ninguna manera deben amenazar la unidad de España, ni den alientos equívocos a otras eventuales intenciones secesionistas no solo en Europa sino también en América Latina (aresprensa). 

EL EDITOR

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* La columna Doxa expresa la posición editorial de la Agencia de Prensa ARES                     
Actualizado: jueves 16 noviembre 2017 14:34
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