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IRÁN SOBRE EL BORDE

ACTUALIDAD  //  Publicado el 31 de julio de 2019  //  11.30 horas, en Bogotá  D.C.  

 

IRÁN SOBRE EL BORDE

 

Recrudece la tensión en el Estrecho de Ormuz como situación interminable y en constante suma de episodios enervantes. El cuadro de situación nada dice de atenuantes, ni nada aparece en el horizonte como para poder afirmar que retorna alguna forma  de tranquilidad para los países que lo bordean ni para quienes navegan sus aguas. Por ello puede suponerse que esa tensión se incrementará hacia el futuro inmediato, incluso hasta más allá del límite de lo tolerable, sobre todo a  partir del bloqueo internacional a Irán. El riesgo de que todo se precipite hacia una confrontación generalizada es marcado y en realidad toda la región se encuentra en estado guerra potencial desde hace mucho tiempo. Eso a despecho de que los confrontantes digan que no quieren hacer uso de su potencial de forma abierta y desplegada.

 

 

Esos contendientes principales son cuatro y los de costumbre: Irán, Estados Unidos, Arabia Saudita, y algo más atrás pero asomando de manera continuada la cabeza, Israel. Están allí en ese orden o en el que se quiera porque ninguno de estos protagonistas le garantiza nada no solo a región sino al mundo. Los nombrados  no son los únicos pero sí los principales en las circunstancias presentes. Por lo pronto, hay ya demasiados damnificados en el área, aun cuando una parte de las víctimas se consideran a sí mismas, o así lo entienden quienes están en su entorno, mártires o sacrificados por  una justa causa de ideología y sesgo religioso. Ormuz está en el curso de aguas del Golfo Pérsico y separa a este del Golfo de Omán, en dirección hacia la desembocadura sobre el Océano Índico. Todo en aguas por donde circula el mayor tráfico mundial de petroleros y donde tienen costa otros países que podrían quedar envueltos por carambola: Baréin, Catar, Emiratos Árabes, Dubái y Omán. En el extremo norte del golfo está Kuwait, que ya fue víctima en la guerra previa.

Una de  las cabezas de la pugna, Irán, hace sus juegos de guerra derribando algún dron e incautando buques petroleros, sin que por ahora sea posible poner freno a la situación, salvo que se quiera llegar a las circunstancias extremas. Por el otro, allí aparecen los Estados Unidos con su asentamiento militar en la otra orilla, la de  Arabia Saudita. En ese suelo sagrado para todo el Islam, en especial el de arista suní, la necesidad de  defensa y el riesgo supremo de la pugnacidad con Irán, sumada a las restantes amenazas de la zona, los llevó a aceptar la llegada reiterada de los uniformados “infieles”. Fue por esa razón que allí mismo surgió la rebelión armada y de terror que fue Al Qaeda, con su líder saudita, Osama bin Laden, cuando hace dos décadas los norteamericanos se posicionaron para la guerra contra Irak. Bin Laden fue  un líder perteneciente a una de las familias importantes de esa reyecía feudal. Es necesario no pasar por alto que es precisamente la patria saudita la generadora de ideologías extremas por parte del Islam sunita, entre ellas el wahabismo.     

Las fuerzas armadas saudíes están equipadas por los Estados Unidos con capacidad disuasiva suficiente como para enfrentar a la potencia chií persa, en una pugnacidad de enfoque que lleva siglos, revitalizada ahora por las circunstancias no solo las geopolíticas inevitables sino, además, por las petroleras y las de restantes componentes estratégicos -entre ellos el nuclear- a las que se suma el otro constante protagonista de la  hora, Israel. Ambos, saudíes e israelíes, han conformado una alianza impensable y barroca, que no podría concebirse por razones diferentes a las de oportunidad en la necesidad propia y del realismo mágico tropical como reflejo distante, arraigado a veces, en lo peor de la cultura de los latinoamericanos. Aquello que amenaza precipitarse en el estrecho de Ormuz ya está  vigente en los alrededores. Yemen es la evidencia más  fuerte como tragedia prolongada y sin pausa. El enfrentamiento interior de este pequeño país lo desangra desde hace cuatro años y frente a sus poblaciones costeras, bombardeadas y asediadas, pasan parte de los buques petroleros que ahora deben hacer frente a la hostilidad presente en Ormuz.

Ambos escenarios de choque están próximos no solo en los intereses mundiales que se juegan en ese escenario sino en la pugna ancestral de los protagonistas directos. Yemen suma en estos años de enfrentamiento interno y de intervención externa unos cien mil muertos, en su mayoría civiles y en particular niños. La hambruna que atraviesa las alternativas de la guerra interior, plantea la necesidad de la intervención internacional pacífica. Pero no se mueve un dedo al respecto, porque los factores que allí participan en el pulso bélico son demasiado poderosos. Vaya sorpresa, en ese reducido espacio apuestan fuerzas saudíes e iraníes, como prueba para pugnas mayores, ayudados por los otros jugadores de la muerte. Ninguno ahorra cartas al respecto. De los casi cien mil fallecidos unos 85 mil son menores de cinco años, víctimas del hambre y de los bombardeos masivos, en particular saudíes, quienes reciben aporte de inteligencia y de parque israelí.

Se ha señalado por parte de fuentes internacionales independientes que la hambruna se profundiza amenazando a los 14 millones de yemeníes, en particular a esos niños que ya ponen a diario la cuota siniestra y en aumento. El pequeño país agoniza en holocausto y su posición en la otra punta del Golfo de Omán y de la península arábiga, es parte de su tragedia por aquello de la “enfermedad de geografía”. Un 90 por ciento de esa población está en riesgo de muerte por inanición, nada menos, aparte de quienes mueren en la evolución del enfrentamiento. Pero nada de esto conmueve a los grandes jugadores en la zona, mientras cada uno de ellos sigue poniendo leños a la hoguera más amplia que se anticipa. El cruce de lo que ocurre en Yemen hace recordar a aquel laboratorio que fue España para los apostadores  de entonces, como anticipación a la Segunda Guerra Mundial. Allí, en particular alemanes, soviéticos e italianos, también probaron sus músculos con la sangre de los españoles y dieron un muestra de lo que sería la carnicería de la última gran contienda universal.

En el mes que corre, Arabia Saudita aceptó de nuevo la presencia de tropas norteamericanas, que se habían retirado hacia 2003, para desplazamiento en tierra. El contingente se suma a la flota estacionada en esas aguas, con el portaviones Abraham Lincoln a la cabeza y las baterías de misiles con los  que ya se ha derribado algún dron iraní, aunque Teherán ha negado el ataque y sí confirmó haber abatido una nave no tripulada de última generación de los Estados Unidos, el mes pasado. Aquel incidente provocó al intención neutralizada en los últimos minutos por el presidente Trump -según el mismo mandatario lo informó- de  devolver el guante con un ataque a territorio persa. En la evolución del sombrío preámbulo con golpes tácticos, los iraníes han detenido la navegación de al menos 4 naves cisterna, una de ellas británica, con intervención de la belicosa Guardia Revolucionaria del país ario. Uno de los tanqueros afectados fue atacado o chocó con una mina sembrada por Teherán. La suma de episodios tiene una carga de gravedad suficiente como para que cualquiera encienda una chispa definitiva e irreversible (aresprensa). 

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Actualizado: miércoles 31 julio 2019 12:11
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