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JERUSALÉN ES DE TODOS

Pubicado el 31 de mayo de 2018 //  14.40 horas, en Bogotá D.C.

Doxa *

JERUSALÉN ES DE TODOS

Sobre el final  del año pasado el presidente Donald Trump decidió patear el tablero tembloroso del equilibrio  inestable  en el Medio Oriente y decidió trasladar la embajada de su país a Jerusalén, dando satisfacción al gobierno hebreo para que se reconozca a esa ciudad como capital inequívoca y unívoca del estado de Israel. El rechazo mundial a la decisión unilateral no amilanó al mandatario norteamericano, quien ejecutó el traslado hace pocas semanas con el poder suficiente que ostenta para  hacer lo que le venga en gana así sea una cachetada al resto del mundo.  Porque todo el mundo sabe que el echar sal en las heridas de la región bien podría generar nuevas olas de inquietud y violencia persistentes, aún más, en un tiempo indefinido y hacia adelante, como en efecto ha ocurrido durante el primer semestre del año . En las casi 7 décadas de existencia del país judío, insertado a la fuerza en el oriente medio por los vencedores occidentales, poco después de la Segunda Guerra Mundial, no hubo  un día de  tranquilidad en esa  región del Mediterráneo y nada parece que pueda hacer cambiar el panorama, menos aun con decisiones como esta que tomó la Casa  Blanca y que ya  siguieron algunos gobiernos cercanos a las políticas de Washington.

Pero nada de esto sorprende, Trump cumple así con una promesa de campaña y reafirma que su país sigue siendo una potencia que no está dispuesta a renunciar a la hegemonía alcanzada por  su victoria en los ejes impugnadores que fueron los de los soviéticos en su órbita y los de algunos otros pocos países marginales. Fortalece así Trump la sensación agitada también como fortaleza de campaña presidencial en la que aludía a unos Estados Unidos siempre poderosos y dispuestos al desafío, con consecuencias difíciles de ser superadas y con el simple chasquido de los dedos de su poder militar que puede sonar en cualquier parte del planeta. Israel es hoy una proyección acabada de la hegemonía occidental, europea y estadounidense y aunque existan hoy fricciones entre ambas porciones de poder mundial, es innegable que la nación hebrea allí donde está representa la mejor cuña virulenta de la manera occidental de ver el mundo.

Es por todo eso que la violencia rebrota en ciclos en aquella ínfima porción de Palestina que de alguna manera controlan de manera simbólica quienes se oponen a las determinaciones del estado judío, que arbitra manu militari todo lo que tiene que ver con aspectos  esenciales de la población árabe allí presente desde antes de la fundación de Israel, tal como lo es el suministro  de agua y de energía.  Los palestinos son un pueblo que siempre estuvo ahí, los israelitas no, pero se pretende con la presencia del estado de Israel reparar las milenarias persecuciones sufridas por los judíos dispersos por el mundo, desde que Tito los expulsó de allí hace unos 20 siglos. Los derechos de los israelíes sobre la región no están en discusión desde esa óptica, pero los de los palestinos tampoco y con la misma disposición y pretensión. El cuadro queda agravado si pudiese ser así y en mayor medida, con base en la masacre de civiles provocada por las  fuerzas armadas del poderoso estado allí enquistado, en las semanas recientes.

Haberle dado patente de legitimidad, de facto, a la ocupación de Israel sobre la superficie de Jerusalén reclamada también por la comunidad árabe como capital de un futuro estado palestino, solo puede ser un aliento para la violencia permanente, tal como lo es además la colonización de territorios apropiados por la fuerza, que deberían estar bajo control de esa otra población que es considerada como extraña en su propio país, por los ocupantes israelíes. Esto últimos afirmados en esas zonas como resultado  favorable en las diferentes guerras que han sostenido con vecinos y palestinos desde 1948. En esa  dinámica de décadas, oficializar ahora a “todo” Jerusalén como capital del país hebreo es borrar cualquier posibilidad de alcanzar algún día la anhelada paz, que no es solo por esa tierra sino por la misma paz del mundo. Los enemigos  de Israel se llenan de razones con decisiones como las del presidente Trump y sus aliados, no para pretender una eventual cese de las  fracturas violentas y permanentes sino para poner en riesgo la misma vigencia y existencia del estado judío.

La existencia del estado Israel está fuera de toda discusión y lo contrario es algo que como eventualidad no podría ser aceptable ni posible para cualquier persona racional en este momento de la historia. Los países de Sudamérica deben defender la presencia de Israel donde hoy está, porque no hacerlo pone de inmediato bajo amenaza y por repercusión,  cualquier futuro de su propio destino vigente o posterior para los sudamericanos. No solo se concretó con la fundación del moderno Israel  la aspiración bíblica, que es parte de la esencia de la civilización occidental, sino que dejó abierto el antecedente de otros pueblos que en esa misma región aún pretenden un espacio territorial donde desarrollar su cultura y su destino: los kurdos y los palestinos son parte de la promesa todavía incumplida de la comunidad internacional, desde fines de la Primera Guerra Mundial. Frustrar la intención palestina de tener una patria propia en un territorio que siempre les perteneció de manera integral es definir que jamás habrá tranquilidad en esa región del mundo y se deja abierto un sistema de relojería que pone en peligro a todo el Medio Oriente y a Europa, al menos.

Considerar a Jerusalén de manera excluyente como la capital del estado judío también es ponerle coto al hecho de que la ciudad milenaria es además capital religiosa del credo de musulmanes y cristianos, como ciudad abierta y de interés puntual cultural y religioso que desborda pretensiones en lo puntual que corresponde al judaísmo y a las autoridades de la fuerza ocupante. De hecho, una parte de la ciudad ha sido siempre considerada bajo influencia musulmana. Es cierto que grupos como Hamas vulneran toda legitimidad a sus reclamos al considerar como bandera política irrenunciable que Israel debe dejar de existir. El terrorismo no puede ser un medio criminal que justifique razones criminales, pero también es cierto que el terrorismo de estado le quita la otra parte de la legitimidad que debería tener la propia defensa de Israel a su existencia. La presencia abierta o entre bambalinas, como potenciadores del conflicto, de países como Irán o Rusia mantienen encendida y titilando la luz roja que señala que el pasar ciertos límites deja al mundo en peligro inminente (aresprensa).

EL EDITOR

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La columna Doxa expone la posición editorial de la Agencia de prensa ARES  

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Actualizado: jueves 31 mayo 2018 20:29
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