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LA CORRUPCIÓN COMO NEGACIÓN DE LA DEMOCRACIA

Publicado el 23 de Febrero de 2004

DOXA

Las dificultades para estabilizar la democracia en América Latina tienen en la corrupción del Estado una de sus evidencias resistentes.

No existe aspirante a cargo por elección, ni gobernante de turno, en cualquier escalón de la responsabilidad publica, que no tome la acción contra ese fantasma material como una bandera de lucha. Pero, como en el eterno retorno, el elegido se aleja del poder con la pelea perdida y la culpa, con frecuencia, envuelve al mismo luchador que resulta condenado y se incrementa la materialidad perversa del espectro.

Al finalizar el año 2003 las noticias sobre corrupción mellaban la gestión de Néstor Kirchner y Álvaro Uribe. En ambos casos, aunque con diferentes indicadores, las voces de alerta sobre el deterioro de la credibilidad - la corrupción, entre otras cosas impacta la confianza del ciudadano - alcanzó a las fuerzas armadas.

Los dispositivos de custodia de lo social, eso son tanto el aparato de justicia como el armado, generan una particular exacerbación de la sensibilidad social reprobatoria cuando quedan expuestos a las miserias de algunos de sus actores.

El escándalo de la policía colombiana, protegiendo o devolviendo cargamentos de droga a cambio de dinero, en la costa atlántica de este país y el probable compromiso de miembros del ejército argentino en casos de secuestro extorsivo dejan al descubierto llagas presentes y heridas de la historia que ninguna retórica ha podido sanar.

La fuerza armada del Estado es un muro simbólico extremo sobre el que se apoya el imaginario colectivo para el despliegue de su potencialidad creativa y productiva. Esa confianza tácita del ciudadano, cuando no se convierte en expectativa y delegación mesiánica, es una garantía para la vigencia de la dinámica democrática y del mismo Estado de derecho.

Si aquel muro fronterizo del pacto social se derrumba como apoyo subjetivo al valor de la democracia, en tanto escenario de acción y reconocimiento racional de todos sus miembros, ésta, la democracia, se convierte en un objeto de nadie o en utopía irrealizable. En otras palabras, se transforma en una democracia corrupta que, por principio, se niega a sí misma. (aresprensa.com)

EL EDITOR

Archivado el 05 de Mayo de 2004.

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Nestor Diaz Videla

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