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LA GRAN OLA DE HOKUSAI

Publicado el 15 de septiembre de 2017 / 15.45 horas, en Bogotá D.C.

LA GRAN OLA DE HOKUSAI

Aunque  fuese pequeño todo lo que proyecta Japón hacia el mundo se considera grande en sentido real o simbólico y eso no excluye al arte. En el ámbito de la plástica, Katsushika Hokusai fue quizá el más grande entre los clásicos nipones, o al menos el más reconocido. Su influencia en la pintura occidental fue determinante a partir del trabajo de las vanguardias en una coyuntura de la evolución pictórica moderna, que tuvo a figuras como van Gogh o Picasso. Estos, como consagrados, sintieron el impacto el maestro japonés en sus líneas estéticas y mucho más allá de ese tiempo, que abarcó la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas de la centuria pasada. En efecto, porque en tiempos cercanos la cabeza del “popart en la segunda mitad del siglo XX, Andy Warhol, no fue ajeno según él mismo lo planteó, a la influencia del  japonés que sacó al mundo un trazo inconfudible, expresado en “La Gran ola” como obra emblemática.  El esfuerzo de Cinecolombia con su línea de géneros alternativos, al presentar en pantalla una sinopsis apretada de la obra y vida del creador oriental  complementa los ciclos sobre artes plásticas e historia, además de tendencias y temas alusivos a la creatividad en este plano de la estética. El trabajo fílmico con estructura de documental se produjo en fecha reciente, en el British Museum de Londres.

Escribe: Santiago NEMIROVSKY

Fueron los encargos especiales de la Compañía Holandesa de Indias, hechas al creador nipón, los que permitieron que Occidente tuviese conocimiento inicial sobre esa manera asiática de construir imagen, lo cual les movió el piso a quienes eran refractarios al clasismo. Incluso llevó a Gauguin a desarraigarse de Europa y terminar su vida productiva para el arte en la Polinesia. La aparición de Hokusai ante los artistas occidentales fue en sí misma una gran ola de sorpresa y admiración, un arte así no era imaginable por quienes aspiraban a cambiar formas y contenidos en la pintura de un mundo que como el occidental hacía entonces que “todo lo sólido se disuelva en el aire”. Una frase de Rousseau para referirse a la ruptura de seguridades que provocaba el espíritu de la Modernidad sobre las tradiciones, idea que recogió y amplificó después Karl Marx.

Hokusai no solo fue grabador, por encima de ese oficio de pulir y punzar la tabla para las impresiones en xilografía, fue un gran pintor. Cada plancha de madera le permitía imprimir unas 8 mil unidades de imagen. Primero pintor y después lo otro, pero cada grabado le permitía acceder a dos platos de comida al día. Fue parte de la escuela Ukiyo-e del periodo Edo (Edo fue el nombre antiguo de la ciudad de Tokyo) y trascendente dentro del grupo de artistas que la componían y cuyo trabajo de conjunto fue conocido como las “pinturas del mundo flotante”. Hokusai vivió un Japón en un tiempo que preámbulo del derrumbe del mundo feudal sin que entonces aún eso se advirtiese en el propio Japón. Un tiempo después de cerrarse la vida del pintor, la acción del comodoro Matthew Perry y la Restauracion Meiji dejarían atrás el mundo que conoció Hokusai y el Japón todo, para iniciar otra historia. Ese Japón que vivió el creador en su última etapa era cerrado en lo que hace a movilidad social. Estaba dividido entre señores y siervos, con un emperador por encima como figura de poder simbólico, pero en concreto manejado por los shogunes.

La restauración le devolvió al padre de Hirohito, Matsuhito, todos los poderes imperiales por parte de los shogunes para hacer frente al mundo occidental moderno. Eso le puso punto final a una sociedad constituida por cuatro clases básicas: campesinos, samuráis, comerciantes y artistas. Por encima de todos ellos el emperador y una nobleza de relativo predicamento. En ese sentido, los creadores tenían una posición de cierto privilegio entre estamentos bien separados y Hokusai pudo trabajar sin dificultad para legar su arte que del relativismo local pasó a ser universal. Sus admiradores europeos hicieron el resto, de la misma manera como los escritores franceses hicieron con sus colegas rusos, universalizarlos. Hokusai, con trazo simple hizo sublime al Japón cotidiano, su naturaleza, el mar encrespado que refleja la “gran ola” y el sagrado monte Fuji.

La posibilidad de lo sublime fue lo que sedujo de Hokusai a van Gogh y fue ese detalle artístico lo que con sinceridad lo conmovió, tal como le confesó en carta a su hermano Theo. Casi todos han visto esa imagen tan peculiar de la obra “La Gran ola”, con sus tonalidades de azules y un blanco de nieve que conmueve como conjunto pictórico. Esa y otras piezas de la saga de Hokusai se insertó de  manera indeleble en la obra de Claude Monet, quien lanzara el movimiento impresionista en la pintura moderna. El artista nipón cautivó al vanguardista francés, de la misma manera como hechizó tanto van Gogh como a Picasso y otros menos importantes de ese tiempo y los posteriores. Para la pantalla, el erudito inglés Roger Keyes se explaya sobre la producción de Hokusai y no es para menos: recorrió medio siglo de su vida estudiando lo hecho en el arte por el oriental “hechicero”.  

El trabajo del gran nipón se extiende durante de 9 décadas y se para en dos  siglos diferentes. Primero fue el tiempo de una sociedad que se resiste a salir de la quietud  y la cerrazón, después llega| el amanecer y lo obligado de abrirse al mundo.  El artista se había comprometido a renovarse cada diez años y tuvo el anhelo de ser él mismo un hombre centenario, pero no le alcanzó aunque fue suficiente para sobresalir y decirle a los demás qué era ese Japón que para entonces el exterior no comprendía aunque ya para nada era ignorado. Para los  expertos japoneses que aparecen en la película alusiva (“Hokusai, más allá de la Gran ola”) este hombre fue el creador del género manga, que en japonés significa garabato o trazo informal. Es probable que el pintor japonés no haya imaginado jamás lo que se le asigna  desde este lado del tiempo y por lo tanto podría alegar su inocencia al respecto.

Queda dicho que el trabajo por encargo de los holandeses y por dos años (entre 1824-26) permitió que su obra llegase a Europa. La disciplina de Hokusai, distintiva de su pueblo, hacía que la jornada de labor se iniciara al amanecer y terminara con las sombras de la noche. Su nombre de pila fue Takitaro y al final de su vida lo mudó por el de Gakyo Roijin, algo así como “Viejo loco por la pintura”. Aun así no tuvo conciencia plena de la fama que había alcanzado fuera de su país porque en verdad como a todos los japoneses de su tiempo lo que pasaba más allá de de las islas poco le importaba. Una de sus últimas obras muestra a su amado monte Fuji con un dragón subiendo por sus laderas, la leyenda creada por sus seguidores supone que ese animal fantástico es el mismo Hokusai.    

La trama cinematográfica muestra cientos de rollos de tela de seda, papeles y elementos varios con superficies que muestran el trabajo de Hokusai a lo largo de los años, con gamas de azules, blancos, negros  y rojos. Los estudios modernos, con aparatos ópticos de gran precisión tecnológica permiten observar detalles que sobre una xilografía de pequeño formato son de difícil identificación. A los ojos de los occidentales de antes y de ahora, la  propuesta estética de Hokusai es “revolucionaria”, aunque incluso en este caso él no pudiese advertir esa condición de frontera. Sí pretendía, además de un cambio de  tendencia personal en su arte cada diez años, que desde la década décima posterior a su centenario, los trazados de su pintura “cobrasen vida propia”. Dejó un acumulado increible: más de 30 mil obras con múltiples formatos y el uso recursivo de los materiales que tuvo a su alcance (aresprensa).        

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