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LA MUERTE DE UN EX PRESIDENTE

ACTUALIDAD  //  DOXA  //  Publicado el 26 de abril de 2019  // 18.00 horas, en Bogotá D.C. 

 

LA MUERTE DE UN EX PRESIDENTE *

 

Fue una inesperada tragedia resultante de esa otra tragedia en cadena que fue la estela de  corrupción regada por Odebrecht en toda América, y más allá. Eso fue el suicidio del ex presidente peruano Alan García, hace apenas una semana, cuando las fuerzas de seguridad de su país fueron a su domicilio en Lima para arrestarlo cumpliendo una orden judicial. La importante cifra de al menos cuatro de los últimos mandatarios de  ese país están presos o perseguidos por acción de la justicia, como consecuencia de los señalamientos por haber recibido coimas y otras gabelas económicas de la multinacional brasileña. Esa que encarnó de la mejor manera la parábola política prometida de un “Brasil potencia”, encarnada por Luiz Inácio Lula da Silva en asocio con el empresariado de su país, y de sus fuerzas armadas; bajo la direccionalidad política y estratégica del llamado Foro de São Paulo. Una sombra que golpea también a la Argentina, Panamá y Venezuela, en lista corta, al tiempo que amenaza en sus proyecciones a países con democracia sólida, aunque con riesgos a la vista, como lo es Colombia.

 

Queda como tenebrosa moraleja, una y otra vez, que la corrupción siempre mata y de variadas maneras. Eso no significa, de manera alguna, el señalar al malogrado ex mandatario peruano de corrupto. Eso a su tiempo lo definirán la justicia y la historia que, al estar esta última signada por el tiempo, todo allana o al menos puede aplanar la inquina de los adversarios contemporáneos hacia el malogrado García. Lo que se pretende puntualizar aquí es que incluso de manera indirecta la degradación de las costumbres en el manejo de los fondos públicos -los cuales son de los ciudadanos y por lo tanto son sagrados- involucran y nublan toda razón por parte de quienes quedan con el control de las madejas siniestras. Tanto que pueden generar finales tristes como el que ocurrió en Lima. Los ex presidentes peruanos vinculados con malos manejos en sus gobiernos y, más allá de la mala leche política que también altera la brújula de la justicia en varios de los casos peruanos, cargan con pruebas suficientes como para inferir que la maquinaria de la corrupción de Odebrecht y Camargo Correa, entre otras, ensuciaron de manera irredimible sus labores cuando estuvieron al frente Estado.

Tal como señaló el mensaje de la mística, es tan culpable quien paga por la peca como quien peca por la paga. En eso las mega empresas de la corrupción, no solo las brasileñas, comparten responsabilidad y ellas no son las únicas en la cadena de culpabilidad, pues el electorado también tiene responsabilidades en el momento de definir la representatividad de quienes son elegidos para después comprometerse en el saqueo de lo público con beneficios personales o de grupo. Aun cuando sea pasivo el compromiso del elector en la cadena de corrupción y no disfrute de los beneficios torvos de tal maniobra, también les cabe una parte de la responsabilidad en la exacción de la hacienda, al menos sí en lo político y en el ejercicio de reflexión que exige la etapa previa al ejercicio del derecho al voto. Ahora ya es tarde para lamentaciones, cuando pierde la  vida por mano propia un ex mandatario. Lo cierto es que por el momento no será posible determinar cuál será la deriva de lo ocurrido, porque la aludida decisión de Alan García en contra de su vida no necesariamente indica que sea inocente de aquello de lo cual se lo acusa y su lamentable muerte podría tener otras consecuencias no deseadas.

La justicia por su propia naturaleza debe cumplir con la misión institucional asignada y lo que surja de esa acción, si no se empantana -y así debiese ser- por los odios de circunstancia o las presiones de los intereses que buscan impunidad para los responsables, debería seguir adelante en su trabajo esclarecedor y la opinión pública debería además saber a tiempo y sin sospechas, de falta de transparencia sobre los alcances de aquello que no solo es censurable desde la dimensión ética sino que tiene efectos penales que se requiere sean aleccionadores. Esto porque si la ciudadanía tiene una desconfianza cada vez mayor hacia sus instituciones, también lo es por la evidencia de la corrupción rampante y no es menos cierto que los desaciertos de la justicia aumentan esa desconfianza y hacen cada vez más confuso el tránsito a democracias más afirmadas y menos vulnerables a los temidos populismos, junto con otros riesgos mayores que se han visto en la historia reciente de América Latina. La inmolación de Alan García debe ser una señal y una lección insoslayable sobre la necesidad de una buena justicia.

Una buena justicia es aquella en la que el ciudadano pueda apoyarse para creer que es posible aspirar a la necesaria solidez de las instituciones que deben velar por la convivencia, por encima de la aventura política. Existe hoy por hoy un marcada decepción de las sociedades occidentales hacia la democracia como sistema y en especial hacia sus valores. Movimientos como los indignados y ese otro de los chalecos amarillos en Francia, muestran de manera palmaria ese desencanto. Cuadro general que ya habían previsto algunos pensadores en el siglo pasado e incluso antes. Figuras como Goethe y Spengler habían presumido los riesgos de la modernidad sobreviniente en sus pesares y con un marcado pesimismo sobre una irremediable decadencia. Pero ocurre que las alternativas que se plantean en la hora son peores. Ya pareciera no haber esperanzas y la inflexión de lo que se regula desde la subjetividad frecen un menú de peores perspectivas. Las evidencias de Nicaragua o Venezuela lo dicen todo al respecto. El hundimiento de la aventura trágica que llevaron adelante en el siglo XX los revolucionarios profesionales, presenta en la actualidad un plato social de barbarie que siega alternativas hacia una sociedad más justa.  

Aunque no solo en los dos países nombrados se plantea la repulsa mayor por la cleptocracia hacia la hacienda pública y la eventualidad de tiranías con pretensión revolucionaria. El panorama de Italia, Brasil o los Estados Unidos, entre otros, dice de salidas heterodoxas para nada afortunadas ante las crisis vigentes, que incluyen la erosión de la credibilidad en el modelo que trazaron los fundadores franceses y norteamericanos de la moderna democracia. Un botón  de muestra es el eventual regreso de los saqueadores argentinos de la banda -o “asociación ilícita” en letra de la justicia argentina- de Cristina Fernández y de sus cercanos, quienes plantean un panorama oscuro para el inmediato tiempo del país austral. Los Kirchner podrían volver al poder ante el fracaso y la decepción que crea como estela la  administración de Mauricio Macri y sus promesas incumplidas. Esos panoramas, profundizados por el torbellino de la corrupción, dejan abierto un panorama inviable para salidas moderadas que al tiempo puedan asegurar transparencia en el servicio de lo público. El riesgo mayor está en que se profundicen las tragedias regionales que incluyen picos como la inmolación de Alan García (aresprensa).

EL EDITOR - abril de 2019

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* La columna Doxa expresaa la posición editorial de la Agencia de prensa ARES

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Actualizado: viernes 26 abril 2019 18:13
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