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LA MUERTE DE UN PRESIDENTE

Publicado el 08 de noviembre de 2010 / 20.50 hora de Buenos Aires

Emociones desbordadas: exageraciones y desmemoria de los argentinos 

LA MUERTE DE UN PRESIDENTE 

La mañana del 27 de octubre daba inicio a una jornada de censo en la Argentina. En la espera de los operadores que recogen la información supe por la televisión de la muerte súbita de Néstor Kirchner. El respetuoso silencio fue la consecuencia privada del inevitable estupor por la desaparición de ese hombre público y escénico. Medité en ese momento de dolor y duelo para muchos argentinos y concluí que ni siquiera en la intimidad era posible dirimir diferencias en lo que hace al estilo y orientación del hombre que dirigió al país en medio de sus mayores crisis y murió también en medio de la polémica, aunque con la certeza de que su protagonismo continuaba y continuaría en lo inmediato. Hubiese sido una actitud estúpida cuestionarlo, incluso en recogimiento. Había muerto un presidente de la democracia, aunque no nos gustara su estilo, sus ideas y su forma de hacer política. La realidad del momento era unívoca. 

Escribe: Hugo MURNO 

Dos semanas después de la muerte del expresidente puede ser el momento para hacer algunos balances parciales. En el lapso transcurrido han corrido "ríos de tinta", tal como reza un aforismo trajinado. Tinta lacrimógena y de exaltación de los valores "altos" del personaje fallecido. Un deceso que nadie esperaba no obstante que en lo físico los padecimientos de Kirchner eran conocidos y delicados.  

El fallecimiento inesperado del dirigente político conmocionó a todos, pues todos suponían que su estrella estaba lejos de declinar y esperaban que las elecciones del año 2011 lo tuvieran como animador de primer orden. Fue por eso que siguió a su muerte un multitudinario coro de seguidores, allegados, adversarios, enemigos y los representantes de las instituciones más dispares, tanto de la Argentina como del resto del mundo. El desconcierto dejó paso a un desafinado coro de sonidos vocingleros que, de manera primitiva, incluyó tanto a aduladores como detractores, sin distinción de pelaje. 

Las circunstancias no fueron demasiado diferentes a otras honras fúnebres que tuvieron a este país por escenario. Un acto repetido en una sociedad que por momentos parece caminar por la vía expedita hacia la barbarie: el llanto por la vida apagada del dirigente va acompañada por el sinnúmero de panegíricos acerca de "lo inmenso de su figura histórica, su grandeza y genialidad". Esa y expresiones parecidas siguieron a otras que en la víspera eran de vilipendio hasta el hartazgo por sus enemigos y de sumisión y temor por sus partidarios. 

La hipocresía sentimentaloide que deja la muerte parecía ser patrimonio cultural de los argentinos, pero en la ocasión se vio que también lo practican dirigentes de países fácilmente reconocibles. Este espectáculo de faraónico regodeo con la muerte se vio en la Argentina, desde Gardel en adelante, con Juan Perón, Eva Perón, Mercedes Sosa, Julio Sosa, el presidente Raúl Alfonsín, el boxeador Óscar "Ringo" Bonavena, el campeón Juan Manuel Fangio y el cardiocirujano René Favaloro, en lista incompleta. 

Los participantes de las ceremonias necrológicas dieron por momentos expresiones generadores de vergüenza propia y ajena, en la carrera por la demostración de quién era capaz de ser más papista que el Papa. Los medios de comunicación contibuyeron a la ampliación del fasto mortuorio, pero al fin al cabo éstos de eso se alimentan y con eso trafican.  

Al espectáculo se sumaron esas nuevas estrellas, esas vestales adoradas por lagente: las así llamadas redes sociales, que se llenaron de frases, "escribidas",las más de las veces, en el nuevo iconográfico lenguaje semionomatopéyico (k. Tqm. q.), frases balbuceantes en su grafía que estaban acompañadas de crespones negros, en el lugar de la foto de muchos -y muchas- de quienes gustan hacer catarsis diaria a través de esas vías comunicacionales. Senderos de la red mundial que sirven tanto para hablar de un dolor de cabeza, como de lo que se comió la noche anterior y también para etiquetar fotos en el "muro" de los demás. 

Sociólogos, analistas políticos y otros especialistas que no excluyen a los periodistas, como lo hizo Álvaro Abós en Clarín de Buenos Aires, ya se encargaron y con certeza seguirán haciéndolo, de la nada sencilla tarea de profundizar sobre el fenómeno bipolar de buena parte de los argentinos frente a la muerte de sus figuras públicas. 

Habrá que esperar quizá la aparición de quien haga una lectura creativa de esa particular forma de los rioplantenses de la banda occidental del río para honrar a sus muertos ilustres o, por lo menos, a ciertos muertos. Así lo hizo en su momento el escritor Juan Carlos Onetti en un cuento, "Ella", inédito durante mucho tiempo, en el cual se recrean momentos cercanos al fallecimiento de Eva Perón y las posteriores honras fúnebres inacabables. Ceremonias que, como en el caso de Néstor Kirchner, bien resumen las palabras que dan título a esa británica ópera recordatoria: "No llores por mi Argentina"(aresprensa.com).

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Hugo MURNO

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