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LLEGA A COLOMBIA EL PAPA PERONISTA

Publicada el 05 de septiembre de 2017 / 16.10 horas, en Bogotá D.C.

LLEGA A COLOMBIA EL PAPA PERONISTA

La actitud del Papa ante la feroz arremetida de la dictadura de Maduro contra su pueblo le ha caído muy mal a los latinoamericanos, por lo continuo de su ambigüedad manifiesta. Eso fue así hasta una reciente declaración de rechazo a Miraflores, con lo que pareció que se ponía punto final a la paciencia laxa de el Vaticano hacia los exabruptos violatorios de todo derecho por parte de la camarilla que encabeza el violento régimen de Caracas. Francisco ha convocado una y otra vez al diálogo en Venezuela, el cual no se produce ni aparece con un marco ni un pronóstico de buen resultado. La oposición afirma que no hay diálogo puesto que el gobierno venezolano dilata todo con el fin de sacar adelante una constituyente ilegítima que se cristalizaría hacia la permanencia del vigente e intolerable estado de cosas.

Escribe: Néstor  DÍAZ VIDELA

Por su lado, el oficialismo de Caracas afirma que la oposición no quiere negociar y en parte eso es así ante la  ruptura evidente del pacto social que hace posible que un Estado pueda ser considerado como tal. De tal manera se traumatiza y divide a Venezuela, al tiempo que nada parece que pueda cambiar en el futuro inmediato ni nada en  apariencia puede funcionar de manera normal para los venezolanos, bajo el paraguas excluyente del llamado Socialismo del Siglo XXI. Pero eso no es lo único que preocuparía al Papa argentino en lo que hace a América Latina, durante su gestión de transición en el papado. Una línea de acción que se muestra como una continuidad por la iniciada y frustrada labor que tuvo a Ratzinger como protagonista en el solio de San Pedro y en la que el cardenal alemán aparentaba estar dispuesto a introducir reformas transversales en la curia romana y en todo el mundo, para poner coto a los delicados problemas vigentes en la dos veces milenaria Iglesia Católica.

Resulta evidente que Venezuela es la punta más traumática e írrita de la pugna ideológica que sacude a América Latina desde hace dos décadas y a varias de sus sociedades, pero no es la única. Francisco llega en misión pastoral a Colombia y ante el hecho cierto del fin del conflicto con las ex Farc -que han vuelto a ser Farc- hoy en etapa de aparición pública en legalidad, aunque relativa, y de afirmación política como  agrupación. Pero al tiempo el país mantiene  su confrontación con el otro grupo impugnador armado, el ELN, que mantiene su ofensiva contra los uniformados colombianos, la población civil y la infraestructura. Eso sin contar el pulso de violencia con los diferentes núcleos delincuenciales que siguen golpeando a la sociedad cafetera en distintos puntos del país y con afectación sobre diversas formas de patrimonio, entre otros el ambiental, por los sembradíos de alucinógenos y la minería ilegal, entre diversas actividades por fuera de la ley.

La visita pastoral de Francisco no deja de ser política, aun cuando la parafernalia del mensaje oficial en colusión con la Iglesia del país a visitar diga lo contrario. No hay manera de sacar de ese marco a un personaje universal como Francisco, quien siempre fue un político. Lo es desde muy joven y desde su hogar, en un barrio de clase media de Buenos Aires, con una familia que adhirió al naciente peronismo, el cual reivindicaba la movilización social para imponer la posibilidad de una Argentina “justa, libre y soberana” *, en los tiempos de un país del fin del mundo que figuraba en los primeros lugares por su pujanza  económica en tanto que la mitad de su población vivía sumergida en la miseria. El cambio que produjo el peronismo en el tejido social argentino, para bien y  para mal, sigue siendo aún hoy medular en el imaginario de aquel pueblo y el entonces cura Jorge Bergoglio, hoy Francisco,  no fue indiferente a ese llamado.

Aquel joven religioso no solo fue  parte del apoyo espiritual a la por entonces famosa Guardia de Hierro de los bisoños peronistas de fines de los 60 y buena parte de la década siguiente, sino que también se comprometió en la orientación de los llamados “curas villeros” **. Todos ellos activistas y fogoneros de las reivindicaciones de los más postergados, con frecuencia vinculados con el credo peronista. Siempre estuvo ligado al clero contestatario pero nunca articulado con el marxismo de cualquier vertiente y menos aun con la lucha armada o la violencia, como recurso para el reclamo de derechos. Es por eso que sus planteamientos rechazan de manera implícita las alianzas residuales con la Teología de la Liberación y los compromisos de esa corriente, en las décadas más calientes de América Latina, alumbradas por lo que sucedía en la isla de Cuba. La violencia se ligaba y justificaba, así en esas facciones, con la religión mayoritaria de América Latina y se anunciaba un cisma que fue frustrado con severidad por Juan Pablo II.

La otra corriente que surgió opuesta a los curas que hace tres décadas alentaban la violencia, fue La Teología del Pueblo, que se consolidó en Aparecida, Brasil. Allí se refleja esa manera de ver las cosas no solo de Francisco sino de un grupo de pensadores ligados con la doctrina social de la Iglesia,  tales como Juan Carlos Scannone y Carlos María Galli, por nombrar sólo a dos de ese grupo. En esas lides Bergoglio fue protegido por el anterior arzobispo de Buenos Aires, Antonio Quarracino, frente a las consecuencias disciplinarias por los compromisos que asumió en momentos difíciles de su acción pastoral. Quarracino fue cabeza del Celam y despachó desde Colombia durante una década. Más adelante, la confrontación de Jorge Bergoglio con el poder delictivo de los Kirchner durante la gestión de quien también fue arzobispo de Buenos Aires y sucesor de Quarracino, es parte de la memoria de confrontación concreta, ideológica y política, de los años 70 en la Argentina.

Mientras la Guardia de Hierro defendía el mensaje político-social del peronismo y trataba de trazar líneas de pensamiento al respecto, sus enemigos internos entre los jóvenes peronistas eran quienes defendían la lucha armada y terminaron confrontando con el mismo Juan Domingo Perón, a través de la violenta organización Montoneros. Ya en ese momento y con confirmación mucho después, se supo que la agrupación terrorista argentina estaba cooptada por la inteligencia y el gobierno cubanos. Después, los seguidores de Montoneros e incluso algunos de sus dirigentes fueron acogidos por quienes compartieron en herencia su pensamiento pugnaz y criminal desde posiciones cómodas. Dos de ellos y de manera específica han sido los del matrimonio de poder compuesto por Cristina Fernández y Néstor Kirchner. Es por eso que con ellos aparecieron personajes como Nilda Garré -ex ministra de Defensa argentina y antigua “comandante Teresa*** en Montoneros- al igual que Horacio Verbitsky, ideólogo del pasado  gobierno.

Se ha sabido que Verbitsky fue doble agente: jefe de  inteligencia de la nombrada  organización subversiva, al tiempo que informante de la Fuerza Aérea Argentina, durante el gobierno  de facto que reprimió con dureza a la subversión hace 3 décadas. A ellos debe sumarse Hebe de Bonafini, sin que sean los únicos de la saga delictiva y extremista que gobernó la Argentina hasta hace dos años. Tanto Verbitsky como Bonafini intentaron destruir la imagen de Francisco cuando era el cardenal Bergoglio y pretendieron “embarrar” su pontificado hasta bien entrado el inicio de su gestión al frente de el Vaticano. Detrás de esos punteros del odio Cristina Fernández movía los hilos de la insidia y la difamación del sacerdote, junto con su cónyuge el ex presidente, Néstor Kirchner. Ambos, con su grupo de siniestros francotiradores, siempre buscaron linchar de manera simbólica a Bergoglio y se negaron de manera sistemática, 14 veces, a recibirlo en sus despachos presidenciales.

Más adelante y ya Papa, Bergoglio los perdonó y recibió con elaborada distancia las zalamerías posteriores de Cristina Fernández. Él, Bergoglio ungido como Pontífice, con diplomática formalidad pareció condonar las deudas sectarias de sus malquerientes, aunque sin olvidar quiénes son y siguen siendo los promotores del enfrentamiento disolvente en el país del Plata, así como del golpismo hoy vigente en Argentina, promovido por esos sociópatas. Si alguien quiere desentrañar parte de la razón -sólo una parte- de la reticencia del Papa en visitar a su país, debe saber  que la descripción hecha es un fragmento de ese misterio para nada misterioso. Eso si se miran los antecedentes descritos y la polarización vigente entre el extremismo de aquellos herederos hirsutos del peronismo y el actual gobierno democrático de Mauricio Macri. La inferencia señala que no es difícil entender el porqué de las reticencias del Papa ante el panorama de su país o su negativa reiterada, en el patio andino, para recibir a la dirigencia colombiana de las Farc.

Si se trata de una sociedad polarizada, como lo es la argentina, debe también decirse que Colombia no es una excepción opuesta sino un espejo, y el infierno rioplatense tiene paralelos en  el país cafetero. El enfoque que siempre tuvo Bergoglio dentro del justicialismo argentino no solo fue distante y refractario hacia la violencia como método para alcanzar el poder sino también hacia la corrupción como camino para mantenerse en él. Debe decirse que los cardenales encerrados para elegir el nuevo Papa en marzo de 2013 tenían claro que la Iglesia se encontraba en un callejón sin salida, acosada en contradicciones estratégicas, entre ellas las del clamor mundial por su propia corrupción y los señalamientos y enjuiciamientos de muchos de sus pastores por la pedofilia serial, entre otras formas degradantes de relación con el rebaño. Hacía falta un piloto de tormentas para la Iglesia porque los problemas recónditos y transversales mantenían los seminarios vacíos por la ausencia de vocaciones, que en realidad era una forma de repudio a la institución.

Ratzinger había fracasado en el intento y esa fue una de las causas de su paso al costado y de la elección de Bergoglio, el jesuita, que es por antonomasia un soldado de Cristo. Francisco llega a una Colombia ahogada en la corrupción y él no puede hacer gran cosa al respecto, dado que su visita es apenas pastoral y apenas política, por ser jefe de un estado extranjero, como lo es el Vaticano. Aunque eso de lo corrupto como transversalidad no es nuevo del país cafetero y es en verdad un mal endémico en la región. Pero Colombia -así como la gestión de los Kirchner en la Argentina durante más de una década- es merecedora de premios perversos en este plano y de eso no se salva incluso el poder judicial colombiano. Todo aparece como venal en el estado andino y aunque no podría decirse que la corrupción es absoluta -sería injusto afirmarlo- lo cierto es que cada semana se destapa un gran escándalo que cubre a los más altos y poco dignos dignatarios.

En ese tren de hechos, el domingo previo a la visita del Papa alguna columnista prestigiosa del país anfitrión aseguraba que todos querían hacer un redondo negocio con la visita eminente. En la lista de negociantes estarían el presidente Santos, su gobierno y las Farc, todos ellos pretenderían lavar su historia, su cara y sus manos, con el acontecimiento. La administración Santos se encuentra hoy devastada por el desprestigio debido no solo a la forma como anudó el acuerdo con la principal organización subversiva colombiana sino por la sumatoria de fracturas  por indignidad que cubren de vergüenza a su administración y al partido de gobierno. Aunque también es justo señalar que los cercanos al gobierno no son los únicos a los que alcanza la persecución judicial por el latrocinio sistémico sobre la hacienda pública. Las Farc, por su lado, pretenden hacer lo que no pudieron lograr en ocasiones recientes: que el Papa los reciba enmascarados ahora de víctimas y no de lo que siempre fueron, victimarios.

Esto cuando bien se sabe que se están negando a indemnizar la estela de vulnerados inocentes que dejaron en su negro historial delictivo. Ello además de haber entrenado y apoyado -los gobiernos australes suponen que lo siguen haciendo- a la subversión mapuche del sur argentino y chileno, que aspira a producir una secesión en ambos países para fundar una nación indígena anclada en las tradiciones del pasado originario, aunque esto parezca retrógrado a los ojos de la Modernidad y de la democracia. Francisco ha perdonado y ha tenido clemencia con el abuso de los hampones del kircherismo, eso es parte de su obligación como máximo pastor católico, ¿por qué no hacerlo ahora, piensan los cínicos tanto como los delirantes?; la ecuación al respecto es sencilla: si ya se negoció en Colombia de manera más que sospechosa, incluso para alcanzar un Nobel, ¿qué tendría de malo hacerle zancadillas retóricas y simbólicas a un Papa que se opone por principio religioso y moral a la corrupción y la violencia? (aresprensa).

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* Fue el lema de los primeros gobiernos peronistas en los años 50.    
** Sacerdotes que trabajan en los asentamientos informales de población, llamados “villas miseria” en Argentina, “callampas” en Chile, “favelas” en Brasil y “tugurios” en Colombia.   
*** Fue el alias de Nilda Garré en la organización terrorista argentina.

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Actualizado: martes 05 septiembre 2017 17:06
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