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MEDIO MILENIO DE LA REFORMA

Publicado el 24 de octubre de 2017 // 15.30 horas, en Bogotá D.C.

MEDIO MILENIO DE LA REFORMA

En 1517 el monje Martín Lutero clavó sobre las puertas de la iglesia de  Wittenberg su ya famosa  proclama que cuestionaba la autoridad eclesial de Roma, según dice la leyenda o el mito fundacional del pensamiento protestante noreuropeo. La Iglesia sufre así la primera gran fractura de su unidad en Occidente, medio milenio después de la otra gran fractura con los creyentes de Oriente, cuando Bizancio ejercía la influencia y el poder de una confesión que pasó a llamarse ortodoxa y que también terminó desafiando el poder de Roma. Esta otra ruptura que se inició en Alemania, se proyectó en el tiempo y se supone que por determinismo cultural disparó lo que después fue la parábola del capitalismo, separando en términos de imaginario y de matriz cultural a los mediterráneos de los del norte.

Escribe: Néstor DÍAZ VIDELA

Una buena parte de lo que hoy se considera como el modo moderno o, en otras palabras, la manera vigente de mirar el mundo, parece haber surgido de aquella aventura desafiante de Martín Lutero. Eso dice el gran relato histórico y literario, aunque en lo concreto y en la evidencia histórica sí resulta claro que el paso que dio Martín Lutero influyó en la manera de entender cómo se desarrollaron las cosas después de esa rebelión, que fue más de los señores alemanes que del iniciador de la fractura. Él mismo parece que no quiso -según se dijo después- patear el tablero de la pasividad histórica en genuflexión ante la autoridad romana.  

El dilema de Lutero y su distancia con la jerarquía romana emergió de la pugnacidad del monje alemán -eso también dice la leyenda- frente a la mundanidad evidente en aquellos tiempos de papas que hacían notable su riqueza y su poder más terrenal que espiritual. En el enfoque del monje que, masticando su desobediencia ante la magnificencia y opulencia material que mostraba el clero romano, tomó una decisión cuyas consecuencias no previó en absoluto. Pocos años antes Cristóbal Colón llegaba a nuevas tierras viajando al Oeste, sin imaginar tampoco lo que provocaba en la historia.  A ojos de Lutero el deslumbramiento que producía el papado nada tenía que ver con la abstracción y pobreza que  se predicaba y exigía.

Menos aún con la austeridad que alentaba desde su origen el cristianismo. Esa noción de tendencia mística que los emperadores de la antigua metrópoli del mundo juzgaban no como una  religión sino como un simple “culto a lo muertos” en los ya lejanos tiempos del origen y las persecuciones del Imperio, que terminaron con la conversión de conveniencias de Constantino, para pasar a ser el credo oficial. Un salto que terminó enviando a la represión de siglos al resto de las creencias religiosas y cultos que eran admitidos en lo que fue capital del mundo, exclusión que no perdonó a los antiguos juegos olímpicos y produjo la desaparición casi completa del pensamiento hedonista aunque no su vivencia implícita.  

La crítica contra Roma fue el grito de batalla para que los  señores teutones que arrastraban su feudalismo en lo político pero en cuya mentalidad germinaba la semilla del temprano capitalismo fruto de la vivencia del burgo, cortaran de un tajo el mandato  de  obediencia a Roma. Ese mandato que venía desde Carlomagno sujetaba de manera encadenada a los nobles de los lands que constituían la aristocracia germana, con la monarquía papal como herencia del Sacro Imperio. La aparición de la imprenta y el repliegue del imaginario a las lenguas locales para dejar de lado el latín son otra evidencia de ese corte con las imposiciones y sumisión a los determinismos piadosos de la potestad romana.

En otro orden, el golpe de sesgo religioso y cultural propició el surgimiento mucho tiempo después a la filantropía del protestante, opuesta de manera diametral a la caridad católica y a la resignación que lleva implícita.  En efecto, porque para los primeros la felicidad es posible en el mundo, desde Calvino y su providencialismo, en cambio para los otros la posibilidad felicitante sólo está -sigue estando- en el más allá. La ola que agitó Lutero, dirigida a posteriori y en lo material a la transformación del mundo como mandato divino, hizo el resto del esquema. La subjetividad en lo social tomó distancias con el entorno y la perspectiva del espacio en la obra pictórica lo puso de manifiesto, a diferencia de la plana iconografía  medieval, como evidencia del cambio de percepción.

La perspectiva estética no es vinculante con la visión de  lo social para la época pero sí habla de un sensorium de apertura irreversible en la mente europea. El fin de las ataduras subjetivas a la autoridad religiosa y a otras formas de sujeción da paso a la aparición del que después fue llamado “sujeto fuerte”, el que sólo depende de sí mismo y de sus propias decisiones. Ese que después Kant antepuso al “menor de  edad”. La subjetividad que se repliega en sí misma y se despliega luego como parte del estallido de la Reforma -y también del Renacimiento- potencia la aventura del hombre moderno para controlar la naturaleza, ese que después del repliegue vuelve sobre la “criatura” hecha “opus dei”, para convertirla en objeto de transformación y en recurso.

En recurso de explotación material primero y recurso de explotación económica a continuación. Pero a la descripción le hace falta un pedazo, aun cuando todas las explicaciones al respecto sean siempre incompletas. Hasta poco antes de aflorar este proceso revolucionario en la mente -así lo señaló Karl Marx unos siglos después- el Islam era una civilización cercana más avanzada que Occidente. De alguna manera incluso, ese credo opuesto tuvo paternidad en el nacimiento de la universidad occidental, pero la opción por la palabra escrita, por el libro, que hizo Occidente y se volvió obsesión en la Reforma junto con el uso de las lenguas nacionales, se trasladó a las universidades y la ciencia fue dejando atrás al resto de las visiones del propio mundo y del universo. Peter Drucker hizo énfasis en su obra sobre ese quiebre que se produjo en la Reforma para relegar a los que confrontaban con ventaja al Occidente desde el Medio Oriente y el norte de África.

Lutero no podía preverlo, es cierto, pero quizá la visión futurista no hubiese frenado su empeño crítico, pues el caldo del entorno estaba listo para precipitar lo que venía.   El resto ya se conoce, el giro de tuerca religiosa y de la mentalidad colectiva, combinadas secularizaron en evolución el totum social. Eso hizo aflorar en el devenir otras revoluciones: la de la Ilustración y el iluminismo consecuente, la industrial, la francesa, la norteamericana y la científica, también el capitalismo asociado a la industrialización que cambió al planeta. Arrimados a estos cambios advinieron la democracia moderna, el Estado-Nación y el derrumbe  de las monarquías mucho más adelante.  No fueron las únicas transformaciones de fondo ocurridas por el cambio de mentalidad, después de la  Reforma, pero esas mencionadas son suficientes para informar sobre lo que dejó la aventura de la protesta luterana, sin que los remezones hayan terminado, medio milenio después de lo ocurrido, si ocurrió, en Wittenberg (aresprensa). 

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Actualizado: martes 24 octubre 2017 15:45
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