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MENTALIDAD TERCERMUNDISTA ELIMINÓ A LA ARGENTINA

Publicado el 15 de julio de 2006 / 14:32 hora oficial Argentina

Aquél que Aspire a ser Campeón debe Superar todos los Obstáculos sin Justificaciones Huecas

  

MENTALIDAD TERCERMUNDISTA ELIMINÓ  A LA ARGENTINA

 Desde hace cuatro mundiales la Argentina ha demostrado ser una selección de fútbol más, un conjunto del montón, impotente para apostar por encima  de la mediatabla. Ello a despecho de lo que los mismos argentinos -y buena parte de América Latina-  supone de ese conjunto y de sus verdaderas posibilidades. Las justificaciones ante las repetidas frustraciones hacen pensar  que nos encontramos ante una cerrada mentalidad tercermundista que afecta tanto a los responsables de ese histórico participante de los mundiales, como de sus seguidores. Pero, sobre todo, esa mentalidad arraigada inhabilita para aspirar a mayores alturas.  

Escribe: Rubén HIDALGO 

El tercermundismo es una impronta, un rasgo de la personalidad. Suele enmascararse, disolverse a veces, en muchas formas de presentación. Pero resistente como es a su propia disolución, aparece y reaparece de manera constante en la personalidad en la que se cristaliza. Personalidad individual o colectiva que puede estar en cualquier parte, incluso entre  algunos del primer mundo.  

El tercermundismo es una marca indeleble del comportamiento . Se la exhibe de manera involuntaria y, aunque se quiera ocultar, el portador termina delatado por su propia conducta exorbitante o torpe, según sea el caso, vergonzosa o vergonzante. Un cabezazo en el momento máximo puede hacer la diferencia entre salir de la coyuntura con una corona de laureles o por la puerta de atrás.  Eso también lo evidencia el armar una furrusca de perdedor al final de un encuentro. La traición del temperamento tercermundista puede hacer la diferencia, en menos.   

El carácter tercermundista se manifiesta  cuando éste se repliega ante la realidad  y la niega o, por el contrario, cuando se acepta de manera genuflexa la imposición interventora del opuesto hegemónico, sin argumentos para la confrontación crítica o la superación del conflicto con propuestas creativas y superadoras. El que se sabe realmente superior no necesita salirse del molde ante la derrota, la asimila con calma y de ella aprende. Además,  no necesita de la estridencia para demostrar su superioridad.

La sensibilidad tercermundista se revuelve en el resentimiento, que es el disparador de la negación ciega, y delega en el otro la responsabilidad  por  su propio fracaso. El otro siempre es el culpable de las tristezas propias, en el universo tercermundista. 

La negación ciega es, con frecuencia, una forma de eludir la dureza de lo real que siempre es -como diría Lenin- un ente porfiado. Elusión que permite el refugio en la tibieza de la ficción, nunca de la utopía. Todos saben que la utopía es una realidad que busca un sitio donde anidar, a diferencia de la ficción cuyo único nexo con lo concreto está en el arte, en especial en el cuento. Sobre todo, para el caso, el cuento autojustificatorio o el verso. 

La ceguera frente a lo real es un arquetipo tercermundista que genera el mirar las cosas pero sin verlas, lo real aquí pasa inadvertido con intención. En este sentido, el tercermundista es un ciego porfiado que siempre choca con los hechos también porfiados y traumatizantes.   

El tercermundista y su impronta de pobreza interior, hace correr su historia marginal en diacronía con el momento, desubicado, o en asintonía con el sentido común de quienes deberían ser sus iguales. Es igual que el genio, pero al revés. Es un palurdo histórico-social y se parece al  avestruz que, aunque mucho levante el cuello nunca puede alcanzar las estrellas. 

El tercermundista es un perdedor constante por naturaleza. Esto también es así   porque, si alguna vez el perdedor gana algo, resignará lo alcanzado por carecer de conciencia para poder aprovechar la riqueza tangible o intangible del mérito logrado. Esa imagen es lo más parecido al badulaque histórico. 

LA VOLUNTAD DE PODER      

 En una sumatoria preliminar y por ello parcial, es posible decir que el  tercermundismo es un problema del alma; por supuesto, del alma empobrecida. Es el sello de la mentalidad adelgazada, carente de la voluntad que, para decirlo en las palabras de José Pekerman antes del Mundial 2006 en Alemania, “tiene hambre de gloria”. 

Sin saberlo, este director técnico que encabezó la marginalidad argentina en el torneo concluido hace una semana, parafraseaba con estos términos a Nietzche, cuando el pensador alemán aludía a la voluntad de poder, esa indeclinable vocación por superar cualquier obstáculo  para alcanzar las estrellas con un proyecto de vida.

 En lo futbolístico, la nietzcheana voluntad es ambición, jerarquía, entereza y regularidad de todos esos indicadores que, sumados a la adecuada táctica y estrategia en la conducción, viabiliza la llegada a la cúspide. Algo muy diferente del tercermundista, ese  perdedor crónico,  que es la Argentina futbolística que se presentó en Alemania, en el 2006.  

Argentina jugó el mejor fútbol del Mundial, se dice, pero quedó al costado del camino, casi en las mismas condiciones que México y España, conjuntos que nunca han ganado nada en estos niveles. Eso contiene un background  a favor de estas dos últimas selecciones, puesto que la Argentina ya ha sido campeón mundial y ningún otro puesto le sirve entre los mejores, excepto el ser campeón. Haber sido el mejor sin estar siquiera en la élite de los cuatro primeros es un verso, como dicen los mismos argentinos. 

Fue México el que desnudó a la Argentina y puso de relieve las debilidades de un equipo que históricamente -en los últimos tres lustros- no acostumbra a remontar marcadores adversos y que no puede sostener las ventajas alcanzadas en el curso de los partidos. Argentina tuvo todo hasta diez minutos antes de concluir su partido con Alemania y se fue con las manos vacías de la gloria a la que supuso tener derecho. Es simple: los germanos  tan sólo remataron lo que México puso en evidencia. 

No basta con jugar bonito para merecer el triunfo. Eso es necesario, pero no suficiente. La jerarquía, esa capacidad para no “quebrarse” en lo subjetivo cuando se está en la frontera del todo o nada, es el ingrediente que no puede faltar para  quien aspire a ser grande, lo opuesto al mínimo tercermundista. El hambre de gloria no resuelve nada por sí sola.

COHERENCIA DE DEBILIDADES  

No se trata de ganar o perder porque también los grandes ganan y pierden, sino de no poder mostrar la jerarquía, eso que distingue al aristo de los demás cuando es necesario, no cuando ya es tarde o cuando ya es verso. Por eso y aunque se haya ido antes de lo previsto, nadie podría pensar que Brasil es tercermundista en lo futbolístico.  

Jerarquía es lo que debe tener quien aspira a ser campeón. Esto porque un campeón debe ser capaz de superar todo, público, árbitros sospechosos, localías, todo. Lo contrario es la mediocridad, la mediatabla que no habilita para reclamar ni disculpar nada. Desde 1994 la Argentina futbolística navega en los mundiales por ese oscuro océano. 

Esa carencia de estatura ni siquiera le permitió a la Argentina aprovechar la ventaja psicológica que tenía frente a Alemania por el recuerdo del oscuro regalo que le hizo, en Italia 90, el árbitro mexicano Edgardo Codesal al sancionar un penal inexistente en los minutos finales del partido. Ese episodio de bajo mundo deportivo le permitió a los teutones alzarse con la Copa y condenó a Codesal al triste rincón de la historia universal de la infamia en los arbitrajes. En  aquel trance de pésimo recuerdo, también para los europeos, fue testigo y protagonista principal, como jugador, Jurgen Klinsman, quien en este nuevo enfrentamiento con la Argentina conducía al seleccionado alemán.  

Tampoco se puede hablar ahora de una presunta lotería de los tiros desde el punto penal. Eso no existe, porque también allí debe estar presente la casta. Un buen guardameta y unos buenos cobradores, aquéllos que pueden tener la reciedumbre interior suficiente para acertar, hacen la diferencia que no deja nada al azar, la que demuestra la categoría. 

Ni el arquero ni los cobradores argentinos tuvieron esa insoslayable fortaleza como para pretender ser parte de una élite. Pero sí habilita para suponer que el culpable de la eliminación es otro, incluso la mala suerte, como lo puede suponer cualquier tercermundista habilitado para ello por sus propias inconsistencias.  

Si la Argentina quiere apostar en el futuro a una posibilidad de campeonato en el fútbol mundial debe, además de contar con otras condiciones del tejido emocional y del entendimiento,  evitar convocar a estos hombres que fallaron, se quebraron en el 2006. Tal como ha ocurrido antes con Martín Palermo, Sergio Goycochea o Juan Sebastián Verón, la Argentina debe continuar ahora esa misma línea con Leonardo Franco, Roberto Ayala y Esteban Cambiasso. Los perdedores en estas instancias quedan marcados de manera definitiva y excluyente. Ellos tienen, como lo tiene la propia selección argentina desde hace años, su propio infierno en la tierra. 

Esta mensura de mediocridad incluye a un técnico como Pekerman, quien no tuvo la estatura necesaria para hacer los cambios que se requerían para el momento preciso.  Eso sumado al antecedente de que había perdido en manos de Brasil la punta de las eliminatorias a este Mundial. Algo que  ya borraba su lucido historial como campeón del mundo en los niveles juveniles. 

Por eso también debe marcharse José Pekerman. El llamado estratega careció de suficiente solvencia para aprovechar el talento que tenía en el banco, cuando se jugaba el todo o nada. Argentina tuvo más que Alemania, es cierto, pero es de tercermundista el ser timorato para correr riesgos en el momento definitivo. Por ello Argentina tuvo todo y se fue con nada. La responsabilidad del estratega es la de acertar, lo inverso lo pone en la situación de perdedor irredimible.  

En suma y con este ejemplo, resulta que el tercermundismo es un conjunto coherente de debilidades, es lo único coherente en esa mentalidad. Allí está su triste sumatoria que no puede dejar por fuera los lamentos y justificaciones vacías e  innecesarias que hacen quienes no aceptan la condición  tercermundista de la selección argentina (aresprensa.com).

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