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MICHAEL JACKSON: TRAGEDIA Y LEYENDA PARA EL CINE

Publicado el 23 de julio de 2009 / 12.00 hora de Bogotá D.C.

Hace un mes falleció el Rey del Pop 

MICHAEL JACKSON: TRAGEDIA Y LEYENDA PARA EL CINE

La muerte evitó que el regreso al escenario del indiscutido Rey del Pop derrumbara la imagen de un ídolo siempre joven por la de un desgarbado espantapájaros golpeado por los años y el escándalo. Así se mantendrá la leyenda, casi el mito, de un hombre del espectáculo que ha marcado una historia irrepetible y en igual nivel a la que construyeron Elvis Presley o The Beatles. La gran ilusión de Jackson fue dedicarse por entero al cine y parte de esa afición y anhelo quedaron marcadas en sus producciones visuales en las que acudió a hombres de la talla de Martin Scorsese. Muere el rey pero sigue viviendo y es irrepetible.

Escribe: Maglio GARAY

El Ocaso de una Estrella es el título de una película profética si se la compara con la estela vital de Michael Jackson, con ocasión de cumplirse un mes de su sospechoso fallecimiento. En esa película se reconstruye la vida compleja, brutal si se quiere, de Billie Holyday, quien desaparece auroleada por el el mito, el drama y la controversia en un tiempo en que era muy difícil ser un negro destacado en los Estados Unidos. De alguna manera, Michael Jackson con sus sucesivas transformaciones físicas ratificó que persiste esa dificultad de reconocimiento social que enmarcó la vida de Hollyday, su colega en el arte y antecesora.

Pero en ese punto no terminan las coincidencias, porque el filme de 1972 que rememoró el paso de Holyday por la vida fue interpretado por Diana Ross, quien tampoco ha ahorrado para su propia vida un estilo controversial y dramático. En cualquier caso, aparte de los paralelos, el "Rey del Pop" demostró con su muerte que su leyenda seguía viva y nada indica en los tiempos que vienen que se apagará el recuerdo de quienes en el mundo lo veneraron y le han perdonado sus debilidades humanas.

La memoria de Jackson está guardada por un marco de grandeza, miserias, conjeturas, mucho escándalo y una desaparición que marca el fin de una era. No cabe duda de que el paso de Michael Jackson por la escena musical marca un punto muy alto en la historia de la música moderna: un antes y un después, para ser exactos.

Fue pionero, precursor e innovador que en su mejor momento produjo una obra lo suficientemente buena como para que se lo calificase de "genio". Su estrella llegó al máximo brillo cuando el mundo de la música internacional todavía sentía el vacío que habían dejado tanto Elvis Presley como The Beatles. En ese proceso aportó creatividad a la música, al baile y al cine. En este caso, con el uso de tecnologías digitales que casi todos los que lo siguieron trataron de emular.

Esa relación de imagen en video musical, ritmo y sonido fueron en su momento obras maestras de la realización y la producción, equiparables con cualquier gran obra cinematográfica. En ese sentido Jackson fue un obsesivo perfeccionista que acudió a la dirección de cine más sofisticada, con el aporte de figuras tales como el guatemalteco Carlos Argüello en Black and White y Remember the Times o Martin Scorsese en BadEse sólo detalle le suma a la ya referida genialidad del monarca del pop desaparecido en medio de la controversia, como no podía ser de otra manera en su caso.

EXISTENCIA TRÁGICA

No corrió con igual suerte su evolución humana. Hace unos quince años, su brillo en el pináculo se oscureció con el hundimiento de su nombre en el cuestionamiento jurídico y la humillación pública. Fue, en relación con sus colegas cercanos en fama, el más golpeado por su vida personal. Nunca, ni en los peores momentos, nombres como los de Presley o Lennon fueron tan censurados y objetados como lo fue el de Jackson.

Su repentina muerte mostró de frente un regreso a la vida artística cargada de incertidumbres y presagios, pues todo indicaba que no se encontraba en condiciones físicas ni anímicas para emprender la maratónica gira por Gran Bretaña y se sabía de antemano que la desmesura de 50 presentaciones continuadas pondrían en riesgo su vida o por lo menos agravarían el precario estado de salud que condicionaba toda su actividad. Jackson necesitaba volver al escenario, pero lo iba a hacer en su peor momento. La muerte lo preservó de un nuevo derrumbe y mantuvo en alto la leyenda que es más que eso, sin que pueda establecerse qué le falta para que la figura del Rey del Pop sea de manera definitiva un mito inalterable.

Pero no era sólo la salud la que acechaba en contra de su retorno al escenario, también atentaba en contra de ese propósito algo más grave: la edad. En efecto, Jackson había construido una imagen de juventud eterna y si regresaba, tal como estaba previsto, nada hubiese disimulado los casi 52 aniversarios a los que llegaría durante las presentaciones en el Reino Unido.

Nada hubiese podido hacer contra las huellas de la edad y eso al margen de que esta leyenda del pop siempre se enfrentó con ellas y contra su propia naturaleza étnica. En la memoria universal quedó el ídolo maltrecho por el escándalo, una imagen frágil, asexuada y sin edad definida. Era la imagen planeada y prefabricada, acorde con las necesidades del marketing musical y de la industria y las finanzas que respaldan al despiadado conjunto que acumula ganancias. Pero también fue la idea que él quiso transmitir a quienes lo siguen.

Recapturar el público a partir de la figura dejada una década atrás y conquistar a las nuevas generaciones era una empresa, podría decirse, casi imposible si se tiene en cuenta el detalle poco comentado sobre sus últimas producciones, las cuales habían sido un estruendoso fracaso. History marca el límite de sus grandes realizaciones, con la caída definitiva que se prolongó por una década larga. Aunque en verdad su muerte comenzó con los primeros escándalos públicos, varios de ellos prefabricados con fines económicos, a partir de 1992.

EL ESPANTAPÁJAROS

En el estado de implosión física y espiritual en que se encontraba cuando se produjo su muerte, nadie imagina cómo hubiese hecho para anudar su reaparición del nuevo siglo con la iconografía juvenil, el gran dominio del escenario y la innovación coreográfica que era parte de su arte y de su magia. La imagen que había dejado en la primera parte de los noventa no podía ser el nuevo punto de partida y por esas razones lo que tenía por delante era un nuevo abismo: ¿cómo se hubiese reconstruido aquel joven ochentero, grácil, con pantalón alto, calcetín y guante blanco que hacía un merecido homenaje permanente a un Gene Kelly que no tuvo reemplazos hasta que apareció este rey del pop? El solo imaginarlo tiene un resultado patético que la muerte evitó. Siempre fue preferible un Michael Jackson atípico que un grotesco espantapájaros.

Ha sido mejor que quede en la memoria de una época irrepetible esa voz aguda, algo chillona y llena de evocaciones a un imaginado Peter Pan, con gritos intercalados que nadie se atrevía a criticar porque eran parte de un encanto indelegable e irrepetible. Nadie quería desmontar esa idea de eterna juventud que proyectó Jackson y que se hubiese derrumbado en la frustrada gira inglesa.

Michael Jackson vivió como icono universal y como él eligió. Eso es mucho decir para un símbolo de época que unió como cualquier hombre de este tiempo desgarramientos con presunción de felicidad en su vínculo con la materialidad hedonista. Ya había previsto su retiro de la música para dedicarse a su vieja aspiración, la dirección y la producción cinematográfica.

El nexo con el arte del cine se inició en los primeros años de su carrera junto, precisamente, con su amiga Diana Ross en una actualizada versión pop de El Mago de Oz, producción de 1978 que fue un fracaso y permanece inadvertida. Como premonición de un final que se evitó por circunstancias tan trágicas como blanco de suspicacias no aclaradas, el papel que Jackson representó en esa obra de cine casi desconocida fue la de espantapájaros (aresprensa.com).

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